Opinión | Jugar en la mesa grande

*Por Gabriela Barrionuevo

Hablar fuerte no atrae inversiones. En la economía mundial no gana quien grita más, sino quien tiene con qué respaldar la jugada.

El rey está desnudo en la mesa grande de la economía mundial.

En contextos de crisis y hartazgo, la demanda política suele cambiar de tono. Se valora menos la explicación y más la decisión: hablar fuerte, confrontar, exhibir firmeza. Ese gesto, al menos en una primera etapa, suele interpretarse como liderazgo. Pero hay una pregunta que rara vez se formula: ¿qué pasa cuando el gesto no viene acompañado por respaldo real?

No toda demostración de fuerza produce autoridad duradera. A veces, solo expone la fragilidad que intenta ocultar. El poder no se sostiene por la intensidad del discurso, sino por su capacidad de producir efectos. Cuando esa capacidad falta, la palabra deja de ordenar y empieza a revelar.

La literatura lo dijo hace siglos con una imagen incómoda. En el cuento de Andersen, el rey no cae por un enemigo externo ni por una rebelión. Avanza convencido de que su investidura basta para sostener la apariencia. Nadie lo contradice hasta que alguien se anima a decir lo evidente: el rey está desnudo.

Algo parecido ocurre cuando el poder confunde exposición con fortaleza.

En el centro del sistema, el conflicto abierto puede funcionar como mecanismo de consolidación de liderazgo. Allí, el discurso duro no actúa solo: se apoya en estructuras que absorben riesgos y amortiguan errores. El rey puede avanzar porque otras piezas lo cubren.

Desde ese lugar habla Donald Trump. Su retórica confrontativa, aun cuando desafía reglas o tensiona consensos, se despliega sobre una base sólida: una moneda fuerte, acceso al crédito, bonos líquidos, un Tesoro con margen de maniobra e instituciones capaces de contener la volatilidad. Eso no elimina costos ni tensiones, pero evita que el sistema se desordene. En ese tablero, cuando el rey se expone, los alfiles y los caballos siguen sosteniendo la partida.

 

El problema aparece cuando ese mismo tono se replica desde la periferia.

Javier Milei adopta una forma de expresión similar, pero desde una posición muy distinta. La Argentina no entra al juego con piezas suficientes para absorber riesgos. Llega con una historia reiterada de defaults, una moneda inestable, poco crédito y una memoria reciente de incumplimientos. Ese pasado no clausura la posibilidad de una estrategia distinta, pero sí vuelve mucho más costoso cualquier error.

Hasta acá, la diferencia es estructural: mismo registro discursivo, posiciones muy distintas y márgenes de error desiguales. Pero para entender por qué esa diferencia importa tanto, conviene mirar el escenario en el que se juega.

El ajedrez sirve como imagen del juego real de la economía mundial. Es un juego entre países donde se despliegan estrategias, pero siempre exhibiendo la fuerza efectiva de las piezas. Cada movimiento tiene respaldo. El rey solo avanza cuando hay cobertura detrás.

En escenarios como el World Economic Forum en Davos, Milei se posiciona y habla como un jugador pleno de ese tablero. No observa desde afuera ni pide permiso: habla desde la mesa grande, con el tono de quien asume que ya está jugando la partida.

El desajuste aparece cuando ese posicionamiento discursivo no encuentra un correlato equivalente en las piezas disponibles. Es en ese punto donde la lógica del juego empieza a desplazarse.

Porque cuando faltan piezas capaces de absorber riesgos, la estrategia deja de apoyarse en el respaldo y empieza a apoyarse en el gesto. Ahí emerge una lógica distinta, muy reconocible para cualquier argentino: la del truco. Un juego de cartas basado en la picardía, donde quien sabe que no tiene buenas cartas “simula solvencia”, desafía, sube la apuesta y confía en que la seguridad del gesto compense la debilidad de la mano.

 

El problema no es la audacia en sí. En contextos de crisis profunda, asumir riesgos altos puede ser una decisión racional. El problema es trasladar esa lógica a un juego que no la reconoce. En la economía mundial, simular fortaleza no reemplaza activos, credibilidad ni capacidad real de absorber pérdidas.

Ahí es donde el discurso queda desalineado del respaldo que necesita. No porque sea incorrecto en términos retóricos, sino porque presupone una fortaleza que no está. El tono intenta ocupar el lugar de las piezas ausentes. La palabra busca suplir lo que falta en el tablero.

Vale decirlo: el discurso no crea por sí mismo fortaleza o debilidad. Funciona como una señal. Anticipa si existe —o no— correspondencia entre la voluntad política y el respaldo material que la sostiene. Cuando esa relación se desajusta, el discurso deja de ordenar y empieza a exponer.

En ese punto, el problema ya no es el estilo ni la ideología. Es la capacidad real de producir efectos. En la economía mundial, los países no juegan solo para ganar una discusión: entre otras cosas, juegan para captar capitales, atraer inversiones y sostener flujos de financiamiento. La Argentina espera ese resultado. Pero en ese juego, la actitud no basta.

La confianza no se construye solo con gestos ni con desafíos verbales, sino con consistencia verificable entre lo que se dice, lo que se respalda y lo que efectivamente se puede cumplir. Sin esa mediación, la confrontación erosiona más de lo que fortalece.

Por eso la desnudez del rey no es solo política; es institucional. No se trata de una provocación ni de una discusión abstracta. Es la diferencia entre mandar y gobernar, entre desafiar y sostener una posición en un sistema de reglas que no se negocian en cada jugada.

La economía mundial no premia la picardía ni castiga la audacia. Premia la consistencia. Los países no juegan este juego para ganar una mano, sino para atraer capitales, inversiones y financiamiento. Y en ese terreno, el gesto puede abrir una puerta, pero no alcanza para sostenerla abierta.

 

Decir que el rey está desnudo no es un acto de cinismo. Es advertir que los juegos tienen reglas. En la mesa grande se juega ajedrez, con piezas visibles y respaldo real. Y cuando se intenta ganar esa partida con la lógica del truco, el riesgo no es perder una mano: es quedar fuera del juego.

 

*Docente – Abogada Especialista en Compliance y PLA/FT, Asesora en Regulación y Ética de la Inteligencia Artificial

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