- Por Ana Campuzano, Licenciada en Comunicación Social
Narrar nunca fue solamente comunicar, fue, ante todo, una forma de construir sentido, memoria y comunidad. Sin embargo, en la era de la comunicación digital esta práctica adquirió una nueva dimensión. Los relatos ya no permanecen contenidos en un único soporte ni siguen recorridos previsibles: se expanden a través de múltiples lenguajes, se resignifican en cada plataforma y cobran vida en audiencias activas que participan de su circulación, apropiación y transformación.
Durante gran parte del siglo XX, la lógica narrativa respondió a una estructura relativamente estable: un emisor producía un mensaje, un medio lo distribuía y una audiencia lo recibía. El recorrido parecía claro, previsible y, sobre todo, controlado por quien emitía el contenido. Pero la irrupción del ecosistema digital desarticuló esa arquitectura comunicacional y dio paso a una manera de narrar más compleja, dinámica y participativa.
En este nuevo entorno, las historias dejaron de estar contenidas en un único soporte. Ya no se limitan a ser consumidas: circulan, se transforman, se resignifican y se expanden a través de lenguajes, formatos y plataformas diversas. Narrar ya no consiste únicamente en transmitir información, implica diseñar experiencias, habilitar múltiples puertas de entrada al relato y construir universos narrativos capaces de generar conexión emocional, conversación y permanencia en el tiempo.
En este contexto, el teórico Henry Jenkins define la narrativa transmedia como un proceso en el cual “elementos integrales de una ficción se distribuyen sistemáticamente a través de múltiples canales de difusión con el propósito de crear una experiencia unificada y coordinada”. Asimismo, sostiene que “cada medio realiza su propia contribución única al desarrollo de la historia”, subrayando que cada soporte debe aportar una dimensión singular al universo narrativo, en lugar de limitarse a replicar el mismo contenido en distintos formatos.
Esta perspectiva permite comprender una de las transformaciones más significativas de la comunicación contemporánea: ya no se trata de adaptar un mismo mensaje para diferentes medios, sino de concebir relatos expansivos, donde cada plataforma suma una nueva capa de sentido, amplía el universo narrativo y enriquece la experiencia global.
Pero más allá de su dimensión técnica o estratégica, lo verdaderamente revelador de este fenómeno es lo que expone sobre la cultura actual. Las personas ya no consumen historias como productos cerrados, las habitan, las comentan, las reinterpretan y, muchas veces, las incorporan a la construcción de su propia identidad. Un relato exitoso hoy no es necesariamente el que más informa, sino aquel que logra involucrar emocionalmente, abrir conversaciones y generar participación genuina.
En esa misma línea, el investigador Carlos Scolari amplía el concepto al señalar que las narrativas transmedia “se expanden a través de diferentes sistemas de significación y medios”, articulando lenguajes verbales, audiovisuales, interactivos y simbólicos dentro de una misma constelación narrativa. Su aporte resulta especialmente valioso porque incorpora la figura del prosumidor: ese sujeto híbrido que consume, produce, resignifica y redistribuye contenidos de manera simultánea. Esta noción transforma profundamente la idea tradicional de audiencia: el receptor deja de ser un espectador pasivo para convertirse en actor cultural.
Aquí radica uno de los cambios más profundos de nuestra época. La historia ya no pertenece exclusivamente a quien la crea; pasa a convertirse en un territorio compartido, dinámico y socialmente intervenido, donde la audiencia no sólo interpreta, sino que también produce sentido. Cada comentario, cada reel, cada reseña, cada video de reacción o cada publicación compartida agrega una nueva capa narrativa. Lo que antes era recepción, hoy es circulación, apropiación y resignificación constante. La comunicación dejó de ser vertical para volverse conversacional, colectiva y expandida.
Este fenómeno puede observarse con claridad en múltiples ámbitos. En el entretenimiento, un universo narrativo puede comenzar en una película, continuar en una serie, expandirse en podcasts, fortalecerse en comunidades digitales y adquirir nuevas interpretaciones a través de contenidos creados por usuarios. Pero el alcance de esta lógica excede ampliamente la ficción. También se manifiesta en campañas sociales, en la comunicación institucional, en la construcción de marcas y en el turismo, donde muchas experiencias comienzan mucho antes de concretarse físicamente.
Hoy, un video breve en TikTok puede despertar curiosidad; una secuencia visual en Instagram construir deseo; un contenido audiovisual en YouTube profundizar una historia; y finalmente son los propios usuarios quienes consolidan imaginarios colectivos a partir de sus experiencias compartidas. En ese recorrido, la narrativa deja de ser una emisión cerrada para convertirse en un ecosistema vivo, abierto a nuevas interpretaciones y constantemente enriquecido por la participación social.
En diálogo con este escenario, el especialista Roberto Igarza advierte que vivimos en una cultura de conectividad permanente, atravesada por consumos móviles, fragmentados e intermitentes. Esta observación resulta clave para comprender a las audiencias contemporáneas: públicos heterogéneos, dispersos, multitarea y profundamente segmentados, que alternan entre múltiples pantallas y administran su atención de manera fragmentaria. Se mira una serie mientras se revisan redes sociales; se escucha un podcast mientras se trabaja; se consume contenido mientras se interactúa simultáneamente en otras plataformas. La atención se volvió breve, fluctuante y selectiva.
Frente a este panorama, el gran desafío de la comunicación actual ya no consiste solamente en producir buenos contenidos, sino en construir relatos capaces de conectar significativamente con audiencias cada vez más dispersas, exigentes y saturadas de estímulos. En un entorno donde todo compite por atención, lo que verdaderamente permanece no siempre es el mensaje más visible, sino aquel que logra generar identificación, despertar emoción, abrir conversación y transformarse en experiencia compartida.
En definitiva, contar historias en la era digital exige repensar la comunicación como una experiencia expandida, participativa y colectiva. Ya no se trata de emitir mensajes hacia receptores pasivos, sino de construir ecosistemas narrativos abiertos, donde convergen múltiples plataformas, comunidades activas, emociones compartidas y procesos permanentes de resignificación.
- Lic. Licenciada en Comunicación Social, Docente, Especialista en Comunicación Digital. Gerente de Contenidos de Misiones Online








