La diálisis permite reemplazar parte de la función renal y sostiene la vida de pacientes con insuficiencia renal avanzada. Sin embargo, el tratamiento impone horarios rígidos, restricciones alimentarias, control de líquidos y cuidados médicos permanentes que atraviesan el trabajo, los viajes, la actividad física y los proyectos familiares.
El caso de Eliana, la paciente en hemodiálisis que cursa un embarazo de seis meses en Posadas, expuso una realidad poco visible: para una persona con insuficiencia renal avanzada, la diálisis no solo ocupa varias horas por semana. También condiciona decisiones cotidianas que para otras personas pueden resultar simples, desde tomar agua libremente hasta organizar un viaje, sostener un empleo con horarios fijos o planificar un embarazo.
La hemodiálisis reemplaza parte de las funciones que los riñones ya no pueden cumplir: elimina desechos y exceso de líquidos de la sangre y ayuda a regular minerales y presión arterial. Pero no reproduce de manera completa el funcionamiento de un riñón sano, por lo que el tratamiento debe complementarse con controles clínicos, medicación y una dieta individualizada.
El agua no siempre se puede tomar sin límites
Una de las restricciones más frecuentes para quienes hacen hemodiálisis es el consumo de líquidos. La cantidad permitida depende de cuánto orine todavía la persona, de su peso entre sesiones, de su presión arterial y de las indicaciones del equipo médico.
No se trata solo de agua: también cuentan infusiones, jugos, gaseosas, sopas, helados, gelatinas y frutas con alto contenido líquido. Cuando se acumula demasiado líquido entre sesiones puede aumentar el riesgo de hinchazón, falta de aire, presión alta y sobrecarga cardíaca. Durante la diálisis, además, retirar demasiado volumen de una sola vez puede provocar calambres, baja presión o malestar.
La comida debe adaptarse a los análisis
La alimentación de una persona en diálisis no puede manejarse con recetas universales. El esquema cambia según el tipo de diálisis, los resultados de laboratorio, el peso, la masa muscular, la presión arterial y otras enfermedades asociadas.
En hemodiálisis, suele ser necesario controlar el sodio, el fósforo y el potasio. Esto puede implicar limitar alimentos ultraprocesados, embutidos, productos con exceso de sal, algunas bebidas cola, lácteos y comidas con aditivos fosfatados. En determinados casos también se regulan porciones de alimentos ricos en potasio, como ciertas frutas, verduras, jugos y frutos secos.
A la vez, muchas personas en diálisis necesitan una ingesta adecuada de proteínas porque el tratamiento puede producir pérdidas nutricionales. Por eso, la dieta renal no equivale simplemente a “comer menos”: requiere seguimiento profesional para evitar desnutrición y, al mismo tiempo, controlar minerales y líquidos.
No pueden faltar a las sesiones sin riesgo
Para una persona en hemodiálisis, los días y horarios del tratamiento suelen organizar toda la semana. Faltar o acortar sesiones sin indicación médica aumenta el riesgo de acumulación de líquido, toxinas y alteraciones de electrolitos que pueden ser graves.
Además, muchas personas pueden experimentar cansancio, debilidad o sensación de agotamiento durante varias horas después de la sesión. NIDDK señala que la hemodiálisis tradicional puede dejar menos margen de libertad en los días de tratamiento y generar fatiga posterior, lo que impacta en la rutina laboral, familiar y social.
Trabajar, estudiar o viajar exige planificación
La diálisis no impide necesariamente trabajar o estudiar, pero obliga a compatibilizar las obligaciones con un cronograma terapéutico fijo. En tratamientos convencionales, cada sesión puede durar varias horas y repetirse tres o más veces por semana. A eso se suman los traslados, estudios, consultas y posibles días de malestar.
Los viajes también requieren previsión. Antes de salir de la ciudad, la persona debe coordinar un centro de diálisis en destino, confirmar disponibilidad de turnos, llevar su información médica y asegurar la continuidad de la medicación. No es una imposibilidad, pero sí una logística que debe resolverse antes de viajar.
La actividad física es posible, pero no cualquier esfuerzo
La enfermedad renal y la diálisis pueden afectar la fuerza muscular, la tolerancia al esfuerzo y la recuperación. Por eso, no todos los ejercicios ni todas las intensidades son recomendables para cada paciente.
La actividad física suele poder realizarse con indicación médica y adaptación, pero debe contemplar la presión arterial, la anemia, la salud cardiovascular, el estado nutricional, el acceso vascular y la presencia de otras enfermedades. Los deportes de contacto, golpes sobre una fístula o esfuerzos sin supervisión pueden requerir restricciones específicas.
Los medicamentos no se pueden tomar por cuenta propia
Las personas en diálisis suelen recibir varios medicamentos: antihipertensivos, quelantes del fósforo, suplementos vitamínicos, eritropoyetina, hierro y otros tratamientos según la causa de su enfermedad renal.
Por eso, automedicarse con analgésicos, antiinflamatorios, suplementos “naturales” o productos de venta libre puede ser riesgoso. Algunos fármacos pueden modificar la presión, elevar el potasio, interferir con otros tratamientos o generar efectos adversos porque el riñón no los elimina de la misma manera.
El embarazo requiere una evaluación especial
El embarazo no es imposible en una paciente en diálisis, pero sí es menos frecuente y debe considerarse de alto riesgo. La enfermedad renal avanzada puede alterar los ciclos menstruales y la ovulación, mientras que la gestación puede aumentar los riesgos para la madre y el bebé.
Las guías y reportes especializados indican que un embarazo puede ser posible incluso en pacientes con diálisis, pero requiere planificación, control obstétrico de alto riesgo y seguimiento multidisciplinario de la función renal, la presión arterial y el estado nutricional.
El caso de Eliana muestra precisamente esa complejidad: no se trata de que una persona en diálisis no pueda tener proyectos, trabajar, viajar, hacer actividad física o formar una familia. El punto es que cada una de esas decisiones debe organizarse alrededor de un tratamiento que no admite improvisaciones y de controles médicos permanentes.

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