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Ayudó a su marido a violar a su hija durante seis años porque tenía «un demonio adentro»

Ayudó a su marido a violar a su hija durante seis años porque tenía «un demonio adentro»

«Él decía que yo tenía un demonio adentro. Y mi mamá le empezó a creer. Empezó cuando yo tenía ocho años», el doloroso relato de la víctima. Sucedió en Buenos Aires.

Siempre se emborrachaba. Nunca me cayó bien. Él decía que yo tenía un demonio adentro. Y mi mamá le empezó a creer. Empezó cuando yo tenía ocho años.

Ella una vez me despertó de los pelos de la cama y me dijo que haga cosas con él. Yo no quería. Antes de dormir venía y me decía: ‘Vos no te duermas porque sabés lo que tenés que hacer.’ Ella a mí me abría las piernas y me pegaba con un cinto de punta. Tuve que hacer cosas. A veces me tenía toda la noche. A veces usaba preservativo, a veces no. Cuando empecé a menstruar ahí siempre usaba.»

Sigue: «Aborté un bebé, fue hace tres meses. Dejé de menstruar y a los dos días me agarró sin preservativo. Me fui a comprar un Evatest y salieron dos rayitas. Mi mamá me hizo tomar pastillas anticonceptivas. Él me pegaba, me daba órdenes como si fuera mi marido, lavar, limpiar. Todo pasó desde que tenía ocho hasta que tenía catorce años, casi todos los días».

Este párrafo corresponde a la declaración en cámara Gesell realizada en 2015 por D., hoy de 17 años de edad, al cuidado de un hogar y de su abuela paterna bajo la supervisión del Juzgado Civil N°56.

La declaración indignó a los funcionarios judiciales que la leyeron. D., con 15 años de edad, se sentó frente una psicóloga entre los espejos fríos del Cuerpo Médico Forense para relatar la brutalidad de su propio padrastro, Sergio Eduardo Giménez, y de su propia madre. Su abuela fue quien formalizó la denuncia inicial «porque le conté las cosas que Sergio me hacía» en un viaje a Paraguay y en la pequeña casa familiar que ocupaban en el barrio de La Boca a pocas cuadras de la Bombonera, según dijo D. en su testimonio.

El defensor oficial de Sosa no disputó su imputabilidad en el proceso. Su argumento fue menos usual: apuntó a «un error de comprensión cultural condicionante» según transcripciones judiciales, un caso en que «el imputado sabe que está cometiendo un delito, pero se encuentra imposibilitado de impedirlo».

El defensor aludió al testimonio de una prima de la madre de D. que decía que Sosa «no estaba bien de la cabeza» y recordó la violencia física y psicológica a la cual la sometía Giménez. Un informe psicológico hecho por orden judicial apunta a una disminución de su comprensión y su facultad intelectual.

El Tribunal no aceptó el argumento del abogado, no totalmente: los jueces razonaron que Sosa no vivía en ninguna otra cultura salvo el estado de derecho de la República Argentina.

En paralelo, sucesivas pericias hechas por ginecólogos, psicólogas y psiquiatras oficiales sobre la mente y al cuerpo de D. validaron su testimonio como «coherente», «consistente» y «verídico» bajo cualquier parámetro científico. Guillermo Pérez de la Fuente, el fiscal acusador, pidió catorce años de cárcel por los delitos de abuso sexual y corrupción de menores agravados por vínculo y convivencia. Se los dieron. En su voto, el juez Salvá aseguró que estaba frente al caso más grave de sus 25 años como magistrado y lamentó que la jurisprudencia vigente no le permitiese darle a Sosa todavía más cárcel.

Las pruebas en el expediente no fueron lo único que condenó a la madre de D. Ante el TOC N°27, Sosa se puso de pie y dio su testimonio. No dijo que su hija mentía. Al contrario: lo reconoció casi todo.

Aseguró que sabía de los hechos de los que la acusaban, que «la nena tenía un demonio adentro y había que sacárselo para curarla» porque «se portaba raro y no quería estar con nadie» y «el mejor» para este extraño exorcismo era su pareja, Sergio Giménez, supuestamente un cultor de la fe umbanda, que coincidía con su plan, mientras decía que su hija «todavía no estaba bien curada.» También afirmó que no participó en las violaciones que ocurrieron por cerca de siete años, que simplemente se dedicaba a permitir y mirar. El Tribunal optó por creerle a su hija. Así, Sosa fue condenada no como encubridora, sino como coautora.

Hubo matices graves que los jueces valoraron de acuerdo a los fundamentos de la sentencia contra Sosa, emitidos el 20 de diciembre del año pasado. D. no solo apuntó a los repetidos golpes que le daba su madre antes de que su padrastro la abusara. Había también un favoritismo claro en la casa. D. tiene un hermano varón, cuatro años menor, hijo de Sosa y de su mismo padre, al que Celia nunca golpeaba según su testimonio y de otros miembros de la familia que declararon en el juicio.

Una ex cuñada de Sosa afirmó bajo juramento que D. había recibido golpes regulares de su madre desde el año y medio de edad. Poner a la niña todavía bebé bajo una canilla de agua helada era un tormento usual.

Otra familiar de Sosa, su hermana, se dedicó a comentar en Formosa que D. era una «putita» que le quiso «sacar el marido a su madre». Una tía paterna de D., en cambio, fue más comprensiva: declaró que su sobrina le contó cómo su madre «le tapaba la boca» mientras «el chabón le tiraba de los pelos». La tía aseguró que confrontó a Celia, que «miraba para abajo y decía que era todo mentira».

La  supuesta posesión demoníaca no se sostuvo a lo largo del expediente. «Un relato increíble», afirma el fundamento de la sentencia. Dos primas de Sosa que declararon en el juicio aseguraron que nunca les contó del problema. Ninguna imagen religiosa aparece incautada en la causa.

El Facebook personal de Celia no detalla en sus fotos ninguna creencia en particular, no había ni visitas a misas católicas ni reuniones evangélicas, ni ritos umbanda ni estampitas de deidades posteadas en su muro. La madre de D. reconoció haber sido criada como católica ante la Justicia, pero que perdió la fe cuando murió su padre.

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