Viajemos a través de las páginas: la Biblioteca Popular Posadas presenta las obras literarias de Silvina Ocampo

Viajemos a través de las páginas: la Biblioteca Popular Posadas presenta las obras literarias de Silvina Ocampo

La  escritora logró, a través de sus magníficos cuentos y poemas, marcar una huella profunda en la historia de la literatura argentina y estos días de cuarentena se vuelven una oportunidad ideal para conocer su apasionante legado.

 

La lectura: el vehículo o una simple puerta. El vehículo que nos puede trasladar a otras experiencias, o una puerta, a través de la cual podemos trascender, conocer y explorar un nuevo mundo, ya sea basado en el conocimiento científico o producto de una fantástica imaginación.

 

Leer nos hace sabios, nos hace fuertes. Nos permite crecer o tan solo alejarnos –por unos momentos- de la realidad en la que estamos inmersos. Sea cual sea su temática, su enfoque, extensión o autor, las páginas escritas de un libro siempre nos trasladarán a otra dimensión.

 

La vida usual del ser humano hoy vive una pausa y ello es la excusa perfecta para aquellas personas que disfrutan de esta actividad, como así también para aquellas que anhelan descubrirla.

 

Por ello Laura Abían, representante de la Biblioteca Popular Posadas y amante de la literatura, nos trae a escena las obras de una escritora argentina que consiguió dejar un gran legado, a partir del despliegue de historias –plasmadas en cuentos y poemas- que lograron conquistar a miles de lectores: se trata de Silvina Ocampo (1906 – 1993).

 

 

Hija de Manuel Silvino Ocampo y Ramona Aguirre, hermana de Victoria Ocampo (con quien compartió su pasión por la escritura), esposa del escritor Adolfo Bioy Casares y madre de una sola hija. Silvina comenzó a escribir desde muy joven y apostó a la literatura fantástica y policiaca, la cual la llevó a producir, entre relatos breves –o cuentos- y obras poéticas, más de 16 libros. Ediciones que dejaron maravillados a quien las pasó por entre sus manos, logrando convertirla en una de las escritoras más destacadas del país.

 


“LA RAZA INEXTINGUIBLE”, una de sus grandes obras


EN AQUELLA CIUDAD todo era perfecto y pequeño: las casas, los muebles, los útiles de trabajo, las tiendas, los jardines. Traté de averiguar qué raza tan evolucionada de pigmeos la habitaban. Un niño ojeroso me dio el informe:

“Somos los que trabajamos: nuestros padres, un poco por egoísmo, otro poco por darnos el gusto implantaron esta manera de vivir económica y agradable. Mientras ellos están sentados en sus casas, jugando a la baraja, tocando música, leyendo o conversando, amando, odiando (pues son apasionados), nosotros jugamos a edificar, a limpiar, a hacer trabajos de carpintería, a cosechar, a vender. Nuestros instrumentos de trabajo son de un tamaño proporcionado al nuestro. Con sorprendente facilidad cumplimos las obligaciones cotidianas. Debo confesar que al principio algunos animales, en especial los amaestrados, no nos respetaban, porque sabían que éramos niños. Pero paulatinamente, con algunos engaños, nos respetaron. Los trabajos que hacemos no son difíciles: son fatigosos. A menudo sudamos como caballos lanzados en una carrera. A veces nos arrojamos al suelo y no queremos seguir jugando (comemos pasto o terroncitos de tierra o nos contentamos con lamer las baldosas), pero ese capricho dura un instante, “lo que dura una tormenta de verano”, como dice mi prima. Es claro que no todo es ventaja para nuestros padres. Ellos también tienen algunos inconvenientes; por ejemplo: deben entrar en sus casas agachándose, casi en cuclillas, porque las puertas y las habitaciones son diminutas. La palabra diminuta está siempre en sus labios. La cantidad de alimentos que consigue, según las quejas de mis tías, que son glotonas, es reducidísima. Las jarras y los vasos en que toman agua no los satisfacen y tal vez esto explica que haya habido últimamente tantos robos de baldes y otras quincallas. La ropa les queda ajustada, pues nuestras máquinas no sirven ni servirán para hacerlas en medidas tan grandes. La mayoría, que no dispone de varias camas, duermen encogidos. De noche tiritan de frío si no se cubren con una enormidad de colchas que, de acuerdo con las palabras de mi pobre padre, parecen más bien pañuelos. Actualmente mucha gente protesta por las tortas de boda que nadie prueba por cortesía; por las pelucas que no tapan las calvicies más moderadas; por las jaulas donde entran sólo picaflores embalsamados. Sospecho que para demostrar su malevolencia esa misma gente no concurre casi nunca a nuestras ceremonias ni a nuestras representaciones teatrales o cinematográficas. Debo decir que no caben en las butacas y que la idea de sentarse en el suelo, en un lugar público, los horroriza. Sin embargo, algunas personas de estatura mediocre, inescrupulosas (cada día hay más), ocupan nuestros lugares, sin que lo advirtamos. Somos confiados pero no distraídos. Hemos tardado mucho en descubrir a los impostores. Las personas grandes, cuando son pequeñas, muy pequeñas, se parecen a nosotros, se entiende, cuando estamos cansados: tienen líneas en la cara, hinchazones bajo los ojos, hablan de un modo vago, mezclando varios idiomas. Un día me confundieron con una de esas criaturas: no quiero recordarlo. Ahora descubrimos con más facilidad a los impostores. Nos hemos puesto en guardia, para echarlos de nuestro círculo. Somos felices. Creo que somos felices.

“Nos abruman, es cierto, algunas inquietudes: corre el rumor de que por culpa nuestra la gente no alcanza, cuando es adulta, las proporciones normales, vale decir, las proporciones desorbitadas que los caracteriza. Algunos tienen la estatura de un niño de diez años; otros, más afortunados, la de un niño de siete años. Pretenden ser niños y no saben que cualquiera no lo es por una mera diferencia de centímetros. Nosotros, en cambio, según las estadísticas, disminuimos de estatura sin debilitarnos, sin dejar de ser lo que somos, sin pretender engañar a nadie.

“Esto nos halaga, pero también nos inquieta. Mi hermano ya me dijo que sus herramientas de carpintería le pesan. Una amiga me dijo que su aguja de bordar le parece grande como una espada. Yo mismo encuentro cierta dificultad en manejar el hacha.

“No nos preocupa tanto el peligro de que nuestros padres ocupen el lugar que nos han concedido, cosa que nunca les permitiremos, pues antes de entregárselas, romperemos nuestras máquinas, destruiremos las usinas eléctricas y las instalaciones de agua corriente; nos preocupa la posteridad, el provenir de la raza.

“Es verdad que algunos, entre nosotros, afirman que al reducirnos, a lo largo del tiempo, nuestra visión del mundo será más íntima y más humana”.

 

Esta es tan solo una de las destacadas obras de Silvina Ocampo, ¿te interesa conocer más acerca de la trayectoria de su vida? La Biblioteca Popular Posadas te invita a ver un corto audiovisual, el cual fue lanzado por el Ministerio de Cultura de la Nación como homenaje al gran legado que ha dejado esta argentina: https://www.youtube.com/watch?v=eSREho7bE3c.

 

¡No reencontramos la próxima semana con más recomendaciones!

 

F.S.



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