El Mundial 2026 a la luz de Santo Tomás de Aquino: las coincidencias del famoso teólogo con la competición deportiva más importante del mundo

El análisis teológico aborda el torneo de las 48 naciones desde el concepto tomista de la “eutrapelia”, la virtud del sano descanso a través del juego. La perspectiva examina cómo la disciplina, el esfuerzo físico y la fraternidad internacional de la competencia coinciden con las virtudes humanas descritas por el pensador medieval.

En pleno desarrollo del Mundial de la FIFA 2026, donde 48 naciones compiten en América del Norte, es común que surjan interpretaciones superficiales que intentan buscar profecías ocultas en las Sagradas Escrituras. Sin embargo, desde una perspectiva católica, y particularmente desde el realismo de Santo Tomás de Aquino, la pregunta correcta no es si la Biblia predijo el torneo, sino cómo este magno evento se ordena hacia el fin último del ser humano. Para la teología tomista, el deporte no es un elemento ajeno a la vida de fe, sino una actividad humana que, bien encauzada, refleja la belleza del Creador a través del perfeccionamiento del cuerpo y el espíritu.

Santo Tomás de Aquino abordó el juego y el descanso en su obra cumbre, la Suma Teológica ($I-II, q. 168$), acuñando el concepto de eutrapelia. Esta virtud consiste en el justo medio respecto a la diversión, situándose entre la rigidez de quienes rechazan todo entretenimiento y la disipación de quienes viven solo para el placer. Desde este enfoque, el Mundial 2026 se justifica plenamente como un tiempo de sano esparcimiento necesario para el descanso del alma. El Aquinate explicaba que, así como el cuerpo cansado necesita reposo físico, el alma fatigada por las tensiones cotidianas necesita del juego y el espectáculo para recuperar sus fuerzas y seguir sirviendo a Dios y al prójimo.

Asimismo, la competencia que hoy vemos en las canchas de Estados Unidos, México y Canadá es un reflejo de las virtudes cardinales en acción. Santo Tomás enseñaba que las pasiones humanas deben estar sometidas a la razón. En el fútbol, esto se traduce en la templanza para aceptar las decisiones arbitrales, la fortaleza para resistir el cansancio, y la justicia para jugar limpio respetando al rival. Cuando un futbolista despliega su máximo talento con disciplina, o cuando la afición celebra con alegría y templanza, se está perfeccionando la naturaleza humana. El torneo se convierte así en una escuela de virtudes donde el esfuerzo físico emula la ascesis espiritual necesaria para alcanzar la santidad.

Finalmente, la perspectiva católica tomista nos recuerda que, aunque el Mundial es un bien honesto y deleitable, nunca debe transformarse en un fin en sí mismo. Santo Tomás advertía contra la idolatría de los bienes temporales: el fútbol es un medio para la fraternidad y el descanso, pero no la felicidad Suprema, la cual solo se encuentra en Dios. Mientras las 48 selecciones buscan una copa de oro que el tiempo terminará por desgastar, la Iglesia aprovecha este acontecimiento global para elevar la mirada de los fieles, recordándoles que la verdadera victoria consiste en correr la carrera de la vida con la gracia divina, ordenando cada gozo terrenal hacia la patria celestial.

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