Reflexión dominical de Monseñor Juan Martinez Obispo de Posadas

En esta reflexión dominical quiero agradecer la fe expresada por nuestro pueblo en varios acontecimientos vividos en los últimos fines de semanas, aun con la inestabilidad de nuestro clima. Tanto Fátima, como Santa Rita, expresan la fe de una religiosidad popular que vive nuestra gente y que es tan querida por la Iglesia. El sábado pasado quede profundamente impresionado con la celebración del Corpus Christi, en el Anfiteatro Manuel Antonio Ramírez, desbordado por la participación de miles de cristianos.

Fue impactante como la gente de nuestras comunidades lleno todas las instalaciones y las calles. Cuando caminábamos junto a la Custodia con el Santísimo con muchas cuadras de gente agradecíamos a Dios lo que estábamos viviendo. Toda esa gente o en su gran mayoría, eran cristianos comprometidos de nuestras parroquias, capillas, escuelas, movimientos, áreas pastorales, con conciencia y gozo de estar adorando al Señor en la Eucaristía. En algún sentido era diferente a los acontecimientos de Loreto, Fátima o Santa Rita, y sin embargo forman parte de la fe y religiosidad de nuestro pueblo y cultura.

El Evangelio de este domingo (Lc. 7,11-17) nos muestra al Señor ejerciendo su misión pública en donde realiza este milagro de la resurrección del hijo de la viuda de Naim. El Señor ve el dolor de esta mujer que con un grupo numeroso de gente trasladaban el féretro y realiza este milagro: “El Señor tuvo compasión de ella y le dijo: “no llores”, los que lo llevaban se pararon y él dijo: “Joven, a ti te digo: levántate”. (Lc. 7,13-14)… El texto nos señala que el pueblo percibió con fe que el amor de Dios había obrado: “Dios ha visitado a su pueblo”.

La Iglesia tiene una gran valoración por la religiosidad popular tan arraigada en América Latina, y por supuesto en nuestra realidad misionera. Aparecida señala sobre las peregrinaciones…”Destacamos las peregrinaciones, donde se puede reconocer al Pueblo de Dios en camino. Allí, el creyente celebra el gozo de sentirse inmerso en medio de tantos hermanos, caminando juntos hacia Dios que los espera. Cristo mismo se hace peregrino, y camina resucitado entre los pobres. La decisión de partir hacia el santuario ya es una confesión de fe, el caminar es un verdadero canto de esperanza, y la llegada es un encuentro de amor. La mirada del peregrino se deposita sobre una imagen que simboliza la ternura y la cercanía de Dios. El amor se detiene, contempla el misterio, lo disfruta en silencio. También se conmueve, derramando toda la carga de su dolor y de sus sueños. La súplica sincera, que fluye confiadamente, es la mejor expresión de un corazón que ha renunciado a la autosuficiencia, reconociendo que solo nada puede. Un breve instante condensa una viva experiencia espiritual”. (259)

El gran desafío en esta pastoral es acompañar con misericordia y cercanía a tanta gente en las que Dios obra el “don” de la fe, y la mantiene encendida aun cuando a veces están solos “como ovejas sin Pastor”. El Señor se acercaba a “publicanos y pecadores” y era condenado por los que tenían posturas rigoristas que no se abren a la misericordia. Desde ya que la apertura a los “publicanos y pecadores” de hoy, al mundo, que muchas veces somos nosotros mismos y nuestro “hombre viejo”, no implican relativizar los contenidos de la fe, una especie de relativismo moral. Por un lado será clave tener una identidad y anuncio claro del Evangelio y del Magisterio de la Iglesia, y a la vez una cercanía misericordiosa a tantas situaciones de nuestros hermanos que están alejados de Dios. En el Documento de Aparecida nos señala la necesidad de respetar los procesos que implican en la formación un itinerario de fe. “Llegar a la estatura de la vida nueva en Cristo, identificándose profundamente con Él y su misión, es un camino largo, que requiere itinerarios diversificados, respetuosos de los procesos personales y de los ritmos comunitarios, continuos y graduales”. Es cierto que algunos cristianos preguntan si esta religiosidad popular sirve ya que muchos de los concurrentes no practican la fe en otros aspectos de la vida. Todos necesitamos el camino del discipulado, pero es conveniente advertir que ninguno debemos sentirnos excesivamente practicantes porque corremos el riesgo de ser parecidos a los que condenan a Jesús por compartir con publicanos y pecadores. La clave será sentir compasión como el Señor la sintió por la viuda de Naim.

Les envío un saludo cercano, y hasta el próximo domingo. Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas



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