Autismo en aumento | Psiquiatra advierte sobre el impacto de las pantallas y el ritmo social: “El desarrollo infantil necesita tiempo y lentitud”

El psiquiatra infantojuvenil Christian Plebst analizó el incremento de diagnósticos de autismo. Descartó una causa única y lo vinculó con una combinación de factores genéticos y ambientales, como el estrés y la exposición temprana a estímulos digitales que alteran procesos clave del desarrollo temprano.

El diagnóstico de Trastorno del Espectro Autista (TEA) aumentó de forma exponencial en las últimas dos décadas, con cifras que varían entre un 300% y un 1000%. Ante este escenario, el psiquiatra infantojuvenil Christian Plebst propuso un análisis que trasciende la dicotomía entre un aumento real de casos y un sobrediagnóstico. Para el especialista, el fenómeno responde a una compleja interacción de factores que incluyen desde la genética hasta el vertiginoso contexto social actual.

Plebst explicó que la búsqueda de una causa única, como un “gen del autismo”, quedó obsoleta. En cambio, señaló que la ciencia ahora reconoce una multiplicidad de variables genéticas y ambientales que interactúan. Sostuvo que el entorno actual, con su ritmo acelerado y la simplificación de las categorías diagnósticas, juega un rol fundamental en cómo se manifiesta y detecta el autismo.

El psiquiatra desestimó las explicaciones simplistas y advirtió sobre los riesgos de los diagnósticos protocolizados que pierden profundidad clínica. “Durante décadas se buscaron causas únicas, incluso genes específicos. Hoy sabemos que hay más de 300 genes asociados, pero también factores ambientales que pueden influir. No existe un único mecanismo. Hay una mejora en la detección, sin duda. Pero también vivimos en una era de simplificación diagnóstica. Las clasificaciones ayudan, pero cuando todo se vuelve rápido y protocolizado, se pierde profundidad clínica. Además, el entorno cambió drásticamente. No es sólo genética. Hay factores de estrés ambiental, exposición a toxinas, estilos de vida acelerados. Todo eso interactúa. No hay una causa única, hay combinaciones de factores de riesgo y de protección”, afirmó.

Un llamado social a frenar

Para el especialista, el desarrollo en los primeros años de vida se organiza a través del vínculo con los adultos, en un proceso que denominó de autorregulación y corregulación. Según su perspectiva, el bebé necesita la presencia atenta y disponible de sus cuidadores para organizar su sistema nervioso y construir las bases de la reciprocidad social. Este proceso requiere tiempo, algo que escasea en la sociedad moderna.

Plebst consideró que el aumento de los casos de autismo funciona como un llamado de atención sobre el ritmo de vida actual. “Vivimos en un tren que va a mil por hora. Y el desarrollo infantil necesita tiempo, lentitud, disponibilidad emocional. La empatía no es sólo sentir al otro; es que el otro se sienta sentido. Cuando los adultos estamos hiperestimululados, fragmentados, distraídos, eso impacta en la calidad del vínculo. No hablo de culpa, hablo de contexto. La presencia requiere bajar cambios. El cerebro del bebé, en los primeros tres años, forma millones de conexiones por segundo. Es un período de máxima plasticidad. Esa expansión necesita interacción real, ida y vuelta, sincronía”, puntualizó.

El rol de las pantallas

Uno de los factores ambientales más disruptivos, según Plebst, es la exposición temprana a las pantallas. Planteó que, si bien el término “autismo virtual” todavía genera debate, la evidencia clínica muestra que los dispositivos digitales alteran procesos fundamentales del desarrollo. La pantalla, explicó, ofrece estímulos constantes pero carece de la reciprocidad que un niño necesita para activar sus circuitos sociales.

El psiquiatra detalló el mecanismo a través del cual la tecnología puede interferir en el neurodesarrollo. “La pantalla ofrece sintonía sin sincronía. Envía estímulo, pero no responde a la sonrisa, al gesto, al tono emocional del niño. El bebé necesita reciprocidad. Las neuronas espejo se activan en interacción viva. Además, la pantalla genera descargas intensas de dopamina. Es un placer sin esfuerzo. Pero el desarrollo se basa en desequilibrio, movimiento, logro. Gatear hacia un objeto, frustrarse, intentar de nuevo. Cuando el estímulo es excesivo y no está integrado con el cuerpo, el sistema nervioso puede desregularse. Un niño sobreestimulado puede retraerse o volverse repetitivo como forma de autorregulación”, describió.

Sin embargo, Plebst aclaró que ningún factor aislado causa autismo y que la vulnerabilidad de cada niño es diferente. “Es la conjunción de factores de riesgo y de protección lo que influye en la trayectoria. Hay niños con fuerte base genética que manifestarán síntomas con o sin pantallas. Y hay otros que pueden mostrar rasgos transitorios si el entorno mejora. El desafío es comprender que el entorno puede favorecer conexión o desconexión. Y eso no es culpabilizar, es empoderar”, agregó.

Finalmente, el especialista sostuvo que un diagnóstico de TEA no debe ser visto como un punto final, sino como el comienzo de un camino para comprender las necesidades específicas de cada niño. Enfatizó que más allá de cualquier terapia, lo esencial es la conexión humana. “Un adulto presente. Curioso. Disponible. Creativo. Que no esté obsesionado con aplicar técnicas, sino con conectar. El mejor juguete para un niño es un adulto que juega. Que imita, que responde, que se entusiasma. Podemos tener muchas herramientas terapéuticas, pero si perdemos la presencia, perdemos lo esencial. El autismo no es una sentencia. Es una invitación a mirar el desarrollo con más profundidad. Y, quizás, a repensar como sociedad el ritmo al que vivimos”, concluyó.

 

Fuente: La Nación

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