Por la Lic. Florencia Scromeda, estudiante de la Maestría CDI-UNR.
Durante buena parte del siglo XX, América Latina intentó responder una pregunta central: ¿por qué la región continuaba ocupando posiciones subordinadas en la economía mundial?
Las respuestas dieron origen a una de las corrientes de pensamiento más influyentes del continente. Economistas y sociólogos señalaron que el desarrollo global no se distribuía de manera equilibrada: mientras algunos países concentraban la industria, la innovación y la capacidad de decisión, otros permanecían relegados al papel de proveedores de recursos y mano de obra.
Décadas después, la revolución digital parece haber reformulado aquel debate sin resolverlo. Los recursos cambiaron, pero las asimetrías persisten.
Hoy la riqueza no se genera únicamente a partir de materias primas. Los datos, los algoritmos, la infraestructura digital y la inteligencia artificial se han convertido en activos estratégicos de la economía global. Sin embargo, la pregunta de fondo sigue siendo la misma: ¿quién controla los recursos que generan valor?
La investigadora argentina Cecilia Rikap propone analizar a la inteligencia artificial no solo como una innovación tecnológica, sino también como una nueva estructura de poder económico basada en la capacidad de recolectar datos, procesarlos y transformarlos en conocimiento.
La narrativa dominante presenta a la IA como una oportunidad abierta para todos. Se multiplican los discursos sobre innovación, talento y economía del conocimiento. Pero detrás de esa promesa emerge una realidad más compleja.
La inteligencia artificial depende de tres recursos fundamentales: datos, algoritmos e infraestructura de procesamiento. Y el control de estos componentes se encuentra altamente concentrado.
Las grandes plataformas tecnológicas administran centros de datos, poseen capacidades de cómputo difíciles de replicar y desarrollan los modelos más avanzados de inteligencia artificial. A medida que más personas utilizan sus servicios, reciben nuevos datos, mejoran sus sistemas y refuerzan su posición dominante.
Esta dinámica recuerda lo que Manuel Castells describió como una sociedad red, donde el poder se organiza alrededor de los flujos globales de información. En ese contexto, tan importante como producir conocimiento es controlar las infraestructuras que permiten generarlo y distribuirlo.
Por eso la discusión sobre inteligencia artificial no debería limitarse a la formación de programadores o al crecimiento de startups. El interrogante central es quién captura el valor producido por la economía digital.
La situación resulta especialmente desafiante para América Latina. La región produce talento, genera datos y participa activamente del ecosistema digital global. Sin embargo, gran parte de la infraestructura crítica y de las principales plataformas permanece bajo control de corporaciones extranjeras.
Martín Becerra ha señalado que la concentración constituye una característica histórica de los sistemas de comunicación. La economía digital no modificó esa tendencia; en muchos casos la profundizó. Las plataformas globales acumulan capacidades económicas, tecnológicas e informacionales sin precedentes.
Como resultado, millones de usuarios participan diariamente de una economía cuyos principales mecanismos de generación y captura de valor se encuentran fuera de sus países.
La dependencia ya no viaja únicamente en barcos cargados de materias primas. Circula por cables submarinos, plataformas digitales y centros de datos distribuidos estratégicamente alrededor del mundo. También se expresa en algoritmos capaces de organizar una parte creciente de la actividad económica y social.
Esto no significa que América Latina esté condenada a ocupar un lugar periférico. Significa que la discusión sobre desarrollo necesita actualizarse.
La soberanía en el siglo XXI ya no depende solamente del control de los recursos naturales o de la capacidad industrial. También involucra la producción de conocimiento, la construcción de infraestructura tecnológica y la posibilidad de participar en condiciones más equitativas de los procesos de innovación.
La inteligencia artificial es una de las tecnologías más transformadoras de nuestro tiempo. Pero, como ocurrió en otras revoluciones tecnológicas, sus beneficios tenderán a concentrarse allí donde se encuentran los recursos estratégicos y la capacidad de controlarlos.
Quizás por eso el debate más importante no sea si América Latina participa de la revolución digital, sino desde qué lugar lo hace. Porque en el siglo XXI, la dependencia también puede escribirse en código.
Las reflexiones desarrolladas en esta columna forman parte de una investigación de maestría sobre el impacto de la inteligencia artificial en la producción de noticias en medios digitales argentinos.




