El productor e industrial tealero señaló que los costos internos registraron un marcado incremento en dólares. Especialmente por la suba de la energía y el combustible. Pero los tradicionales compradores del té argentino no están dispuestos a convalidar un incremento de precios y eso impide cerrar contratos de venta. La irrupción de oferentes de Kenia, con un fuerte apoyo estatal, agrega más dificultades. Desde el sector piden una política diferencial para las economáis regionales.
El fin de 2025 encuentra al sector tealero argentino atravesando uno de los momentos más complejos de las últimas décadas. Con un perfil netamente exportador—el 95% de la producción se destina al mercado externo—, el impacto de la llamada “inflación en dólares” se siente con una intensidad particular. “Es un año bastante desafiante para la actividad tealera, estamos golpeados por una realidad que no escapa a la de todas las economías regionales de Argentina, pero el té en particular más todavía”, resume Jonathan Klimiuk.
La zafra comenzó este año más tarde de lo habitual. “Iniciamos a principios de noviembre la cosecha, porque vino un poquito tardía por las noches frescas”, explica. La primera cosecha ya concluyó y la segunda está en marcha, pero el problema central no pasa por la producción sino por los costos y la comercialización. “Estamos con altos costos en dólares, tuvimos bastante incremento en energía y combustibles y eso pega de lleno en el costo en dólares que después no podemos trasladar al precio del producto que se vende internacionalmente”.
El té es un commodity. Esa característica, que en otros contextos puede ser una fortaleza por la profundidad de los mercados, hoy se vuelve una debilidad estructural. “Tenemos que competir con grandes productores a nivel mundial que por ahí tienen otros costos. Nuestros costos estos últimos años aumentaron bruscamente en dólares y se complica mucho trasladar al exterior ese costo”, advierte Klimiuk.
La dificultad se refleja en la negociación de contratos. A diferencia de otros años, cuando los acuerdos se cerraban entre fines de octubre y comienzos de diciembre, el 2025 llega a su tramo final con operaciones todavía abiertas. “Todavía no terminamos de concretar los contratos para el próximo año, está bastante complicado particularmente cerrar, porque no nos están aceptando ningún incremento de precios”.
La consecuencia directa es una caída en el volumen exportado. “Ya el 2024 se perdió volumen de venta y este 2025 no va a ser la excepción, vamos a caer en ventas nuevamente”, reconoce. El problema, subraya, no es coyuntural: “Espacio que uno cede o pierde internacionalmente ganan otros grandes competidores y después recuperar eso cuesta muchísimo”.
Argentina representa apenas el 4% de la producción mundial de té. Esa participación marginal reduce el poder de negociación frente a compradores globales que pueden sustituir proveedores con relativa facilidad. En ese contexto, la presión sobre los márgenes se vuelve extrema.
Energía, combustible y tipo de cambio
Cuando se desagregan los costos, la energía aparece como el principal factor de desequilibrio. “Tuvimos un 250% de incremento en dólares en lo que es la energía”, detalla Klimiuk. A eso se suma el aumento persistente del combustible, que impacta tanto en la logística interna como en el flete internacional.
El tipo de cambio es otro elemento central del análisis. “Tenemos un dólar muy planchado. Si bien hoy el tipo de cambio para la exportación estamos alrededor de 1.420 o 1.430 pesos, para compensar la suba en los costos que tuvimos tendríamos que tener un dólar más cercano a 1.600”, explica. Sin embargo, aclara que la salida no puede ser una devaluación permanente. “Sabemos que la solución no es la devaluación continua en Argentina porque afecta a mucha gente que no exporta”.
Para compensar la suba en los costos que tuvimos tendríamos que tener un dólar más cercano a 1.600
La alternativa, entonces, pasa por políticas específicas. “Buscamos, reclamamos y dialogamos con funcionarios nacionales para ver soluciones para las economías regionales, porque hoy todo lo que es economía regional, que es lo que más fuente de trabajo da, está en crisis en todo el país”.
La presión financiera se refleja en la cadena de pagos. “Hay una recesión de pagos importante en el sector. Muchos secaderos ni arrancaron la safra porque deben todavía la boleta de luz de la safra anterior”, señala Klimiuk. Las consecuencias son inmediatas: despidos, interrupción de relaciones comerciales históricas entre productores y secaderos, y mayor fragilidad en las pymes.
El financiamiento, lejos de aliviar, agrava el problema. Las tasas siguen siendo elevadas y cualquier costo financiero adicional se traslada a estructuras ya ajustadas. “Todo trae al costo y genera mucha preocupación de que nosotros no seamos competitivos”, sintetiza.
Competencia internacional y el caso Kenia
A las dificultades internas se suma un escenario externo más hostil. Estados Unidos, principal destino del té argentino —especialmente para el segmento de Ice Tea—, comenzó a recibir con mayor intensidad la oferta de otros países productores. Kenia es el caso paradigmático.
“Ellos están readaptando su proceso para hacer un té similar al argentino, mucho más competitivo”, explica Klimiuk. La clave está en el respaldo estatal: “Tienen un gobierno que los apoya directamente con energía subsidiada, fertilizantes subsidiados y logística subsidiada. Dependen mucho más del té que Argentina”.
