Karina Milei consolida el poder interno mientras el Gobierno enfrenta su prueba de fuego en el Congreso

Con el Gabinete ya completo, Karina Milei emerge como la figura clave del poder interno en la Casa Rosada. Mientras se sellan acuerdos impensados y se moderan tensiones dentro del oficialismo, el Gobierno se prepara para una prueba decisiva en el Congreso: avanzar con las reformas y sancionar el Presupuesto 2026 en un escenario político y económico de alto riesgo.

La escena ocurrió apenas pasado el mediodía en el Salón Blanco de la Casa Rosada, durante una jura que parecía de trámite pero terminó convirtiéndose en una postal de poder. Antes de que ingresaran el Presidente y el flamante ministro de Defensa, Karina Milei se ubicó en la primera fila y dio una orden seca y directa: “Párense todos así el Gabinete lo recibe”. Ministros, secretarios de Estado y hasta el embajador de los Estados Unidos acataron de inmediato. No fue un gesto protocolar más: fue la confirmación explícita de quién ejerce hoy el mando político interno en el Gobierno. “El Jefe”, como la llaman puertas adentro, sabe su rol y lo ejerce.

La jura del teniente general Carlos Presti, que asumió con uniforme verde oliva a pedido expreso de los hermanos Milei, terminó de sellar la conformación formal del Gabinete tras las elecciones legislativas. Con ese movimiento, se cerró una etapa de transiciones, versiones y especulaciones, y se abrió otra marcada por un orden interno más claro, con Karina Milei auditando y capitalizando los cambios más sensibles en la estructura del poder libertario.

En ese proceso, uno de los nombres que atravesó semanas de incertidumbre fue el del asesor presidencial Santiago Caputo. Aunque no llegó a la Jefatura de Gabinete, el lugar al que aspiró antes de los comicios, optó por un perfil bajo y por sostener su rol de “Mano del Rey”, con influencia indirecta en áreas estratégicas. Javier Milei terminó de bendecir esa decisión al ratificar su ascendencia sobre la SIDE, la jefatura de bloque de Agustín Romo en la Legislatura bonaerense y la designación de un hombre de extrema confianza de Las Fuerzas del Cielo en la nueva Secretaría de Asuntos Nucleares.

“La conclusión fue que muchos ya manejamos muchas cosas y que no había que engolosinarnos. Había que dejar de disputar boludeces”, resumió un integrante de la Casa Rosada, dando cuenta de un sinceramiento interno que, al menos por ahora, parece haber descomprimido tensiones. Ese equilibrio, admiten, podría sostenerse durante los próximos meses, probablemente hasta marzo o abril, cuando vuelvan a abrirse discusiones por nuevos recambios.

En el oficialismo aseguran que el clima interno es hoy el mejor de todo el año. “Hay tareas claras y un sinceramiento de las funciones. Eso hace que cada uno sepa su rol”, confía una figura de la mesa chica presidencial. La frase se repite en distintos despachos y refleja un ordenamiento que Karina Milei impulsó con disciplina política y control fino de los egos.

Ese reordenamiento habilitó escenas que hasta hace poco resultaban impensadas. El armador karinista Eduardo “Lule” Menem y Santiago Caputo fueron vistos conversando en más de una ocasión en las previas de las juras ministeriales. Más allá del simbolismo, el dato político es concreto: por su poder territorial y por contar con legisladores propios, Menem se convirtió en un actor habitual de la Mesa Política, lo que obliga a dejar de lado viejas rispideces para que la maquinaria de La Libertad Avanza funcione.

La convivencia, sin embargo, está lejos de ser armónica o definitiva. Dentro del Gobierno hay sectores que se miran con desconfianza y que, con ironía, califican a otros espacios como una “iglesia abandonada” porque “no tienen cura”. Aun así, las diferencias no impiden acuerdos tácticos cuando la estrategia general lo requiere.

Un ejemplo claro de esa coincidencia es la mirada compartida entre Caputo y los Menem sobre la necesidad de dialogar con los sindicatos para encarar una reforma laboral “light”. “Lo importante es que el proceso sea lo menos turbulento posible y mostrar que se pueden hacer reformas”, explican cerca de ambos. En tono jocoso, un dirigente libertario resume la lógica interna: “Los que se pelean se aman”.

Esa postura terminó imponiéndose sobre la línea más dura que impulsaban Federico Sturzenegger y Patricia Bullrich. El ministro desregulador sostiene que el peronismo se reproduce a través de su alianza estratégica con el sindicalismo y que no vale la pena negociar. Bullrich, ahora jefa del bloque oficialista en el Senado, comparte una visión coyuntural similar y llegó a afirmar que “no vale la pena escucharlos porque ni el kirchnerismo ni ellos nos van a votar algo de la reforma”.

Por ese motivo, la CGT mantiene hoy una relación mucho más fluida con Caputo y los Menem. Incluso circulan teorías internas que sugieren que ciertos rumores sobre malestar en el Gabinete por las declaraciones del ministro “motosierra” pudieron haber sido fogoneados desde el mundo sindical. En público, nadie lo confirma. En privado, todos relativizan las tensiones y aseguran que, más allá de diferencias de estilo, “nunca hubo un problema real”.

En el plano parlamentario, el Gobierno asume que la reforma laboral no estará sancionada antes de fin de año. El mejor escenario es una media sanción antes de Navidad o, al menos, un dictamen listo para ser tratado entre enero y febrero. La oposición ya anticipó que buscará judicializar el inicio del debate en el Senado, alegando que por incluir aspectos tributarios debería comenzar en Diputados, una objeción que en la Casa Rosada consideran más política que jurídica.

Antes incluso que la reforma laboral, la verdadera prueba de fuego para el oficialismo es el Presupuesto 2026. En el Gobierno admiten que necesitan sancionarlo antes de Año Nuevo para dar señales de previsibilidad al mercado, a los gobernadores y al FMI. Dos integrantes de la mesa chica de Milei aseguran que los votos están prácticamente apalabrados, en buena medida gracias al diálogo con los mandatarios provinciales y a una lógica de premios concretos, como los ATN otorgados a Tucumán.

La estrategia con las provincias es clara: no habrá grandes cumbres ni gestualidades públicas, sino acuerdos bilaterales y cumplimiento selectivo. Nación exige austeridad fiscal y rechaza endeudamientos como el pedido por Axel Kicillof, mientras promete acompañar a quienes mantengan el orden en sus cuentas. Con el compromiso asumido ante el FMI de alcanzar un superávit primario del 2,2% del PIB en 2026, el Gobierno juega una partida de alto riesgo. Para los libertarios, el mensaje es lineal: si el Congreso acompaña las reformas y la economía crece, habrá inversión, empleo y recursos. Si no, el poder que hoy se ordena puertas adentro será puesto a prueba en la realidad.

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