La idea de un Dios único en el que creían los guaraníes impresionó mucho a los primeros padres evangelizadores de la Compañía de Jesús. Ñamandú era el dios creador y proveedor, quien cuidaba a los integrantes de los pueblos originarios. De ese superior dependían la comida y toda la vida de este pueblo originario.
La “tierra sin mal” nacida de la oración del guaraní a un único dios, impactó en la Europa intelectual. Y ni el propio Voltaire (1694-1778) –seudónimo, filósofo de la ilustración se rindió a la experiencia de las misiones jesuítico-guaraníes.
La República Guaraní, “adquiere la dimensión mítica de la utopía” sintetizó el jesuita Selim Abou. El filósofo Montesquieu destaca “la comunidad de bienes de la República de Platón” y François-René de Chateaubriand, agrega Abou, celebró “esa República cristiana, que parecía un resto de la antigüedad descubierto en el Nuevo Mundo”.
Augusto Roa Bastos indicó que “en la cosmogonía de los antiguos guaraníes, Ñamandú, “Padre-Ultimo-Ultimo-Primero”, forma con las tinieblas primigenias su cuerpo los atributos de su divinidad. Antes de construir su futuro firmamento –dice el Himno Sagrado-, antes de haber concebido su morada terrenal crea su propio cuerpo en medio de los vientos originarios. El Sol aún no existía, pero Ñamandú hizo que le sirviese de Sol la sabiduría contenida dentro de su propia divinidad. Este es el primer acto de creación que se relata en el Génesis guaraní. (lo escribió para la obra Tentación de la utopía. Las misiones jesuíticas del Paraguay de Jean-Paul Duviols y Rubén Bareiro Saguier, Tusquets, Barcelona, 1991.
Voltaire, anticlerical, definió a las reducciones como un triunfo de la humanidad, mientras cuestionaba al imperio español de la inquisición y otras crueldades. Guaraníes que vivían en las reducciones pedían el bautismo cristiano, aunque ninguno estaba obligado a hacerlo.
«El asentamiento en Paraguay, realizado solo por los (jesuitas) españoles, parece, en algunos aspectos, un triunfo de la humanidad. Parece expiar las crueldades de los primeros conquistadores. Los cuáqueros en América del Norte y los jesuitas en América del Sur… le dieron una nueva luz al mundo», dijo quien tenía como nombre verdadero fue François-Marie Arouet (1694–1778).
Ese «triunfo de la humanidad» eran las misiones fundadas por los jesuitas en la extensa zona del Paraná, en el sureste de América, conocidas como «reducciones», que en el castellano de los siglos XVI y XVII significaba «comunidades».
Otra estrella de la Ilustración, el filósofo francés Montesquieu (1689-1755), las definió como «la curación de una de las más terribles heridas infligidas por hombres contra otros hombres». Y, más tarde, el yerno de Karl Marx, Paul Lafargue (1842-1911), las declaró el primer Estado socialista de todos los siglos. (informe de la BBC)
Formados como una milicia, con un “general” como jefe máximo, Ignacio de Loyola, los padres de la Compañía de Jesús seguían un programa estricto. Primero, la inculturación, que les permitió ingresar al universo mítico guaraní, respetando a Ñamandú, el primer creador.
La siguiente creación fue la del lenguaje, en una tercera etapa en que originó a Karaí, el fuego; a Jakairá, la bruma o neblina vivificante; y a Tupá, el agua, la lluvia, el trueno.
En “La conquista espiritual del Paraguay”, Antonio Ruiz de Montoya comprendió de la cosmogonía guaraní, el significado de la Tierra sin Mal, que tanto impactó en el mundo. El italiano Antonio Muratori, filósofo católico, encontraba que las misiones eran como “la primitiva iglesia”.
El núcleo de la religiosidad guaraní era la defensa contra los demonios señores de la selva y de las tormentas. “El más temible de estas deidades era Tupán, señor del rayo”, indicó Jaean Lacouture, en “Jesuitas”.
Así como el cristianismo promete una vida eterna, gloriosa, luego de la muerte, el guaraní lo interpretó como la “tierra sin mal”. La mitología de los guaraníes (Lacouture) los dispuso, o preparó, a recibir la predicación de un Dios único y de un más allá. La idea de “un país sin dolor”.




