Misiones | Perdió lo que más quería, dejó su trabajo y se refugió en la música: la historia de Julián Verón

Tras la muerte de su madre, Julián Verón dejó su trabajo en Prefectura y encontró en la música callejera una forma de atravesar el duelo y reconstruir su vida. Hoy canta en las calles de Posadas, vive de la colaboración del público y se volvió un personaje reconocido a partir de su presencia en redes sociales.

En la Costanera o una esquina cualquiera de Posadas, entre turistas que pasean y vecinos que descansan, una voz irrumpe sin previo aviso. A veces es Luis Miguel, otras Montaner, alguna cumbia inesperada. No hay escenario ni micrófono profesional: hay calle, mirada directa y un factor sorpresa que se volvió su sello. Detrás de esa escena cotidiana está Julián Verón, el cantante callejero que transformó una pérdida profunda en un modo de vida atravesado por la música.

“La música siempre estuvo ahí arriba”, resumió Julián cuando intentó explicar cómo llegó hasta este presente. Todo comenzó tras la muerte de su madre. “Arranca tras alguna pérdida normal que tiene toda persona, la de mi vieja, y arranca ahí, urgido de dinero y también por la pasión, el amor por el arte”, recordó. Ese quiebre emocional marcó un antes y un después: dejó su trabajo, salió a la calle y empezó a cantar.

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Su vínculo con la música no fue improvisado ni reciente. Julián fue adoptado y criado en el seno de una familia profundamente ligada al chamamé en Corrientes. “Fue lo mejor que me pasó en la vida. La familia Vallejo, primos hermanos, siempre digo los mejores. Mi padrino y mi vieja se hicieron cargo de mí. Mamé música toda la vida y eso hizo que aprendiera a hacer esto”, rememoró. Esa herencia cultural es la base de lo que hoy expone frente a desconocidos.

Antes de dedicarse a la música callejera, Julián trabajó en Prefectura Naval Argentina. “Hermosa institución, saludo a todos ellos”, dijo con respeto. Tras la muerte de su madre, tomó malas decisiones que prefirió no especificar. “Dejar la fuerza no lo considero una decisión mala. Todo el mundo la considera así, pero yo no. He recibido 13, 14 emociones con mi pasión, cosas que me cuesta exteriorizar, y eso ya me justifica todo”, afirma.

Cantar para desconocidos

Los primeros pasos en la calle no fueron sencillos. “Las primeras veces temblaba todo, tartamudeaba, no sabía cómo abordar a la gente, qué temas tocar para que empatice, cómo hacer para que no me limpien de entrada”, relató. Con el tiempo, el miedo fue dando paso a la tranquilidad. Hoy, tras dos años de rodaje, reconoció que el cambio más grande fue interno: “Lo que noto es mi tranquilidad en el abordaje”.

La calle, admitió, no siempre es amable. “Es ruda, me he encontrado con todo tipo de reacciones, pero tengo la relación pública suficiente para bancar los tratos que no son tan amenos”, explicó. Su experiencia previa en fuerzas de seguridad y en el comercio le dio herramientas para moverse en ese territorio imprevisible. “Mi caminar es bonito, ya es una costumbre, siempre desde lo lindo que brinda la calle”.

Su repertorio tiene una identidad clara. “Si yo quiero hacer algo es romántico melódico: Montaner, Bisbal, Luis Miguel, ese es mi género”, enumeró. Sin embargo, la calle y las redes sociales lo llevaron a adaptarse. Tras una presentación en un restaurant local y una experiencia durante el Día del Amigo, incorporó la cumbia. “Empecé por lo viral del stream ‘Un poco de ruido’. Se levantaron los views (en su Instagram), sin salir de mi gusto, adaptándonos a lo comercial que hoy es necesario”.

Vivir de la música en la calle implica aceptar la incertidumbre diaria. Para Julián, la propina no es un pago, “es una valoración del arte recibido, una retribución”, definió. Los montos varían de manera extrema. “Se han dado cosas locas: 22 mil pesos por dos canciones, o 20 pesos. Por ahí canto 32 veces y me llevo 4 mil, por ahí canto cuatro veces y me llevo 32 mil. Así es la calle”.

Con lo que junta, sostiene una vida austera. “Pago un alquiler diario de 5 mil pesos en la 181, después alimentación, lo básico: afeitarme, cortes de pelo, alguna pilcha”, detalló. Su objetivo es simple: “Con que yo junte 25 mil en el día, ya está”. Para lograrlo, suele cantar durante horas, hasta quedar “disfónico y fatigado”.

Sus horarios también fueron ajustándose con la experiencia. “Probé cantar desde la mañana hasta la noche para conocer el caminar. Hoy arranco más o menos de 4:30 de la tarde hasta 2/ 3 de la mañana, en lugares de descanso”, explicó. Mencionó la Costanera, el Anfiteatro Manuel Antonio Ramírez y el Parque Paraguayo como escenarios habituales. “Me gusta más que observen a que me colaboren”, aclaró.

Además de la calle, Julián empezó a dar sus primeros pasos en eventos privados. “Cumpleaños, cenas, lo que sea, para tener roce. No tengo banda todavía, voy de a poco, protegiendo mucho el arte”, explicó.

La viralidad y las redes sociales

Las redes sociales se convirtieron en un aliado inesperado. Instagram es su plataforma principal. “Arrancamos ahí y llegamos a 132 mil views, que para alguien doméstico es bastante”, señaló. Los memes también jugaron su papel: “Eso de ‘decime que sos posadeño sin decirme que sos posadeño’ levantó mucho”. Muchos reels superaron las 80 mil reproducciones y lo posicionaron como un personaje reconocible en la ciudad.

La producción de contenido no es sencilla. Julián no cuenta con un celular propio, es por esto que solicita al público que lo filme; y después sube el video ingresando su cuenta en el dispositivo ajeno. En cuanto a la edición, graba, corta lo que no le gusta y sube el material casi sin edición. “Me cuesta editar, conozco alguna aplicación, pero no disponer de un buen dispositivo complica todo”, admitió.

El crecimiento en redes también trajo comentarios negativos, aunque Julián no los esquiva. “El hate es necesario, es un indicativo claro de que se va viendo”, sostuvo. Aseguró tener “un sistema de defensa activado” para que las críticas no lo modifiquen, pero hace una salvedad: “Si se hatea con temas de sensibilidad, trato de concientizar. Esa persona que lo lea puede sufrir mucho”.

Cuando se le pregunta qué mensaje le daría a quienes dudan en cambiar de rumbo, no vacila: “Animarse. Yo dejé un laburo tan seguro como una fuerza federal y encaré mi pasión. Lo ideal sería hacerlo paralelamente, consciente. A mí se me dio así y está teniendo éxito”. Y cerró con una frase que resumió su filosofía actual: “Hacer la pasión tapa muchas cosas que el dinero no. Van a ser mucho más felices, del resto se va a encargar Dios, que es el crack”.

Hoy, Julián Verón sigue caminando la ciudad con una canción lista y una historia a cuestas. No espera estabilidad ni éxito asegurado, pero sí una certeza: en su vida, la música dejó de ser un refugio para convertirse en camino.

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