Fútbol, religión y política

Muchas especulaciones generó la suspensión del partido Argentina-Israel que iba a jugarse en Jerusalén. Oficialmente, se explicó la decisión por razones políticas, por la presión ejercida desde los sectores palestinos. Extraoficialmente, se habló de motivos futbolísticos, como la distancia y el desgaste que iba a generar el viaje. Incluso se mencionó la inquietud de los jugadores y el cuerpo técnico por la seguridad, ya que se habrían visto camisetas argentinas manchadas de “sangre” en alguna manifestación.
Lo cierto es que las razones reales, como siempre, son esquivas. Cuando uno quiere hacer algo, los inconvenientes son inconvenientes y punto; cuando no quiere hacerlo, cualquier obstáculo se convierte en una buena razón para no ir. Lo único que cabe preguntarse es por qué y cómo la AFA llegó a acordar un partido tan polémico y después cancelarlo, lo que casi genera una crisis internacional.
El deporte siempre estuvo atravesado por la política, para bien o para mal. Los Juegos Olímpicos de Berlín, en 1936, fueron una excusa para mostrar el poderío de la Alemania nazi e incluyeron el disgusto para Hitler de que un atleta negro, Jesse Owens, ganara cuatro medallas de oro y destruyera el mito de la superioridad aria. En 1995, Nelson Mandela, elegido poco atrás como presidente de Sudáfrica, usó el rugby para recomponer una sociedad quebrada por años de segregación, y le salió bien: ese año, su país, de la mano de Francois Pienaar, salió campeón del mundo en su propia casa.
Si el deporte es política, mucho más lo será el fútbol, el más popular de todos los deportes. Es algo que no se puede ignorar, y que mucho menos puede pasar por alto una asociación nacional del peso de la AFA.
La importancia de este partido es que Israel lo organizó para celebrar los 70 años de existencia de su Estado. Además, se hubiera realizado en Jerusalén, que recientemente fue reconocida por EEUU como capital de Israel. Está circunstancia no pudo menos que generar descontento y enojo por parte de la sociedad palestina y las organizaciones propalestinas.
Me pregunto cómo la AFA podía ignorar la delicadeza de este tema, siendo que se trata de uno de los conflictos más complejos y de más larga data en el mundo. La cancelación se llevó a cabo con una desprolijidad total. Prueba de la incapacidad de AFA es que el escándalo escaló enseguida hasta la mayor altura posible: Netanyahu, el primer ministro israelí, llamó a Macri para tratar de modificar la decisión. ¿No hay instancias intermedias para tratar estas cuestiones, en la AFA, o en el propio poder ejecutivo?
También cabe preguntarse si la reunión que quiso llevar a cabo el Papa Francisco con el Seleccionado tenía alguna relación con este tema. Se sabe que el pontífice está muy compenetrado con el conflicto israelí-palestino, y que ha tomado algunas posturas polémicas sobre la cuestión. Quizás la AFA negó el encuentro buscando ecuanimidad, o simplemente para ahorrarse otro embate.
Si el objetivo es mantener al fútbol al margen de la política (algo que no estaría mal) la falta de tacto con la que se abordó este tema deja mucho que desear. Es que la AFA, al igual que cualquier otra organización, debería profesionalizarse y formar equipos en todos los ámbitos (como el de comunicación) que esté a la altura de las complejidades del mundo del fútbol. Hoy en día, muchas veces se decide más adentro de una cancha que en las reuniones de líderes mundiales. Por ello el fútbol no puede quedar en manos de la improvisación, o de una dirigencia con mentalidad local.



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