#ExpoCarreras2026: Elegir qué estudiar también es pensar cómo queremos trabajar

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La elección vocacional ya no puede pensarse separada del mundo del trabajo. Elegir una carrera, una tecnicatura o una formación superior implica también empezar a preguntarse qué herramientas necesita una persona para desarrollarse profesionalmente en un contexto que cambia de manera constante.

Hoy, el mercado laboral se transforma a gran velocidad. La inteligencia artificial, la automatización, las nuevas formas de producción, el trabajo remoto, la economía del conocimiento y la demanda de perfiles cada vez más flexibles modifican las preguntas tradicionales. Ya no alcanza con pensar solamente “qué carrera tiene salida laboral”. También es necesario preguntarse: ¿qué habilidades voy a desarrollar?, ¿qué problemas voy a aprender a resolver?, ¿qué herramientas me va a dar esta formación?, ¿cómo puedo construir un perfil profesional con valor?

Desde la mirada de recursos humanos, cada vez resulta más claro que un título es importante, pero no es lo único que define la empleabilidad de una persona. Las organizaciones buscan conocimientos técnicos, pero también capacidades humanas: comunicación, responsabilidad, pensamiento crítico, creatividad, capacidad de aprendizaje, trabajo en equipo, resolución de conflictos, autonomía, organización del tiempo, liderazgo y adaptación.

Esto no significa que todas las personas deban saber hacer lo mismo. Al contrario: significa que cada trayectoria necesita reconocer qué combinación de saberes puede construir. En ese punto, la educación superior ocupa un lugar estratégico. Los institutos terciarios, universidades y centros de formación no solo transmiten contenidos. También ofrecen herramientas para aprender a pensar, investigar, producir, comunicar, trabajar con otros y sostener procesos.

Una buena elección vocacional, entonces, no debería mirar únicamente el nombre de la carrera. También debería mirar el tipo de formación que esa institución ofrece. ¿Tiene prácticas profesionalizantes? ¿Cuenta con laboratorios, talleres, simuladores o entornos virtuales? ¿Ofrece pasantías o vínculos con empresas e instituciones? ¿Acompaña la inserción laboral? ¿Promueve proyectos interdisciplinarios? ¿Tiene tutorías, orientación, espacios de bienestar o acompañamiento académico? ¿Permite vincular la teoría con situaciones reales?

Estas preguntas son cada vez más importantes porque el mundo laboral necesita personas capaces de aprender durante toda la vida. La formación inicial abre una puerta, pero el desarrollo profesional se construye de manera continua. Una persona puede empezar con una tecnicatura, luego complementar con una licenciatura, sumar certificaciones, realizar cursos específicos, participar en proyectos, crear un portfolio, emprender o especializarse en un área determinada.

En el escenario actual, la inteligencia artificial vuelve más urgente esta conversación. Muchas tareas pueden ser automatizadas, simplificadas o aceleradas por herramientas tecnológicas. Pero eso no elimina la necesidad de formación. Al contrario: la vuelve más necesaria. Cuanto más tecnología aparece, más importante se vuelve la capacidad humana de interpretar, decidir, crear, evaluar, comunicar y actuar éticamente.

La IA puede procesar información, asistir en tareas, generar textos, organizar datos o automatizar procedimientos. Pero las personas siguen siendo quienes dan sentido, criterio y responsabilidad a esas herramientas. Por eso, la pregunta no debería ser solamente si una profesión puede ser reemplazada, sino cómo se transforma esa profesión y qué necesita aprender quien desea ejercerla. Un buen profesional no es solo quien sabe hacer una tarea, sino quien entiende para qué la hace, cómo impacta en otros, cómo mejora un proceso y cómo puede seguir aprendiendo.

En ese camino, las instituciones de educación superior tienen una oportunidad enorme: formar profesionales que no solo respondan a las demandas actuales, sino que puedan anticiparse a los cambios. Esto implica enseñar contenidos, pero también promover experiencias. Aprender haciendo, resolver casos, participar en proyectos, conocer el territorio, dialogar con profesionales, usar tecnología, trabajar en equipo y desarrollar autonomía son herramientas concretas para la empleabilidad.

También es importante que los jóvenes puedan pensar su futuro laboral sin quedar atrapados entre dos extremos: elegir solo por gusto sin mirar el contexto, o elegir solo por salida laboral sin escucharse a sí mismos. La decisión más sólida aparece cuando se logra un encuentro entre intereses personales, habilidades, oportunidades de formación y posibilidades de desarrollo profesional.

La educación superior puede ser ese puente entre lo que un joven desea, lo que necesita aprender y lo que el mundo demanda. Y cuando esa formación ofrece conocimiento, práctica, acompañamiento y vinculación con el entorno, se convierte en una verdadera plataforma de futuro.

 

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