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Cada año, miles de jóvenes preparan una valija para comenzar sus estudios superiores. Pero, además de elegir una carrera, deben aprender a organizar una vida nueva. El verdadero desafío no siempre empieza en el aula: muchas veces comienza cuando cierran la puerta de su casa por primera vez.
Hay una imagen que se repite todos los años en muchas familias misioneras: una habitación que empieza a vaciarse, una valija abierta sobre la cama y una mezcla de entusiasmo, orgullo y miedo que nadie termina de nombrar del todo.
Emilia Lunge, directora de políticas públicas estudiantil del Ministerio de Educación de Misiones, explicó que la mudanza implica una transformación rotunda en la rutina cotidiana de los estudiantes. Aseguró que los chicos se enfrentan a la necesidad de administrarse de forma autónoma, elegir un lugar para vivir y aprender a manejarse en el transporte público. En ese sentido, recordó con gracia que al mudarse a Posadas se perdió dos veces en colectivo por desconocer los recorridos de las líneas locales.
“Son un montón de cuestiones que uno tiene que empezar a tener que considerar de una manera distinta. Es normal la incertidumbre, la ansiedad que eso genera, entonces cuando un chico se va a mudar, por ejemplo, tiene que migrar… se encuentra con que no solo tiene que elegir la carrera y ver dónde va a estudiar, sino, por ejemplo, también elegir dónde va a vivir, empezar a pensar en la organización”.
Elegir dónde vivir merece un capítulo aparte. No siempre el alquiler más económico resulta la mejor opción. Conviene observar la seguridad del barrio, la iluminación de la zona, la cercanía al transporte público, la distancia hasta la institución educativa, la existencia de comercios cercanos y la conectividad a internet, que hoy es prácticamente una herramienta de estudio.
La funcionaria remarcó la importancia de establecer espacios de diálogo previo entre padres e hijos para proyectar la nueva vida diaria. Manifestó que resulta indispensable investigar las condiciones del barrio de destino, la seguridad de la zona y la distancia hacia la facultad. Sostuvo que los jóvenes suelen tener dificultades para mensurar la relación entre el tiempo y la distancia en la rutina diaria, un aprendizaje que se consolida con la práctica.
Al definir el desarraigo desde una perspectiva emocional, la licenciada detalló que consiste en un cambio cultural y estructural que modifica el contexto social del ingresante. Afirmó que es habitual extrañar las costumbres del hogar y encontrarse con tareas domésticas que antes estaban resueltas, como la preparación de la comida o el lavado de la ropa.
“Ese desarraigo tiene que ver con un cambio cultural y estructural de la persona, cambia todo su contexto social con quiénes se vincula, la vida diaria, cómo se organiza, donde quizás puede estar la situación de extrañar cosas de la rutina o empezar a darse cuenta cosas que uno lo tenía normalizado y que en un contexto nuevo ya no están resueltas”.
Respecto al acompañamiento institucional, Lunge destacó que las áreas de bienestar estudiantil y los centros de estudiantes de las universidades resultan fundamentales para mitigar la soledad de los primeros meses, especialmente durante los fines de semana. Asimismo, ponderó el compromiso de varios municipios de la provincia que facilitan el traslado de pertenencias o sostienen residencias universitarias. Mencionó de forma específica a Puerto Esperanza, localidad que dispone de camiones para las mudanzas de los ingresantes, y a Eldorado, Oberá y Apóstoles, comunas que administran albergues estudiantiles en beneficio de los jóvenes de menores recursos.
Por último, la funcionaria abordó los temores vinculados a la seguridad de los jóvenes y admitió que las familias suelen adoptar mayores recaudos con las mujeres debido a los índices de violencia de género que persisten en la sociedad. Recomendó conversar de forma abierta sobre la construcción de vínculos saludables en los nuevos entornos, conocer a los grupos de estudio y propiciar una comunicación constante que permita acompañar el desarrollo de la autonomía sin asfixiar a los estudiantes en su transición a la adultez.
Extrañar la familia, los amigos, las costumbres o incluso la comida de casa no significa que la decisión haya sido equivocada. Es parte del proceso de adaptación. Durante los primeros meses es habitual atravesar momentos de entusiasmo, cansancio, dudas e incluso soledad. Poder hablar de esas emociones, mantener contacto con la familia sin depender exclusivamente de ella y construir nuevos vínculos en la ciudad son factores protectores para la salud mental.
Las familias también necesitan prepararse para acompañar desde otro lugar. Acompañar no significa resolver todos los problemas. Significa escuchar, orientar, preguntar cómo está, celebrar los logros y confiar en las capacidades que el joven desarrolló durante toda su infancia y adolescencia.
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— misionesonline.net (@misionesonline) March 18, 2024



