Misiones frente a su encrucijada energética: celebrar el “No” mientras el desarrollo pasa de largo

Mientras Paraguay y Brasil avanzan apoyados en el aprovechamiento inteligente de sus recursos naturales, en Misiones asistimos a una escena que interpela: organizaciones que vuelven a movilizarse para celebrar el triunfo histórico del “No a las represas”.

Pero lo que para algunos es motivo de festejo, para la provincia tiene un costo cada vez más evidente.

Porque mientras de este lado se reivindica el rechazo, del otro lado del río el desarrollo avanza. Paraguay consolida su infraestructura energética y se proyecta como nodo regional. Brasil opera un sistema hidroeléctrico integrado que le da estabilidad, competitividad y escala productiva.

Misiones, en cambio, sigue atrapada en una discusión que no logra salir de los años ’90.

La paradoja es difícil de ignorar. El río Paraná, en territorio brasileño, cuenta con más de 50 represas en operación, entre las que se destaca la mega central de Itaipú Binacional, una de las mayores generadoras de energía del mundo, ubicada prácticamente a metros de Misiones. El Iguazú, por su parte, suma al menos 7 aprovechamientos hidroeléctricos. Son los mismos ríos, el mismo recurso, pero con decisiones completamente distintas.

Aquí, en cambio, ese potencial se transforma en un límite, aun cuando se trata de un río cuyo caudal está ampliamente regulado tanto arriba como abajo de Misiones, y que ha demostrado a lo largo de décadas, una alta resiliencia operativa y ambiental frente a este tipo de infraestructuras.

A casi 30 años del plebiscito de 1996, el “No” sigue funcionando como una consigna simple, eficaz desde lo político, pero insuficiente como estrategia de desarrollo. Decir “no” es sencillo. Construir una alternativa real, sostenible y escalable, no lo es.

La Mesa No a las Represas celebra 30 años del plebiscito que rechazó la construcción de la central de Corpus

Y en ese vacío es donde aparece la verdadera encrucijada de Misiones.

Porque la provincia necesita crecer. Necesita generar empleo, retener talento, construir infraestructura y sostener una economía dinámica. Sin embargo, muchas veces se pretende que ese desarrollo ocurra de forma casi mágica, sin asumir los costos, las decisiones y las herramientas que implica.

La contradicción es evidente: se demanda energía, se utiliza tecnología, se exige competitividad… pero se rechazan las fuentes que pueden garantizarla de manera estable y con baja emisión de carbono.

Porque hay algo que no se puede eludir: cuando no hay hidroelectricidad, la alternativa suele ser la generación térmica. Y su huella de carbono es significativamente mayor.

Pensar que una provincia como Misiones puede sostener su desarrollo exclusivamente con biomasa o soluciones parciales no es una política energética: es una apuesta limitada frente a un desafío estructural.

Mientras tanto, la realidad social empieza a mostrar señales claras. Cada vez más jóvenes cruzan a Brasil en busca de oportunidades laborales que no encuentran en su propia provincia. Vastas muestras de producción académica y científica ha dado la provincia. En Misiones, formamos talentos, solo para verlos emigrar, dado que el desarrollo ocurre en otro lado.

Ese es, quizás, el dato más contundente.

No se trata de negar la historia ni de desconocer el peso simbólico del plebiscito del 96. Pero sí de asumir que el contexto cambió. Que las tecnologías evolucionaron. Que las exigencias ambientales son otras. Y que el mundo —y la región— avanzaron.

Hoy el debate no puede seguir siendo “represas sí o no”. Tiene que ser cómo se utilizan los recursos de manera responsable, con controles, con participación social y con beneficios concretos para la población.

En ese marco, también resulta necesario empezar a mirar con seriedad las oportunidades concretas que ofrece el propio río en territorio misionero.

Existen alternativas de aprovechamiento hidroeléctrico concebidas bajo estándares actuales, con diseños más eficientes, menores impactos y esquemas de gestión ambiental mucho más exigentes que los de décadas pasadas. Pensarlas no como una imposición, sino como una posibilidad de desarrollo integrada —con obras asociadas, generación de empleo, infraestructura y beneficios directos para la provincia— es parte de una discusión madura que Misiones ya no puede seguir postergando.

Porque lo que está en juego no es una obra. Es el modelo de desarrollo de la provincia.

Misiones fue dotada de recursos que sus vecinos han sabido transformar en crecimiento. Lo que en Brasil y Paraguay es política de Estado, aquí sigue siendo motivo de conflicto.

Y en esa tensión se juega algo más profundo que una discusión energética: se juega la posibilidad de dejar de subsistir para empezar a desarrollarse.

El “No” fue una decisión en un momento determinado de la historia. Convertirlo en una posición permanente, sin revisar el contexto, puede terminar siendo una condena.

La pregunta, entonces, ya no es si el pasado fue correcto o no.

La pregunta es si Misiones está dispuesta a discutir su futuro.

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