El resultado es un “ataque directo” al principal mercado de destino del té misionero. “Trae preocupación y tenemos que ver la forma de tratar de mantenernos lo máximo posible, pero no escapamos de la realidad de los costos”.
Aranceles y acuerdos comerciales
En ese contexto, cualquier mejora en las condiciones de acceso a los mercados se vuelve estratégica. El té argentino pagó hasta noviembre un arancel del 10% para ingresar a Estados Unidos, impuesto durante la presidencia de Donald Trump. “Desde diciembre, por un fallo judicial, no se está pagando ese arancel”, explica Klimiuk, aunque advierte que la medida puede revertirse en cualquier momento.
Por eso, el sector pidió que el té sea incluido en un eventual acuerdo comercial entre Argentina y Estados Unidos. “Presentamos una nota junto con la gestión del ministro López Sartori y la cámara del sector para que se agregue el té, ya que el 70% del té misionero se exporta a este destino. Todavía no tenemos novedades”.
Yerba mate: otro frente abierto
Además del té, Klimiuk Infusiones participa del negocio yerbatero, otro sector atravesado por tensiones profundas. “En la yerba también nos alcanza la realidad de los costos y un mercado complejo”, afirma.
La particularidad de la yerba mate es su necesidad de financiamiento de largo plazo. “Tenés que tener el producto entre 8 y 12 meses en stock y salir a buscar financiamiento en los bancos”. En 2023, con precios elevados —más de 1.400 pesos la canchada—, muchos molinos se endeudaron para comprar materia prima. El cambio de escenario en 2024 fue abrupto. “Esa misma canchada pasó a valer alrededor de 1.100 o 1.000 pesos”.
La caída de precios coincidió con una recesión en el consumo interno. “Muchas marcas salieron a competir en la góndola y eso generó pérdidas millonarias”, describe. El resultado es un sector endeudado, con altos costos financieros y un consumidor que “no está dispuesto a pagar más”.
La fragilidad de la cadena de pagos se repite en la yerba. “Tenemos muchos cheques devueltos, principalmente de secaderos y molinos chicos. Creo que es uno de los récords de devolución de cheques en la zona”, afirma Klimiuk, con especial referencia a la zona Centro de Misiones.
Tenemos muchos cheques devueltos, principalmente de secaderos
La situación deriva en despidos y en una crisis extendida de las pymes. En el caso del té, un alivio parcial llegó desde la provincia. “El apoyo del Gobierno provincial permite que el productor lleve el cheque al Banco Macro y el gobierno se haga cargo de los intereses por hasta 90 días”, explica. Esa herramienta facilita el cobro rápido para el productor y da oxígeno financiero a las empresas.
Desde el punto de vista productivo, los yerbales muestran un estado razonable. “La primera brotación vino bien, la lluvia acompañó, pero hoy se paralizó porque las noches son frescas”, detalla Klimiuk. El clima de enero y febrero será determinante.
Sin embargo, la zafriña de verano se perfila como una de las más bajas de la historia. “No es por falta de producción, sino por falta de demanda. Hay muy pocas industrias trabajando porque tienen stock y no quieren endeudarse más”, explica. Los molinos están bajando su nivel de estacionamiento y cubriéndose hasta la próxima zafra gruesa, prevista para marzo-abril.
Exportaciones: una luz al final del túnel
En medio de un panorama complejo, el incremento de las exportaciones de yerba mate aparece como una señal alentadora. “Es la salida para la crisis yerbatera. El camino es incrementar las exportaciones y consolidar nuevos mercados”, sostiene Klimiuk.
Parte del crecimiento reciente se explica por un fenómeno puntual: una gran empresa compradora de Siria dejó de abastecerse en Brasil y Paraguay y concentró más volumen en Argentina. “La yerba estaba muy barata en dólares y convino comprar acá, además de la calidad”, explica.
Más allá de ese efecto coyuntural, la apuesta estratégica está puesta en la apertura de nuevos mercados. En ese sentido, Klimiuk destaca un viaje reciente a India. “Es un mercado de 1.500 millones de personas; cualquier porcentaje que consuma yerba mate trae una solución y un volumen importante”.
El avance más significativo fue de carácter arancelario. “La yerba mate no estaba inscripta en India y entraba como producto exótico, pagando un arancel del 110% y con trámites que tardaban tres meses”. Gracias a gestiones provinciales, el producto logró inscribirse formalmente. “Ahora paga un 35% de arancel y el trámite es inmediato”.
Entre la urgencia y la estrategia
El diagnóstico de Klimiuk combina urgencia y mirada de largo plazo. Por un lado, reclama medidas inmediatas —reintegros a las exportaciones, algún esquema de dólar diferencial, alivio en costos energéticos— para evitar que empresas queden en el camino. “Lo macro puede traer soluciones, pero quizás recién en 2027. El problema es que la economía regional no llega”, advierte.
Por otro, señala la necesidad de profundizar la inserción internacional, diversificar mercados y consolidar ventajas competitivas basadas en calidad y diferenciación. En un mundo donde los grandes productores cuentan con fuertes respaldos estatales, la supervivencia de las economías regionales argentinas depende cada vez más de políticas inteligentes y oportunas.
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