La eterna paradoja de la tercera posición

La mañana del 3 de enero del 2026 quedará marcada en la historia contemporánea de Sudamérica como uno fecha paradigmática. No solo porque marco la era de Nicolás Maduro, ni porque una potencia militar incursionó en territorio soberano bajo el amparo de la noche, sino porque este acto dividió indefectiblemente la opinión, tanto pública como especializada, en dos corrientes contrapuestas. Porque en esta región de nuestra América, en este querido subcontinente, el gris no existe en su grilla de colores. Existe el blanco y el negro.

Dicho esto: ¿se puede estar de acuerdo con la caída del régimen antidemocrático de Nicolás Maduro y, a la vez, rechazar el avasallamiento a la integridad territorial de parte de una potencia extranjera? Sí, se puede. Porque, aunque parezca dicotómico ambos conceptos están acertados en esta situación, al menos en cuanto al derecho internacional se refiere.

Tratando de desentrañar un poco lo dicho anteriormente, la caída del presidente de Venezuela venía madurando -cayendo en el sencillo juego de palabras- hace varios años, demasiados quizás. Porque de aquella revolución bolivariana impulsada por Hugo Chávez, a finales del siglo pasado, con el romanticismo inicial que atrajo a miles de jóvenes, no solo de Venezuela sino de toda la región, convencidos de que con los recursos propios del país alcanzaba para que cada venezolano no solo viva, cubriendo sus necesidades básicas sino también dándole acceso a toda la población a educación, cultura y porvenir. Pero esta brisa de justicia social también tuvo su réplica en Argentina, Brasil, Chile, Bolivia, Ecuador, Paraguay y Uruguay. En algunos casos desde lo discursivo, en otros con resultados palpables en los indicadores sociales.

Tal cual nos hemos referido, en otras ocasiones, las oleadas ideológicas en Sudamérica son periódicas y, pronto, producto de malas decisiones políticas, casos de corrupción o simplemente por la azarosa necesidad de un cambio de rumbo, partidos comúnmente denominados de derecha que fueron ocupando los puestos de decisiones de poder. Pero en Venezuela, no.

La enfermedad y muerte de Hugo Chavéz -en 2013- dio lugar en la presidencia del país caribeño a quien fuera su ladero. Un personaje sin las luces ni el carisma de su predecesor, pero con la convicción de mantener la revolución cueste lo que cueste. Y ese valor fue muy alto. Si lo pasamos a números: 130.060% de inflación en 2018. Más de 800 presos políticos. Miles de detenidos arbitrariamente. Escasez de alimentos. Sistema sanitario colapsado. Una diáspora de ocho millones de emigrados buscando refugio en otros países. Cientos de muertos en protestas. Y una constante persecución a opositores.

Poco a poco, ese sueño bolivariano y, aún, ante la reticencia de aquellos quienes, me incluyo, acompañaron la idea de Patria Grande y unidad latinoamericana, fue tomando tintes antidemocráticos primero, hasta llegar a aceptar que se había transformado en una dictadura, confirmado luego de la ya indefendible manipulación de los últimos comicios. Porque sí. Hay dictaduras de derecha y hay dictaduras de izquierda. Eso no es ninguna novedad. Y a la democracia se la defiende, aun cuando signifique perder el poder. Y el festejo de millones de venezolanos en todo el mundo así lo demuestra. Porque sí es un festejo desde el rencor, pero también desde la esperanza

Ahora bien, dicho esto: ¿justifica el accionar de policía del mundo de Estados Unidos? Quien, parado en una supuesta superioridad moral desde lo discursivo, pero de fuerza bélica y económica desde lo real cree tener la potestad de intervenir en un país soberano.

Amparados estrictamente desde lo legal, Estados Unidos ha rota el principio de no injerencia y no intervención en un país soberano. Ha ingresado de manera ilegal en espacio aéreo extranjero. Ha asesinado a personal militar y civil en el proceso. Secuestró un presidente al mando de un país rompiendo el principio de inmunidad con la que cuentan los primeros mandatarios. Y todo esto lo realizó sin el aval del Congreso de los Estados Unidos, rompiendo su propia legislación y no cumpliendo con la carta de las Naciones Unidas -que Estados Unidos no solo la ha impulsado sino también ratificado en innumerables oportunidades.

Creer que todo lo mencionado anteriormente lo realizó bajo un arranque de justicia democrática, convirtiendo mágicamente a Donald Trump en un Steve Rogers 2.0 es, al menos, ingenuo. De igual manera haciendo valor a la verdad, el propio presidente de EEUU no se ha esforzado en ocultar el interés de su administración por recuperar el control de la mayor reserva mundial de petróleo. Más, teniendo en cuenta que casi el 70% de su producción, que ronda el millón de litros diario, fue destinado al principal rival comercial de los Estados Unidos, es decir a China.

Es destacable que esta situación se da en el medio de una discusión ya instalada en los estudiosos de la política internacional acerca de la pérdida de hegemonía de los Estados Unidos. Aquel mundo unipolar de los 90´s, dio paso a un mundo multipolar, donde otros actores han entrado en discusión. Y en este contexto, dar un golpe sobre la mesa, en lo que históricamente fue zona de influencia Norteamérica es, al menos en términos geopolíticos, fundamental para sus intereses. Aquí mando yo.

José Adrián González, Licenciado en Relaciones Internacionales

Pensando en detenimiento, y aquí la principal preocupación, esto puede sentar un peligroso precedente. Como aquel matón de la escuela que, cuando se dio cuenta que con su prepotencia podía incomodar a un compañero, buscaba rápidamente su siguiente víctima. De la misma manera los países sudamericanos que no cuentan con el aval ideológico de la Casablanca pueden estar en la mira. Petro, ya ha sido advertido. Otros ya han sido subyugados, sin la necesidad de aviones y balas.

Finalmente, el cuestionamiento que queda dando vueltas es que esta situación se da en el contexto de una Unasur inexistente, un Mercosur debilitado y el Pacto del Pacífico enfocado en elementos meramente económicos. La existencia de Organizaciones Internacionales fuertes, pueden colaborar, no solo a la no intervención militar de potencias, sino también a vidas democráticas e instituciones más fuertes en los Estados partes, independientemente su ideología. Pero fuertes, en serio, no meramente burocráticas o serviles a las grandes potencias como lo es la ONU.

Para terminar, solo cabe recordar que aquella doctrina de más de 200 años, acuñada por James Monroe ante el Congreso de los Estados Unidos, “América para los Americanos”: está más vigente que nunca. Nada nuevo en el patio trasero de la Casablanca.

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