De estar rodeados por los nazis a marchar sobre Berlín: se cumplen 81 años de la victoria soviética contra Alemania en la Segunda Guerra Mundial

Este sábado se cumplen 81 años de uno de los hitos más trascendentales de la historia moderna: la consolidación de la victoria de la Unión Soviética sobre la Alemania nazi.

Lo que comenzó como la mayor invasión terrestre de la humanidad, con el objetivo de aniquilar al pueblo eslavo, al que los nazis se referían como “inferiores”, terminó con el Ejército Rojo izando su bandera sobre las ruinas de Berlín, marcando un antes y un después en el destino de Europa y el mundo.

El 22 de junio de 1941, la Alemania nazi rompió el pacto de no agresión que firmó con la Unión Soviética para ganar tiempo e inició la Operación Barbarroja.

Hitler, convencido de que la Unión Soviética era un “edificio podrido” que se derrumbaría al primer golpe, desplegó una fuerza descomunal de 4 millones de soldados, miles de tanques y aviones en un frente que se extendía por miles de kilómetros.

El objetivo era una victoria militar aplastante, que incluía el eventual exterminio de lo que el nazismo denominaba el “judeo-bolchevismo” y la conquista del Lebensraum (espacio vital) en el este, para reducir a los pueblos eslavos a la servidumbre o eliminarlos por completo.

Hitler, un acérrimo anticomunista, asociaba a la ideología de la Unión Soviética con la de los “Untermenschen”, una “raza inferior” que era asociada con lo bárbaro y lo salvaje. La Alemania de la Segunda Guerra Mundial pensaba, por lo tanto, que la derrota estaba cantada.

Cuando los nazis parecían estar ganando

En los primeros meses, la catástrofe para el Ejército Rojo fue casi total, puesto que los nazis se adentraron en territorio soviético por sorpresa, tras meses de lo que Stalin creyó eran meras provocaciones.

Una vez en el territorio, los nazis desplegaron tácticas de la Blitzkrieg (o guerra relámpago), una estrategia caracterizada por la velocidad, la sorpresa y la fuerza concentrada.

Éstas permitieron a los alemanes rodear y capturar a millones de soldados soviéticos en maniobras de embolsamiento masivas, como las de Minsk y Kiev. Los soldados rodeados fueron convertidos a prisioneros de guerra que enfrentaron condiciones infrahumanas en campos donde el hambre y el frío segaron la vida de más de 3 millones de personas.

Mientras tanto, en ciudades como Leningrado (actual San Petersburgo), se iniciaba un sitio que duraría casi 900 días y costaría la vida a un millón de civiles por inanición. Según Hitler, “no valía la pena conservar las vidas” de quienes consideraba parte de una raza e ideología inferior y salvaje.

Cambio de aires

Sin embargo, el avance nazi comenzó a ralentizarse por una combinación de factores logísticos y climáticos. El otoño trajo la rasputitsa, un fenómeno de lluvias que transformó los caminos en lodazales intransitables para los vehículos alemanes.

Para octubre de 1941, uno de los grupos de ejército nazi estaba a las puertas de Moscú. Todo parecía perdido y muchos oficiales del Partido Comunista bolchevique incluso comenzaron a dar por descartada una caída del comunismo. Pero tras una orden de Stalin, el Ejército Rojo se postró en la capital y decidió resistir. El pánico inicial en la capital fue reemplazado por una determinación férrea.

Stalin decidió permanecer en la ciudad y, en un acto de alto impacto moral, presidió el desfile militar del 7 de noviembre en la Plaza Roja, conmemorando un nuevo aniversario de la Revolución de Octubre y enviando a las tropas directamente desde el desfile al frente de batalla.

La Unión Soviética ejecutó una proeza logística al evacuar más de 1.500 fábricas hacia los Montes Urales, lejos del alcance nazi. Esta movilización permitió producir masivamente el tanque T-34, un blindado superior en movilidad y diseño que superó a los Panzer alemanes en el terreno embarrado y nevado.

Además, gracias a los informes del espía Richard Sorge, quien confirmó que Japón no atacaría desde el este, Stalin pudo trasladar divisiones de refresco desde Siberia, compuestas por soldados curtidos y perfectamente equipados para el invierno extremo.

La victoria soviética

El 5 de diciembre de 1941 marcó el punto de inflexión definitivo con la contraofensiva en Moscú. Bajo el mando del mariscal Gueorgui Zhúkov, las fuerzas soviéticas, apoyadas por lanzacohetes Katyusha y tropas de montaña con esquíes, golpearon a una Wehrmacht (el nombre de las fuerzas armadas unificadas nazis) agotada y sin equipo de invierno.

Los alemanes, cuyas ametralladoras se congelaban y cuyos soldados morían por gangrena y falta de suministros, se vieron obligados a retroceder por primera vez en la guerra.

Esta primera gran victoria en las puertas de la capital destruyó el mito de la invencibilidad nazi y transformó la campaña relámpago en una guerra de desgaste que Alemania no podía ganar.

A partir de allí, el Ejército Rojo comenzó un largo y sangriento avance que pasaría por Stalingrado y Kursk, liberando territorios ocupados y campos de exterminio, hasta llegar finalmente al corazón de Berlín en mayo de 1945, provocando la caída del imperio nazi y, entre otras cosas, la muerte de un Adolf Hitler que tan solo semanas antes sonreía seguro de una victoria total.

Hoy, a 81 años de aquel triunfo, la historia recuerda el sacrificio de millones que pasaron de estar rodeados por el horror a marchar triunfantes hacia la paz.

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