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*Por José González
«Quiero volver a robarle un gol al ladrón», canta una pequeña niña, de potente voz, acompañada por su padre payador, y emociona a miles de argentinos que observan esa performance padre e hija a través de todo tipo de pantallas. Es que si el argentino de por sí se emociona, siente, llora y vive como pocos, el Mundial exacerba cada una de esas emociones. Y si, para colmo, la fortuna dispone que para llegar a la tan ansiada final debamos enfrentarnos al rival de toda la vida… ese rival que toca una fibra distinta, nos convierte a los argentinos en un cúmulo de lágrimas, piel de gallina y escalofríos ante cada canción nueva o cada epopeya creada por inteligencia artificial que aparece.
Jugadores, cuerpo técnico y periodistas no se cansan de repetir: «Es solo un partido de fútbol», la misma frase que repetían Diego Maradona y Carlos Bilardo en 1986 ante los micrófonos y las cámaras encendidas. Una frase que, seguramente, los propios protagonistas de este Mundial 2026 saben, puertas adentro, que no es del todo cierta.
Porque detengámonos un minuto en dos aspectos incuestionables. El primero: si tomamos la retórica de la textualidad, claramente el acontecimiento que paralizará a un país entero dentro de veinticuatro horas es solamente un partido. Son veintidós jugadores que, durante noventa minutos —en el mejor de los casos—, se enfrentarán para determinar quién será finalista del torneo deportivo más importante del planeta. Aun escribiendo estas palabras de la manera más fría y objetiva posible, podemos concluir que, aunque fuera «solamente un partido», para un país que respira y vive fútbol, una semifinal del Mundial es, por definición, un acontecimiento trascendental.
Pero no seamos necios. No caigamos en lo políticamente correcto. O, al menos, yo, escondido detrás del teclado de mi computadora, sin la responsabilidad que pesa sobre los protagonistas, puedo afirmar que mañana se juega mucho más que un partido. Porque, cada tanto, un Mundial logra conjugar las dos cuestiones que más atraviesan el alma de los argentinos: el fútbol y Malvinas.
Claramente, el resultado del encuentro no modificará el estatus colonial de las islas. Pero sí sirve para recordar, reivindicar y visibilizar ante los ojos del mundo una cuestión que para nosotros es innegociable: las Malvinas fueron, son y serán argentinas.
El partido no cambiará el hecho de que las islas fueron ocupadas en 1833 por la corbeta británica HMS Clio, aprovechando que un buque de guerra estadounidense había atacado previamente la Isla Soledad, dejando en evidencia la escasa capacidad de defensa con la que contaba el entonces gobernador argentino. Sí, Malvinas tenía un gobernador argentino. Tampoco cambiará el hecho de que Matilda, hija de Luis Vernet, fue la primera persona inscripta oficialmente en las islas bajo administración argentina.
El calor de las tribunas tampoco modificará la historia que cuenta que Antonio Rivero lideró un levantamiento junto a ocho gauchos argentinos, logrando izar nuevamente el pabellón celeste y blanco que, seguramente, volverá a ondear en las tribunas de Atlanta entre el grito desaforado de miles de hinchas.
Lo que sí podemos asegurar es que este encuentro permite reivindicar, una vez más, nuestra soberanía sobre las Islas Malvinas. Una soberanía que encuentra sólidos fundamentos en la razón. Podemos hablar del principio de sucesión de Estados, por el cual las islas pasaron directamente de España a la Argentina tras la independencia.
Podemos hablar de la geografía, porque, dejando de lado la casi absurda circunstancia de que las islas dependen administrativamente de un país ubicado en otro hemisferio, forman parte de la plataforma continental argentina. También podemos recordar que el principio de autodeterminación de los pueblos, invocado por los kelpers, no resulta aplicable en este caso, precisamente porque se trata de una población implantada como consecuencia de un proceso colonial.
Pero a esas razones jurídicas e históricas debemos sumarles las razones del corazón. Porque a cada argentino se le hace un nudo en la garganta cuando ve la silueta de las islas en un cartel al costado de cualquier ruta del país. Porque desde niños aprendemos que «tras su manto de neblinas, no las hemos de olvidar». Porque miles de compatriotas llevan tatuadas en su piel la Gran Malvina y la Isla Soledad teñidas de celeste y blanco. Porque cuando cantamos «Por Malvinas y por el Diego» o recordamos a «los pibes de Malvinas», se nos vienen a la memoria aquellos jóvenes que, con hambre, con frío, con sus zapatillas Flecha embarradas y rotas, acompañados apenas por las fotos de sus seres queridos y las cartas de desconocidos, enfrentaron a una de las mayores potencias militares del planeta. ¿Por qué? Porque no importaba lo descabellado del escenario ni el absurdo de decisiones tomadas bajo la influencia del whisky. Esa tierra era suya. Era nuestra.
Ningún gol de Messi hará retroceder el tiempo para impedir el crimen de guerra que significó el hundimiento del ARA General Belgrano. Ninguna atajada del Dibu Martínez logrará que Gran Bretaña se siente finalmente a negociar la soberanía de las islas, a pesar de que la Resolución 2065 de las Naciones Unidas, aprobada en 1965, insta a ambas partes a hacerlo. Y a pesar también de que, año tras año, la inmensa mayoría de la comunidad internacional vuelve a respaldar esa posición.
Sin embargo, este partido ha vuelto a poner en la agenda mundial una temática que para nosotros forma parte de la vida cotidiana, pero que el resto del mundo muchas veces parece olvidar. Y, paradójicamente, lo hace en el más democrático de los escenarios. Allí donde el poderío militar y la prepotencia económica no cuentan. Allí donde el talento puede imponerse a la estructura.
Una vez más, la arrogancia de los buenos modales se enfrentará al ingenio argentino. Al agua hirviendo que expulsó ejércitos invasores en Buenos Aires; a las cadenas que detuvieron flotas en la Vuelta de Obligado; al irreverente que se sentó sobre la alfombra de la reina en Londres; a los sapucay que resonaron en Puerto Argentino; al carnavalito que un jujeño les bailó en Saint-Étienne; y a la Mano de Dios que los nocqueó en México.
Quizás ahora sea Messi, junto a sus compañeros, quien deba volver a recordarnos que, cuando ya no alcanzan las piernas, se corre con el corazón. «Quiero volver a robarle un gol al ladrón.»
*Por José González, Lic. en Relaciones Internacionales / Esp. En Historia Política de América Latina / Escritor
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— misionesonline.net (@misionesonline) March 18, 2024




