En los últimos años, las celebraciones por el cierre del ciclo lectivo entre estudiantes secundarios sumaron una nueva práctica que comenzó a despertar alertas en escuelas y familias: el “UDQ”, sigla de “Último Día de Quinto”. A las ya conocidas fiestas de egresados y al tradicional “UPD” (Último Primer Día), se agregó esta modalidad que se replica en distintas ciudades del país entre alumnos que están a un paso de egresar.
La dinámica del UDQ es similar a la de otras celebraciones estudiantiles: los adolescentes se reúnen la noche previa al último día de clases para bailar, compartir con amigos y, en muchos casos, consumir alcohol. Este encuentro suele extenderse hasta la madrugada, sin horas de descanso, en un clima de euforia que luego se traslada a la jornada escolar.
Al amanecer, los grupos se dirigen juntos a las escuelas con banderas, camisetas intervenidas o el uniforme modificado, con la intención de “marcar” simbólicamente su despedida. Luego de la jornada, distintos cursos se concentran en plazas u otros espacios públicos para continuar con los festejos, ampliando la duración y la intensidad de la celebración.
En un primer momento, muchas instituciones permitieron estas manifestaciones, como los tradicionales “banderazos” y las “batucadas”. Sin embargo, con el correr del tiempo, varios colegios comenzaron a imponer límites más estrictos y restricciones, ante la repetición de conductas que ponen en riesgo la seguridad de los estudiantes y el normal desarrollo de la vida escolar.
El principal foco de preocupación es el mismo que surgió durante los debates en torno al UPD: la falta de sueño y el consumo de alcohol. Muchos estudiantes llegan a las aulas sin haber dormido y, en algunos casos, bajo los efectos de bebidas alcohólicas, lo que complica tanto su bienestar como el trabajo del personal docente.

Leandro, preceptor de quinto año en una escuela del barrio porteño de Almagro, explicó que el fin de año despierta una mezcla intensa de emociones en los adolescentes. Según relató, la alegría y la euforia por el cierre de una etapa “a veces impiden que se den cuenta de que están en un lugar donde tienen que respetar ciertas reglas”, lo que genera situaciones de difícil manejo dentro de las instituciones.
En ese contexto, los estudiantes suelen llegar con la intención de continuar el festejo dentro del colegio. Leandro remarcó que lograr que los chicos se ubiquen “en tiempo y espacio” se vuelve una tarea compleja, ya que muchas veces arrastran horas de desvelo y un estado de excitación que interfiere con cualquier intento de normalidad.
Martina, quien terminó el secundario el año pasado, contó que su colegio decidió adelantarse al UDQ para evitar conflictos. Relató que su curso tenía todo preparado para realizar el festejo, pero una semana antes las autoridades les informaron, de manera sorpresiva, que ese viernes sería el último día de clases, como una estrategia preventiva.
La joven sostuvo que la medida los descolocó, aunque no logró frenar del todo el espíritu de celebración. “Nos avisaron de un día para el otro, y aun así decidimos festejarlo otro día”, explicó, dejando en evidencia la tensión permanente entre las decisiones institucionales y la necesidad de los estudiantes de marcar ese momento como algo único.
En los últimos días, un hecho más grave encendió las alarmas en Mendoza. En el Colegio Santa María, perteneciente a la Universidad Champagnat, más de 100 alumnos protagonizaron una jornada de descontrol que terminó con importantes destrozos en aulas e instalaciones. El episodio fue calificado por la institución como una “seria alteración del orden institucional”.
El conflicto se habría desatado luego de que las autoridades prohibieran faltar al día siguiente de los festejos. Como respuesta, se aplicaron amonestaciones masivas y se activó un plan de reparación de los daños, que se extenderá hasta febrero, en un intento por recomponer el orden y generar conciencia sobre los límites de este tipo de festejos.
Desde la mirada de las familias, la preocupación es constante. Mariana, madre de 58 años que ya atravesó dos experiencias de hijos en quinto año, sostuvo que, aunque comprende la alegría de los chicos, el consumo de alcohol y los riesgos de estos eventos generan gran inquietud. Destacó la importancia del diálogo, la concientización y el acompañamiento, y recomendó la organización de grupos de padres para turnarse en la supervisión, como una forma de cuidar sin invadir y de encontrar un equilibrio entre la celebración y la responsabilidad.
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— misionesonline.net (@misionesonline) October 26, 2021
Fuente: TN.

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