¿A qué edad? Tecnología, niñez y el valor de ponernos de acuerdo

Vivimos una tensión que atraviesa a todas las familias y escuelas: por un lado, la economía del conocimiento nos exige formar chicos y chicas con habilidades digitales, pensamiento crítico, creatividad y capacidad de adaptación. Por el otro, cada vez vemos con más claridad el costo emocional de un mundo hiperconectado, especialmente cuando el acceso a pantallas llega antes que la maduración neuropsicológica necesaria para gestionarlas.

Como psicóloga con trayectoria en el ámbito educativo, y a partir de la lectura de La generación ansiosa de Jonathan Haidt, sostengo una postura clara: el acceso a tecnologías y plataformas debe estar regulado y acompañado según cada etapa evolutiva. No para demonizar lo digital, sino para proteger el desarrollo y, al mismo tiempo, garantizar aprendizajes pertinentes para el presente.

En estos días me conmovió un hecho concreto: más de 300 familias decidieron organizarse y firmar un pacto parental para no entregar celulares a sus hijos e hijas hasta los 13 años y postergar el acceso a redes sociales hasta los 16.

Más allá de la cifra, lo valioso es el mensaje: cuando las familias acuerdan, el “todos tienen celular” deja de ser una presión inevitable y se transforma en una elección comunitaria. Y eso es clave desde lo evolutivo: lo que un niño o una niña necesita para crecer sano no siempre coincide con lo que el mercado o la moda empujan.

La pregunta ya no es solo “¿cuándo le doy el celular?”, sino:

¿qué habilidades de autocuidado, criterio y regulación emocional necesita antes de entrar a un ecosistema diseñado para capturar su atención?

La pregunta real es: ¿quién está educando el vínculo con la tecnología: la escuela y la familia… o el algoritmo?

Misiones dio un paso institucional importante al establecer la integración de sistemas de inteligencia artificial en la educación, con un enfoque centrado en el ser humano y en pedagogías innovadoras. Esa ley reconoce algo clave: la innovación educativa debe ir acompañada de seguimiento, revisión, análisis crítico del impacto y regulaciones necesarias, porque se trata de un área sensible donde hay que preservar derechos fundamentales de los educandos.

Además, plantea objetivos compatibles con una mirada de bienestar: integrar IA para mejorar aprendizajes, fortalecer la práctica docente y tomar decisiones basadas en evidencias.

El punto es que innovación sin cuidado se convierte en riesgo. En el entorno digital los riesgos dejaron de ser “posibles” para volverse cotidianos: grooming, sextorsión, exposición de datos, violencia en redes, apuestas online y una presión social permanente por comparación.

El Manual Grooming explica con claridad cómo operan los agresores: engaño, construcción de vínculo, manipulación emocional y, en muchos casos, chantaje.

También enumera señales de alerta que escuela y familia no pueden minimizar: aislamiento, cambios abruptos de ánimo, secretismo con el celular, uso nocturno, descenso del rendimiento.

Si hablamos de bienestar estudiantil, esto es central: la salud mental, se protege con marcos, hábitos, acompañamiento y límites consistentes.

Haidt describe (en síntesis) cómo el aumento del malestar emocional en adolescentes se vincula con cambios culturales y tecnológicos: más tiempo de pantallas, más redes sociales, menos experiencias presenciales, más comparación constante y menos espacios de descanso mental. Desde esa mirada, regular significa:

  • Respetar etapas del desarrollo: no es lo mismo infancia, preadolescencia y adolescencia. La autorregulación se construye.
  • Diferenciar herramienta de plataforma: no es lo mismo usar tecnología para aprender y crear, que habitar redes pensadas para maximizar permanencia.
  • Poner el foco en el propósito: el “¿para qué?” antes que el “¿cuánto?”

Y ahí aparece el desafío que requiere nuestro compromiso: prepararlos para un mundo inmersivo sin entregar su salud mental en el intento.

La ley misionera incorpora una idea valiosa: humanidad aumentada, es decir, IA para potenciar lo humano, no para reemplazarlo.

Y suma un principio decisivo: cuestionamiento crítico para identificar riesgos, mediar y regular cuándo corresponde su uso.

Ese es el corazón de esta columna: no hay economía del conocimiento sostenible sin bienestar emocional.

El pacto de estas familias abre una puerta: no tenemos que discutir esto en soledad.

Propongo que nos hagamos preguntas concretas:

  • ¿Qué edad consideramos adecuada para el primer celular y para qué?
  • ¿Qué condiciones mínimas deberían existir antes de habilitar el uso de redes sociales?
  • ¿Cuál es el rol que asumimos los adultos: control, acompañamiento, formación… o resignación?
  • ¿Cómo garantizamos que haya alfabetización digital real (pensamiento crítico, privacidad, autocuidado, ciudadanía digital) y no solo “uso de apps”?
  • ¿Podemos construir acuerdos por escuela, por barrio, por comunidad, para que ningún chico o chica sienta que queda afuera si en su casa se decide postergar?

Porque regular por etapas no es “ir contra el futuro”. Es exactamente lo contrario: es construir futuro con salud, criterio y autonomía.

La economía del conocimiento necesita jóvenes capaces y tecnológicos. Pero también necesita —urgente— jóvenes con sueño reparador, autoestima, vínculos reales, tolerancia a la frustración y pensamiento crítico. Y eso se enseña, se cuida y se sostiene mejor cuando lo hacemos en comunidad.

 

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