*Por María Gabriela Barrionuevo
La Selección muestra cómo el talento, la confianza y las diferencias pueden convertirse en una identidad común. Mientras nuestros colores despiertan admiración en el mundo, dentro del país todavía nos cuesta jugar juntos.
Durante algunos minutos, la Argentina volvió a ser una sola.
Cuando llegó el gol, se abrieron las ventanas, sonaron las bocinas y millones de personas gritaron al mismo tiempo. En las casas, en los bares, en los balcones y en las calles reaparecieron las banderas celestes y blancas. Algunos se abrazaron con sus familias. Otros, con vecinos a quienes apenas conocían. Muchos lloraron.
En ese instante no importó cuánto ganaba cada uno, qué trabajo tenía, dónde vivía ni a quién había votado. Las diferencias seguían allí, pero algo más profundo consiguió ponerse por encima de ellas y nos permitió reconocernos otra vez en un mismo nosotros.
En ese grito también viajaba la historia. El partido contra Inglaterra despertó recuerdos futbolísticos, pero hizo aparecer inevitablemente a Malvinas, a los jóvenes enviados a la guerra, a las familias que todavía guardan sus ausencias y a una herida que forma parte de nuestra identidad nacional.
Malvinas no se juega. No se gana ni se pierde en una cancha. Un gol no repara una guerra, no resuelve una disputa de soberanía ni devuelve las vidas perdidas. La memoria, sin embargo, no tiene por qué condenarnos a vivir dentro de una trinchera. También puede ayudarnos a honrar lo vivido, transformar el dolor en responsabilidad y encontrar fuerzas para seguir adelante.
Esa fuerza apareció cuando el tiempo comenzaba a agotarse y el partido parecía escaparse. El equipo no se entregó. Siguió corriendo, se sostuvo, cubrió al compañero y buscó una jugada más. Es difícil que los argentinos no nos reconozcamos en esa escena. También nosotros conocemos los partidos difíciles, las crisis que parecen interminables y la sensación de tener que empezar otra vez cuando ya casi no quedan energías. Aun así, seguimos aquí.
Tal vez por eso esta victoria nos toca de un modo tan íntimo. En la resistencia del equipo reconocemos algo de nuestra propia historia y sentimos que esa alegría también nos pertenece. Pero justamente porque se trata de una emoción compartida, sería un error convertirla en la confirmación de una ideología, de un gobierno o de una oposición.
Apropiarse de la Selección para obtener una ventaja partidaria significaría tomar un mérito colectivo y ponerlo al servicio de una parte. Esta camiseta no pide afiliación ni puede ser reclamada como patrimonio de una facción. Su extraordinaria capacidad de reunirnos nace de que pertenece a todos.
La pregunta que deja el festejo, entonces, no es quién puede beneficiarse políticamente con la victoria. Es por qué esa conciencia de formar parte de algo común aparece con tanta fuerza en una cancha y se debilita cuando debemos construir juntos nuestro futuro.
La Selección ofrece una imagen posible de la Argentina. No la de once elegidos separados del resto, sino la de un equipo integrado por cada provincia, cada municipio, cada ciudad, cada pueblo, cada barrio y cada paraje. Los verdaderos jugadores somos todos.
Mirar la cancha completa permite comprender esa comparación. Hay quienes avanzan, imaginan y convierten oportunidades en resultados. Hay quienes conectan, distribuyen y sostienen el movimiento. Otros protegen lo alcanzado, recuperan la pelota o cubren el espacio que un compañero dejó vacío. También existen reglas e instituciones encargadas de resguardar el arco común cuando todo lo demás falla.
En esa formación conviven el campo y la industria, la ciencia y la educación, los trabajadores y los empresarios, los profesionales, los comerciantes, los artistas, los deportistas y las familias. Su importancia no depende de que realicen la misma tarea, sino de que sus capacidades diferentes puedan integrarse dentro de un propósito compartido.
La lógica del juego lo demuestra. El delantero puede convertir el gol, pero la jugada comenzó mucho antes. Alguien recuperó la pelota, otro levantó la cabeza, un compañero encontró el pase y otro corrió para abrir el espacio. Tal vez, apenas unos minutos antes, el arquero había evitado la derrota. El resultado no pertenece solamente a quien aparece en la fotografía. También pertenece a quienes hicieron posible que la jugada existiera.
Sin embargo, reunir talentos y distribuir funciones tampoco alcanza. Para que el movimiento no se interrumpa, cada integrante debe confiar en que los demás harán su parte.
El jugador que avanza necesita saber que alguien cubrirá el espacio que deja. Quien pierde la pelota debe confiar en que un compañero retrocederá para ayudarlo. Todos necesitan la certeza de que las reglas no cambiarán en medio del partido para favorecer a unos y castigar a otros.
Esa confianza es la infraestructura invisible de cualquier construcción colectiva. No convierte goles ni recibe medallas, pero permite que el talento circule y que las capacidades individuales se transformen en una fuerza común. Cuando se destruye, incluso los mejores jugadores quedan aislados e intentan resolver por separado aquello que sólo puede conseguirse juntos.
La Argentina está llena de esos talentos. Los tiene en sus escuelas, universidades y laboratorios, en sus chacras, fábricas y hospitales, en sus clubes de barrio y en miles de pequeños emprendimientos que vuelven a intentarlo cada mañana. Nuestro problema nunca fue la falta de jugadores capaces. Con demasiada frecuencia no supimos ofrecerles reglas previsibles, continuidad y la certeza de que el esfuerzo propio encontraría respaldo en el trabajo de los demás.
