Diego Santilli asumió como jefe de Gabinete con una imagen negativa del 50,6%, aunque mejor que su predecesor. Su apoyo es transversal a la grieta, con alto respaldo en el electorado de La Libertad Avanza y fuerte rechazo en la oposición, lo que implica un desafío para la articulación política.
Con la confirmación de Diego Santilli como nuevo jefe de Gabinete de la Nación, la consultora Zentrix analizó datos de mayo del Monitor de Opinión Pública (MOP) y anticipó el escenario que afronta el funcionario. Santilli exhibe una imagen negativa del 50,6% en el balance general, aunque su valoración es notablemente superior a la de Manuel Adorni, quien registraba un 73,6% de imagen negativa. La percepción sobre Santilli está fuertemente influenciada por la polarización política.
Según lo informado en el MOP de mayo, la imagen de Santilli no es un activo que atraviesa la sociedad, ya que depende casi por completo de la identidad política de cada votante. Este patrón se repite, y se intensifica, al considerar el voto de octubre de 2025: Santilli obtiene un 80,5% de imagen positiva entre el electorado de La Libertad Avanza (LLA), mientras que registra un 80,3% de imagen negativa entre los votantes de la oposición. En la práctica, Santilli se posiciona como una figura con un nivel de polarización similar al de otros funcionarios del espacio libertario, a pesar de provenir del PRO, un partido que, en teoría, podría ofrecerle un perfil más conciliador.
Por región, su nivel de apoyo es mayor en el interior del país, donde alcanza un 40,8% de imagen positiva, en contraste con los bastiones tradicionales del PRO. En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) llega al 36% y en la provincia de Buenos Aires al 36,2%, cifras que se ubican ligeramente por debajo del promedio nacional. No obstante, mantiene una base de apoyo sólida en las tres regiones.
Quién lo ve bien y quién lo ve mal
A la lectura política se suma un análisis social, que perfila dos grupos bien definidos. Por edad, la evaluación de Santilli mejora a medida que aumenta la edad del encuestado: registra un 26,1% de imagen positiva entre los menores de 40 años, un 35,5% entre los de 40 y 59 años, y un 41,1% entre los mayores de 60 años. Este fenómeno resulta interesante porque, al hacer el corte por estratos etarios, se observa un patrón exactamente opuesto al del presidente Javier Milei, quien goza de mejor imagen entre los menores de 40 años y peor entre los mayores de 60 años. Esto podría interpretarse como un dato favorable para la llegada de Santilli, ya que, al cosechar mejor imagen justamente donde el presidente tiene menos apoyo, podría sumar base y complementar el mensaje oficial en ese segmento.
En cuanto al sexo, su imagen es algo mejor entre varones, con un 39%, que entre mujeres, donde alcanza un 34% y un 54,1% de rechazo. Sin embargo, la diferencia más marcada se observa por nivel socioeconómico: Santilli tiene un 50,5% de imagen positiva en los estratos altos y un 47,9% en los medios, pero apenas un 25,4% en los bajos. En este último segmento, la imagen negativa llega al 62,8%, la cifra más alta de cualquier corte de todo el informe. En conjunto, el perfil que tiende a verlo mejor combina mayor edad, nivel socioeconómico medio o alto y residencia en el interior del país. En contraposición, el que tiende a verlo peor combina menor edad, nivel socioeconómico bajo y residencia en el área metropolitana.
Las preocupaciones que va a tener que administrar
Más allá de la imagen, Santilli asume con un electorado oficialista que ordena sus prioridades en torno a un balance y a la herencia recibida. El ranking lo encabezan las deudas, con un 53,2%, seguidas por la corrupción, con un 46,7%, y la incertidumbre económica, con un 35,5%. El desempleo, con un 32,5%, y la inflación, con un 26,6%, quedan más atrás. Esta agenda mira tanto hacia atrás como hacia adelante, la prioridad no es tanto la urgencia del día a día, sino el pasivo que el Gobierno dice estar ordenando. Este marco, en principio, otorga a la nueva Jefatura de Gabinete cierto margen para presentar la gestión económica como un proceso en curso y no como una crisis abierta.
Entre los votantes opositores, el orden se invierte casi por completo y la lógica cambia de raíz: la incertidumbre económica lidera con un 59,4%, seguida por los ingresos y el salario con un 52,6%. Muy cerca se ubica la corrupción, con un 51,6%, uno de los pocos puntos de coincidencia entre ambos electorados, aunque con intensidades bien distintas. A diferencia del electorado oficialista, esta agenda se ancla en el presente inmediato: lo que preocupa no es la herencia ni el rumbo de mediano plazo, sino la incertidumbre sobre qué va a pasar con el propio ingreso en el corto plazo. Para Santilli, esto implica que gran parte de la oposición no evaluará su gestión por el diagnóstico macroeconómico que ofrezca, sino por señales concretas y rápidas sobre el bolsillo. Esto configura un terreno mucho más exigente y con menos margen de tiempo que el que le da su propia base electoral.
El bolsillo, el terreno común
Si existe un punto de contacto real entre ambos electorados es la fragilidad del poder adquisitivo, aunque con intensidades muy distintas. Entre los votantes oficialistas, el 52,5% llega como máximo al día 20 del mes con sus ingresos, mientras que entre los opositores esa cifra sube al 73%. La brecha se repite en la percepción sobre el salario: solo el 25,8% de los votantes de LLA cree que le está ganando a la inflación, y entre los opositores esa cifra cae a apenas el 0,9%. La capacidad de ahorro marca la diferencia más nítida de todo el bloque económico: el 18,5% de los votantes oficialistas asegura llegar a fin de mes y poder ahorrar, contra solo el 3,9% entre los opositores. Así, se establece una distancia que muestra que la fragilidad económica no solo está más extendida entre la oposición, sino que también deja mucho menos margen para proyectar a futuro.
Santilli asume, entonces, con una imagen condicionada por la grieta política y social. Administra un cargo donde su propia base reclama gestión de la deuda y el rumbo económico, mientras la oposición concentra su demanda en el poder de compra cotidiano. Ambas agendas conviven con una misma presión de fondo –el deterioro del ingreso real–, pero exigen lecturas y respuestas distintas según de qué lado de la grieta se mire.








