Reflexión del Pastor David Decena: «Dos dimensiones de la santidad»

El Pastor David Decena expresó que debemos entender que la santidad, en lo que la Biblia revela de Dios, es la cualidad más esencial de Su naturaleza, y cualquier cosa que resulta santa, es a causa de su proximidad al Dios Santo, por eso, cuando hablamos de “santidad”, vemos dos dimensiones claves que nos acercan al Padre, veamos lo que dice la Palabra de Dios.

“Cuando Salomón terminó de construir el Templo del Señor y el palacio real, cumpliendo así todos sus propósitos y deseos, el Señor se le apareció por segunda vez, (…) le dijo: He escuchado tu oración y la súplica que me has hecho. Consagro este templo que tú has construido para que yo ponga mi Nombre en él por siempre. Mis ojos y mi corazón siempre estarán allí.” (1 Reyes 9:1-3)

El Señor tomó el templo que David soñó, y que su hijo Salomón construyó, y lo “consagró” para sí; o sea, lo “santificó” para sí. Transformó un edificio ordinario en un lugar en el que Su presencia habita.

Así también nosotros debemos consagrarnos a Jesús, como propiedad exclusiva Suya para que nuestro Señor Jesucristo haga de nosotros un lugar de habitación para Su Espíritu. Porque es a causa de la santidad, que podemos ver a Dios y sostener una relación con Él sin barreras (Hebreos 12:14).

Debemos entender que la santidad, en lo que la Biblia revela de Dios, es la cualidad más esencial de Su naturaleza, y cualquier cosa que resulta santa, es a causa de su proximidad al Dios Santo, por eso, cuando hablamos de “santidad”, vemos dos dimensiones claves que nos acercan al Padre.

En este marco, el Pastor David Decena detalló:

1. Fuimos apartados para Él.

Una de las principales asociaciones del original del hebreo, que se usa para santidad, es “separación”. Significa que, más que perfección, en primera instancia lo importante es ser apartados para el Señor. Apartados de lo que antes nos tenía presos del enemigo.

“En otro tiempo ustedes estaban muertos en sus transgresiones y pecados, en los cuales andaban conforme a los poderes de este mundo. Se conducían según el que gobierna los aires, según el espíritu que ahora ejerce su poder en los que viven en la desobediencia. (…) Como los demás, éramos por naturaleza merecedores de la ira de Dios.” (Efesios 2:1-3).

Es importante darnos cuenta que el deseo más grande del Señor es que seamos consagrados para Él, separados como Su propiedad exclusiva. Ser propiedad de Dios significa que nuestra vida ya no está al servicio del señor de este mundo, Satanás, quien a través del pecado nos tuvo atados a las tinieblas por muchos años.

Como con el templo de Jerusalén, el Señor mismo nos consagra para Él a través de la sangre de Jesucristo. Cuando uno acepta a Jesús como Señor y Salvador, la obra de la cruz nos santifica.

De repente, pasamos a ser “templo del Espíritu Santo” (1 Corintios 3:16). El mismo apóstol Pablo afirma que ya no somos nuestros “propios dueños” (1 Corintios 6:19), porque ahora le pertenecemos a Él.

No podemos comprender cómo vivir una vida santa sino comprendemos primero esta dimensión: somos pertenencia del Señor, apartados para Él, y santificados por lo que Cristo Jesús hizo en la cruz, derramando Su sangre.

Esto mismo hace que la santidad sea parte inherente de nuestra identidad. El Señor nos escogió “desde antes de la fundación del mundo” para vivir “en santidad y sin mancha delante de Él” (Efesios 1:4), somos SANTOS a causa de una elección divina. Él nos escogió, nos apartó, nos consagró, y nos permitió ser partícipes de Su naturaleza.

 

2. Perfeccionados en Él

“Pues mediante esa única ofrenda, él perfeccionó para siempre a los que está haciendo santos” (Hebreos 10:14).

Una cosa es que la santidad sea parte intrínseca de nuestra identidad como hijos de Dios, y discípulos de Jesús; esto significa que desde el minuto cero de nuestro nuevo nacimiento en Cristo, al estar en Él, estamos parados correctamente delante de Dios. Pero, otra cosa es que eso se materialice en una transformación ética de nuestra vida. La clave para el perfeccionamiento de nuestra vida, el cambio de estilo de vida, y todo lo demás, es sostener y profundizar este vínculo con Jesús que nos permite acceder a Su gracia.

La ofrenda del sacrificio de Jesús fue el medio por el que nos perfeccionó, pero también a través del cual Su gracia sigue trabajando en nosotros, santificándonos. Ser perfeccionados es más una consecuencia de permanecer en Cristo, que de nuestra voluntad de ser mejores. Si no es por la obra de Cristo, no podemos ser perfeccionados. No hay forma de ser mejores por nuestros propios medios, pero mediante nuestro Señor no hay pecado que no podamos vencer, ni habito nocivo que no podamos cambiar.

Romanos 6:5-14 tiene una increíble profundidad para entender las dos dimensiones que operan en la santificación de nuestras vidas. Por un lado, y haciendo referencia al acto del bautismo en aguas, y por otro lado, en contrapartida a la obra de Cristo, nuestro rol.

¿Queremos que la obra de santificación sea completa en nosotros? Permanezcamos en Él. Buscándole, obedeciéndole, haciéndole el centro de nuestra vida. Aún, reconociendo que son Sus méritos los que nos santifican. Es Su gracia, revelada a través de Su sacrificio perfecto, el que hace en nosotros una obra completa.

De esta manera seremos como el templo de Jerusalén, un lugar en el que Dios decidió habitar, porque vió el corazón de quienes lo edificaron, y lo valoró. Pero será responsabilidad nuestra sostener la presencia de Dios habitando en nosotros, en nosotros debe existir una respuesta a Su consagración, que nos sostenga en ese camino de separación como propiedad exclusiva Suya.

“Pero si ustedes o sus hijos dejan de cumplir los mandamientos y estatutos que les he dado, y se apartan de mí para servir y adorar a otros dioses, yo arrancaré a Israel de la tierra que le he dado y repudiaré el templo que he consagrado en honor de mi Nombre. (…) Porque abandonaron al Señor su Dios, (…) Por eso el Señor ha dejado que les sobrevenga tanto desastre”. (1 Reyes 9:6-9)

La santidad que tenemos es fruto de nuestra determinación de permanecer en adoración y sumisión al Dios santo que nos escogió, y que nos santifica. Cuidemos la relación con nuestro Padre; aun cuidemos la salvación que el Señor nos otorgó, con temor y con temblor.

Que Dios te bendiga, te guarde de todo mal y tengas una semana de completa victoria!

Pastor David Decena

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