Con el inicio de la Cuaresma, que comenzó este miércoles con la celebración del Miércoles de Ceniza, la Iglesia Católica abre un tiempo litúrgico central de preparación hacia la Pascua. En diálogo con Misiones Online, el sacerdote Alberto Barros, párroco de la iglesia Sagrada Familia de Posadas, explicó el significado profundo de este período, alejado de prácticas meramente externas y centrado en una transformación personal, comunitaria y social.
“La Cuaresma es el inicio de un tiempo de preparación a la Pascua”, señaló Barros, y recordó que la Pascua “es la celebración de la resurrección de Jesús, que para la fe católica es el centro de la experiencia religiosa”. En ese marco, subrayó que la fe cristiana se apoya en la creencia en “un Dios que es vida, que se hizo hombre para dar vida”, retomando una frase del Evangelio: “Yo he venido para que tengan vida y vida en abundancia”.
El sacerdote explicó que la Cuaresma comienza cuarenta días antes de la Pascua y se inicia con las celebraciones litúrgicas en las que se impone la ceniza. “Es un signo que nos recuerda nuestra fragilidad, nuestra pequeñez, nuestra condición pecadora y la necesidad de ir cambiando de vida, de ir transformándonos, de ir convirtiéndonos para llegar a la Pascua con una vida más adecuada a las exigencias de Jesús”, afirmó.
En ese sentido, definió a la Cuaresma como “un tiempo de conversión, es decir, de cambio, de volver a Dios, de volver a la cercanía con los hermanos”, y agregó que se trata de “un tiempo de transformación de la mente, del corazón, de las actitudes, para ponernos en sintonía con el mensaje de Jesús”. “Son 40 días para prepararnos y llegar a la Pascua con una vida mucho más cristiana que la que tenemos hoy”, indicó.

Consultado sobre las prácticas tradicionales asociadas a la Cuaresma, como la abstinencia de carne u otras restricciones alimentarias, Barros fue contundente al marcar una diferencia con el enfoque actual de la Iglesia. “Es cierto que ha habido costumbres a las cuales se les dio una exagerada importancia en su momento”, reconoció, y agregó que hoy “no comer carne el día viernes y algunas cosas más no tienen ningún sentido”.
“Primero, porque tenemos mucha gente que ni siquiera puede comer bien todos los días. Es un poco absurdo pedirle a alguien que pasa hambre que haga un sacrificio de ese tipo, que coma lo que pueda”, sostuvo. Para el sacerdote, la conversión “no pasa por cuestiones de comida ni por prácticas externas”, sino por un cambio mucho más profundo.
Barros explicó que la palabra conversión traduce el término griego metanoia, presente en los Evangelios, y que su significado es “enderezar lo torcido, poner las cosas en su lugar, ordenar lo que se desordenó”. “Esa es la clave”, afirmó, y remarcó que esta conversión tiene tres grandes dimensiones.
La primera es la dimensión personal. “Yo me tengo que plantear si estoy siguiendo el camino que plantea Jesús”, señaló. Esto implica revisar “la forma de pensar, de sentir y de actuar” para ver si están en sintonía con el pensamiento y el obrar de Jesús. “San Pablo lo decía así: ‘renueven la mente y el corazón para actuar según Cristo Jesús’”, recordó. “Tengo que revisar mi cabeza: si tengo pensamientos de odio, de discriminación, de violencia, de desprecio, y ver si eso es lo de Jesús”.
La segunda dimensión es la comunitaria. “La fe católica no es una experiencia individualista, sino esencialmente comunitaria”, explicó Barros. En ese marco, sostuvo que parroquias, colegios católicos y movimientos eclesiales deben preguntarse si, como comunidad de fe, están siguiendo a Jesús. “Tenemos que trabajar la reconciliación, la fraternidad, pedirnos perdón si nos lastimamos”, afirmó.
Al respecto, citó al papa Francisco al hablar de “una Iglesia de puertas abiertas que recibe a todos, una Iglesia en salida hacia las periferias, sobre todo existenciales, donde hay dolor”. “Una Iglesia samaritana que se detiene ante el dolor de los que sufren para atender, cuidar y acompañar”, describió, y planteó el interrogante: “¿Somos esa Iglesia o somos una Iglesia cerrada, expulsiva, que discrimina?”.
La tercera dimensión de la conversión, según el sacerdote, es la social. “Creer en Jesús es creer en el compromiso que Él tenía con los últimos, los pecadores, los más pobres, los enfermos, los excluidos”, afirmó. En ese sentido, llamó a revisar si la Iglesia tiene “una dimensión social adecuada a lo que Jesús nos exige”.
“Una Iglesia que se compromete en la construcción de la justicia, que trabaja por la justicia social, que trabaja por una sociedad inclusiva donde todos puedan ver concretado su derecho a una vida digna en cuanto a vivienda, salud, educación y recreación”, enumeró Barros, al definir los ejes de esa responsabilidad social.
Finalmente, sintetizó el sentido profundo de este tiempo litúrgico al afirmar que la Cuaresma “no tiene nada que ver con si yo como esto o como lo otro”. “Eso no me agrega ni me quita nada”, remarcó. “Es una transformación personal, comunitaria y social que nos acerque cada vez más a las exigencias que nos plantea Jesús. Esa es la Cuaresma verdadera. Lo demás son cosas accidentales”.
El Miércoles de Ceniza marcó el inicio de un tiempo para bajar el ritmo, revisar el corazón y volver a lo esencial






