Un informe de Argentinos por la Educación, elaborado junto a investigadores del Instituto de Tecnología de Massachusetts, analiza cómo la expansión de la inteligencia artificial puede transformar la enseñanza, la gestión escolar y la gobernanza educativa. Aunque reconoce su potencial para personalizar el aprendizaje y optimizar procesos, advierte sobre riesgos vinculados al pensamiento crítico, la autonomía intelectual y el desarrollo socioemocional.
El uso de la inteligencia artificial (IA) se expande de manera acelerada entre niños y adolescentes argentinos y abre un debate de fondo sobre sus efectos en el sistema educativo. La tecnología ya forma parte de la experiencia escolar cotidiana, tanto dentro como fuera del aula, y plantea oportunidades concretas para mejorar los procesos de enseñanza y aprendizaje, pero también desafíos pedagógicos, éticos y regulatorios que el sistema aún no resolvió.
El análisis surge del informe “Inteligencia artificial en la educación: desafíos y perspectivas”, elaborado por Argentinos por la Educación junto a Andrés Salazar-Gómez y Sanjay Sarma, investigadores del Instituto de Tecnología de Massachusetts. El documento examina el impacto actual y potencial de la IA en el sistema educativo argentino, con foco en estudiantes, docentes, gestión institucional y políticas públicas.
Según datos relevados por UNICEF y UNESCO, el 76% de los chicos y adolescentes de entre 9 y 17 años conoce la IA generativa y el 58% ya utilizó herramientas como ChatGPT. El principal uso es educativo: el 66% afirma emplearla para realizar tareas escolares. También se registra su uso para búsqueda de información (44%), curiosidad por su funcionamiento (33%) y entretenimiento (24%).
Aprendizaje personalizado y apoyo docente
Entre los beneficios más destacados, el informe señala el potencial de los sistemas de tutoría inteligente, capaces de responder consultas, adaptar explicaciones y ofrecer retroalimentación inmediata según el ritmo y nivel de cada estudiante. A esto se suman los sistemas de aprendizaje adaptativo, que ajustan contenidos, evaluaciones y secuencias didácticas a partir del desempeño individual.
Las herramientas de evaluación automatizada permiten corregir grandes volúmenes de tareas, identificar errores recurrentes y brindar devoluciones en tiempo real. Los chatbots educativos, en tanto, pueden responder dudas frecuentes, enviar recordatorios y colaborar con la organización del estudio.
En el plano de la tarea docente, la IA facilita la generación de contenidos y actividades personalizadas en pocos minutos, lo que amplía la capacidad de atender la diversidad en el aula. Los reportes automatizados transforman datos de desempeño en información útil para detectar dificultades y diseñar intervenciones más precisas.
Gestión escolar y gobernanza educativa
El informe también subraya el impacto de la IA en la administración del sistema educativo. Las plataformas analíticas pueden procesar grandes volúmenes de datos sobre matrícula, asistencia y recursos, optimizando la planificación institucional. La automatización de trámites mediante asistentes virtuales agiliza procesos como inscripciones, becas y emisión de certificados.
Uno de los desarrollos más relevantes son los sistemas de alerta temprana, que utilizan algoritmos de aprendizaje automático para detectar riesgos de inasistencia, bajo rendimiento o abandono escolar, permitiendo intervenir antes de que las trayectorias se interrumpan. Además, el uso de IA puede fortalecer los sistemas de información y la calidad de los datos, un punto clave para el diseño de políticas públicas basadas en evidencia.
Riesgos pedagógicos y desafíos éticos
El apartado final del informe se centra en los riesgos asociados al uso intensivo de IA en educación. Entre ellos se destacan el aprendizaje superficial, la disminución del pensamiento crítico, la deshonestidad académica, los sesgos algorítmicos y el debilitamiento de la autonomía intelectual.
“El principal riesgo de la IA para el aprendizaje es el epistémico. A la vez que acelera la adquisición de conocimiento, puede distorsionar la comprensión”, advierte Alejandro Artopoulos, director del Centro de Innovación Pedagógica de la Universidad de San Andrés, quien remarca que no existen “atajos” ni “nativos digitales” en el uso crítico de la IA.
En la misma línea, Salazar-Gómez sostiene que la alfabetización en inteligencia artificial es una necesidad urgente: “La familiaridad con la IA no implica un uso crítico ni responsable. Sin alfabetización, será la tecnología —y quienes sí la entienden— la que termine controlando nuestras decisiones”.
Especialistas como Agustina Brizio, Santiago Siri, Andrés Rieznik y Diego López Yse coinciden en que la IA puede amplificar desigualdades si no se implementan reglas claras, supervisión humana y criterios pedagógicos sólidos. Alertan además sobre una “crisis de validación” del aprendizaje, donde las calificaciones dejan de certificar conocimiento real si las tareas pueden ser resueltas por sistemas automatizados.
Desde una perspectiva de políticas públicas, Emiliano Pereiro, del Plan Ceibal, señala que la incorporación de la IA “no es una opción tecnológica, sino una decisión política”, que debe contemplar formación docente, resguardos éticos y marcos normativos claros.
Un debate abierto
Ante este escenario, el informe concluye que el desafío no es prohibir ni idealizar la inteligencia artificial, sino integrarla al sistema educativo con criterios pedagógicos, equidad, transparencia y supervisión humana. La IA ya está presente en las aulas; la discusión pendiente es cómo acompañar su uso para que potencie el aprendizaje sin erosionar las bases cognitivas y sociales de la educación.