Cuando ese entramado funciona, sus efectos no terminan dentro de la cancha. A miles de kilómetros, personas que no nacieron aquí y acaso nunca visiten nuestro país eligen vestir la camiseta argentina como propia. Messi explica una parte inmensa de esa fascinación, pero no toda. Si sólo se tratara de admirar a un futbolista, no se abrazarían con la misma intensidad una bandera, una historia y unos colores.
Detrás de Messi viajan una tradición, una forma de jugar, la memoria de Maradona, la pasión de una hinchada y la imagen de un equipo que supo volverse reconocible y creíble. Viaja una Argentina que logra asociar su nombre con talento, esfuerzo y una identidad capaz de emocionar aún lejos de sus fronteras.
Ninguna campaña oficial podría fabricar por decreto semejante adhesión. Cuando algo se hace verdaderamente bien, la reputación de un país alcanza lugares a los que difícilmente llegaría un eslogan. La camiseta no borra nuestras crisis ni resuelve nuestros problemas, pero demuestra que podemos sostener una obra colectiva que el mundo reconoce y desea hacer propia.
Esa admiración exterior vuelve más incómoda nuestra contradicción interna. Podemos despertar confianza afuera mientras seguimos destruyéndola adentro.
Gobiernos de distintos signos construyeron poder eligiendo una parte del país y señalando a otra como responsable de todos los males. Cambiaron los nombres, las consignas y los adversarios, pero el mecanismo se repitió. El campo contra la industria, el empresario contra el trabajador, el sector público contra el privado, la capital contra las provincias, quienes producen contra quienes necesitan asistencia.
La grieta dejó de ser sólo una consecuencia de nuestras diferencias y se convirtió muchas veces en una tecnología de poder. La desconfianza administrada resulta electoralmente rentable. Permite ordenar adhesiones alrededor de enemigos, conservar protagonismo y evitar la tarea más difícil, que consiste en articular intereses distintos sin negar la legitimidad de ninguno.
Llevada a la cancha, esa lógica revela su absurdo. Sería como si un director técnico intentara fortalecer al equipo convenciendo al mediocampo de que su verdadero rival es la defensa, o al delantero de que el arquero le quita protagonismo. No obtendría una formación más competitiva. Tendría jugadores ocupados en marcarse entre sí mientras el partido continúa.
La democracia necesita diferencias, oposición, debate y conflicto. La unidad no exige unanimidad ni obediencia. Exige que proyectos distintos puedan competir sin convertir al adversario en un enemigo al que se debe expulsar del país simbólico.
Para que eso sea posible, la política y el Estado deben asumir un papel preciso. No les corresponde reemplazar a todos los jugadores, presentar cada gol como una obra propia ni decidir que una parte del equipo sobra. Les corresponde mantener la cancha en condiciones, sostener reglas estables, impedir que alguien se apropie del partido y proteger a quienes quedan expuestos. También deben construir continuidad allí donde cada gobierno siente la tentación de empezar nuevamente desde cero.
Scaloni importa sólo como ejemplo de esa forma de conducir. No compite con los talentos que tiene a su cargo ni necesita ocupar todas las posiciones. Los reconoce, los combina, corrige desequilibrios y también los escucha. La conversación con Leandro Paredes durante el partido ante Suiza recordó que quienes están dentro de la cancha pueden advertir dificultades que desde afuera no siempre se perciben.
Escuchar no debilita la autoridad. La vuelve más precisa. Conducir no consiste en saberlo todo, sino en crear un ámbito en el que la experiencia de cada uno pueda llegar a la decisión y mejorarla.
En 2027 la Argentina volverá a elegir. Habrá campañas, confrontación y proyectos diferentes, como corresponde. Lo que no deberíamos aceptar es que otra elección nos convenza de que quien piensa distinto pertenece a otro país o que una parte de la sociedad sólo puede avanzar después de humillar, excluir o derrotar para siempre a la otra.
Podemos votar distinto sin jugar para países distintos.
Un dirigente que necesita enemistar a sus propios jugadores puede ser un competidor electoral eficaz. Difícilmente pueda construir un país.
El Mundial terminará. Las pantallas se apagarán, las banderas volverán a guardarse y la vida cotidiana recuperará sus urgencias.
Quedará, sin embargo, una evidencia difícil de ignorar. La Argentina puede reunir talento, construir confianza, proyectar una identidad reconocible y despertar admiración mucho más allá de sus fronteras. Puede hacerlo cuando cada capacidad encuentra su lugar, cuando las reglas ofrecen previsibilidad y cuando nadie necesita destruir al compañero para demostrar su propio valor.
La Selección no resuelve los problemas del país ni ofrece una fórmula automática para la política. Hace algo más modesto y, al mismo tiempo, profundamente esperanzador. Nos demuestra que todavía podemos reconocernos como parte de una construcción común.
La camiseta no pertenece a los dirigentes. La camiseta es nuestra.
El desafío es conseguir que el país que cabe en ella también aprenda a jugar en equipo.
*Abogada. Especialista en prevención de lavado de activos y gestión de riesgos, dedicada al análisis práctico de sistemas de cumplimiento, inteligencia artificial y ética.




