Una selva blanca: Las Cataratas del Iguazú a la luz de la Luna

Una selva blanca: Las Cataratas del Iguazú a la luz de la Luna

Por Marina Closs
Cinco veces al mes, sobre las cataratas, asoma la luna llena. Dicen que, durante esas cinco noches, la selva no es la misma. Se escuchan otras cosas, se huelen otros perfumes. Es posible ver en la oscuridad. Hace 30 años, los guardaparques del Parque Nacional Iguazú invitaban solamente a amigos y familiares al famoso “paseo de la luna”. Hoy, el paseo convoca a turistas de todo el mundo, que se angustian por estar obligados a apagar los flashes para avanzar por la selva.

 

-¿Ves? ¡No sale nada! – se altera una señora, tratando de prescindir del flash.

-¿Y cómo hago si aparece un tatú mulita? ¡No se le va a poder sacar!

Otra señora responde, irónica:

-Ponés el flash, lo encandilás, lo dejás tonto, el tren lo choca, y vos tenés tu foto y te quedás contenta.

 

Así, el tren deja la estación y empezamos a desplazarnos. Ya escucho, detrás de mí, que otra gente se angustia porque una nubecita gris recubre la luz de luna tan ansiada.

-¿Va a poder brillar o no? – los turistas quieren estar avisados, prefieren no hacerse falsas expectativas.

Y bien, podría seguir citando diálogos ansiosos y preocupados. Incluso las palabras de un señor que calcula, durante el trayecto en el tren, la relación costo/beneficio del paseo.

Pero el señor se calla, porque finalmente, la luna brilla en el cielo. Y no solo brilla, sino que, ahora mismo, incluso hace sombras. Las sombras de la luna son tan nítidas que yo misma me siento tentada de fotografiarlas. Claro que está el inconveniente de que no sé desactivar el flash. Así que sigo, frustrada la gran posibilidad de foto de esta noche, y caminando sobre las sombras lunares.

Desde el tren, la selva parece entre gris y celeste, como hecha de telarañas. Pero cuando nos bajamos y caminamos por el monte, la selva es mucho más fría y sólida, casi una selva ósea, un follaje de huesos.

Oigo las preguntas que hacen al guía los caminantes.

-¿Hay tigres negros en Misiones?

El guía: Sí, sí.

Me acerco más y pregunto, bajito:

-¿En serio?

-Sí. No son negros completamente. Son oscuros.

Color “sombra de la luna”, me digo.

-¿Y de qué color tienen los ojos? – ya que estoy, pregunto.

-Amarillos.

¡Claro! Las sombras tienen ojos amarillos. Siempre.

Caminamos por encima de los brazos del río. Yo misma no sabía que vivía en este paisaje. Es verdad que es otra cosa, que estamos en dos sitios a la vez. Y uno se da cuenta solo – a la luz de la luna. No hay un hechizo más poderoso que el del paisaje propio. Si bien uno va caminando, parece que viaja caído en el ruido del río. No está caminando. Va como por inercia, empujado por la luz de la luna, por todo el río oscuro de las sombras y la selva blanca.

 

Llegamos a la Garganta del Diablo. Agua blanca y agua oscura, en caídas paralelas. Bueno, uno se pone necesariamente místico y se pregunta si no será que el secreto más grande del mundo se oculta allá debajo. Salen fantasmas de vapores frescos, salen coletazos de otros mundos. Vuelan mil gotas pequeñas que se estrellan contra los visitantes. Las cascadas parecen invitarnos hacia abajo, pero las nubes de vapor empujan a todo el mundo lejos.

Podemos sacarnos una foto o podemos tambalearnos y mirar. Debajo de nosotros se está desmoronando todo. Creo que deberíamos tener miedo de dar el próximo paso. No sé exactamente qué hago, voy caminando y siento que todo el ruido está metido detrás de mi frente. ¿De dónde veníamos? Estamos mojados, nos chocamos como ciegos, entre nosotros. Parece que estamos abriendo los ojos para escuchar más claro.

 

A la vuelta, mientras una chica joven le muestra a su novio el sonido de las cataratas reproducido en un archivo de audio, un guía nos revela que en el paseo anterior, un turista se cayó al agua durante la caminata.

-¿A la garganta?

-No, al río, pero pudieron salvarlo.

Algunos dicen que fue porque iba sacando fotos. Otros dicen que se tiró apropósito.

-Por lo hipnótico. – aporto.

-Sí – el guía coincide – Es probable.

 

El paseo de la luna es un paisaje nuestro casi ajeno, casi desconocido. Como un mundo invertido, por el que, cinco veces al mes, es posible pasar caminando. Vale la pena estar atentos y acostumbrar los ojos. La luz de la luna obliga. Todo lo demás obedece.



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