Cómo afecta la ansiedad a nuestro cuerpo

Cómo afecta la ansiedad a nuestro cuerpo

En qué consiste la angustia contemporánea y qué nos dice. Escribe el psiquiatra y psicoterapeuta Alejandro Napolitano.

Desde hace años la palabra ansiedad ocupa espacios cada vez mayores en los medios. Se trata de la traducción de la palabra del inglés anxiety, para el que en castellano ya contábamos con la expresión angustia.

Sin embargo, la angustia que se ha transformado en problema de salud pública en las sociedades modernas, no es ni aquella mentada por los existencialistas relativa a la percepción de la finitud, ni la que proviene del horror de las tragedias. Está ligada a la opresión y al sinsentido que experimentamos al darnos una vida plagada de sobreexigencias, urgencias, apremios y una honda separación de aquello que desde siempre ha representado la fuente de la alegría y el sentido del vivir: nuestros afectos, el cultivo amoroso de los vínculos íntimos, la conexión con la naturaleza y el cuidado de lo viviente.

Es así que la angustia, o ansiedad, como se la llame, es hoy hija de ese otro fenómeno paradigmático del mundo contemporáneo: el estrés. La vivencia de amenaza, la sensación de peligro, generan un estado particular de angustia que se conoce como angustia señal o simplemente miedo.

El miedo promueve toda una cascada de dispositivos nerviosos y hormonales que preparan nuestro cuerpo para escapar o para luchar. Esos dispositivos son muy precisos y eficaces, así como perjudiciales si se prolongan exageradamente.

En un primer momento de la situación de  estrés se producen grandes cantidades de adrenalina con lo que se eleva la presión arterial, el corazón late más fuerte, se dilatan las pupilas y así también muchos otros ajustes fisiológicos muy importantes. Un momento después otra hormona de la glándula suprarrenal, el cortisol, comienza a segregarse en grandes cantidades, lo que refuerza y profundiza el estado anterior.

Si la situación se mantiene, se ingresa en un estado de estrés crónico. El organismo se torna, entonces, vulnerable. Los elevados niveles de cortisol nos hacen proclives a que ese estado que comenzó con estrés y siguió con angustia, entre ahora en la depresión. En efecto, la depresión es muchas veces el resultado del estrés crónico y la angustia sostenidos durante tiempos exageradamente prolongados.

El exceso de cortisol también deprime nuestras defensas volviéndonos más susceptibles a contraer enfermedades infecciosas. Estadísticas coincidentes en muchos países aseguran que casi el 50% de la población urbana padecerá en algún momento de su vida alguna forma de trastorno por ansiedad, y que en el 10% de los casos se tratará de crisis de pánico.

La presencia simultánea de síntomas de ansiedad y depresión se da en el 58% de los pacientes con trastornos por ansiedad, según muestran las estadísticas más estrictas. Aparece así un conjunto, de presentación harto frecuente, constituido por estrés-ansiedad-depresión-enfermedad orgánica, que exige nuestra más cuidadosa atención.

Ni la angustia ni el miedo son nuestros enemigos. El miedo nos protege de riesgos y peligros. La angustia es el resultado de no ser ignorantes ni tontos: sabemos que el dolor, el sufrimiento y la muerte existen, que son parte de nuestra vida y que deberemos verles la cara en más de un momento.

Nuestros enemigos son la angustia desbordada y el miedo disfuncional, frutos ambos de conflictos psicológicos que se nos escapan, de relaciones tóxicas en las que nos involucramos o de la desmesura con que conducimos nuestra vida. Sobre ellos debemos actuar.

La ansiedad se presenta casi siempre como un trastorno del cuerpo. Se materializa como un mareo, o la sensación de percibir intensamente los latidos del corazón. Se nubla la vista, aparece dificultad de respirar o una indefinible sensación gástrica que nos impide disfrutar de la comida. El cuerpo y sus sensaciones devienen amenazantes.

Si bien la ansiedad a nadie es ajena, se nos hará más patente si nos instalamos en algunas actitudes en particular, que muchas veces nos parecen perfectamente virtuosas. Por ejemplo, alguien puede ser muy perfeccionista y detallista pero cuando algo no sale tal cual lo pretende cae en la desesperación.

Hay que darnos cuenta que cuando los síntomas de la angustia se hacen claramente presentes, nos están señalando que ha llegado la hora de revisar qué estoy haciendo con mi vida, y comenzar a considerar si no habrá cambios para instrumentar.

(TN)



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