En Semana Santa, los estanques se convierten en escenario de un ritual colectivo. Producción artesanal, vecinos que se acercan y una práctica que crece como alternativa económica en la región.
En la chacra, la Semana Santa no se mide solo en días, sino en momentos. Uno de ellos llega cuando las redes empiezan a estirarse sobre el agua y los estanques se llenan de movimiento. No es pesca, es cosecha. Y en ese gesto —repetido año tras año— se condensa una forma de vivir, de trabajar y de sostener una tradición.
Antonio Dutczyn lo sabe bien. Hace más de 14 años que cría peces y cada Semana Santa marca el tiempo de recoger lo que se sembró con paciencia. “Nosotros cosechamos una vez por año, siempre para estas fechas”, cuenta. Pero lo suyo no es apuro ni volumen: es cuidado. Carpas y pacúes crecen durante años, con alimentación controlada y atención diaria. “Antes de los tres años no sacamos, porque no sirve”, explica, convencido de que la calidad no se negocia.
Alrededor del estanque, la escena se vuelve colectiva. Llegan vecinos de distintos puntos, algunos conocidos, otros no tanto, pero todos con el mismo objetivo: ayudar. Tirar las redes no es tarea sencilla, requiere fuerza, coordinación y experiencia. Sin embargo, lo que se construye va más allá del trabajo. Hay un almuerzo compartido, hay historias que se cruzan, hay manos que saben y enseñan. “Siempre viene gente, y siempre tratamos de atender bien”, dice Antonio, reconociendo ese ida y vuelta que se repite cada año.

El esfuerzo no termina cuando baja el sol. La cría de peces exige vigilancia constante: hay que cuidar de los depredadores, controlar el agua y sostener una rutina que no da tregua. “Hay que levantarse a cualquier hora si hace falta”, asegura. Aun así, elige este camino. Porque en cada cosecha no solo hay producción, sino también orgullo. El kilo se vende alrededor de los 10 mil pesos, en distintos tamaños, como una forma de recuperar lo invertido y seguir apostando.
En ese equilibrio entre esfuerzo y resultado, Dutczyn sostiene una idea simple pero firme: “Más vale tener menos, pero calidad”. Una filosofía que atraviesa su trabajo y que se refleja en cada pez que sale del estanque y llega a la mesa.

Una producción que se consolida y busca crecer más allá de la fecha
Para la intendenta de Apóstoles, María Eugenia Safrán, esta práctica representa mucho más que una tradición de Semana Santa. “Es un atractivo turístico importante, porque viene gente de distintos lugares a ver algo que no es común, pero también es una manera de mostrar el potencial productivo que tiene la zona”, señaló.
En esa línea, remarcó el crecimiento de la piscicultura como alternativa para los productores locales. Actualmente, la cuenca reúne a cerca de 30 emprendimientos que trabajan con estanques, en un proceso que se viene acompañando desde el municipio con asistencia y fortalecimiento del sector.
Uno de los avances más relevantes es la instalación de una sala de faena fija en Apóstoles, pensada para dar el salto hacia una comercialización más sostenida. “El objetivo es que el pescado no sea solo de Semana Santa, sino que se pueda conseguir durante todo el año”, explicó Safrán, destacando la importancia de generar volumen y consolidar el mercado.
Además, adelantó que se trabaja en la habilitación del espacio y en su próxima inauguración, al tiempo que se proyectan nuevas instancias de promoción como la Fiesta del Pescado de Cultivo. “Es una forma de visibilizar lo que se produce en nuestras chacras y de seguir incentivando el consumo”, concluyó.

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