“Sentí que lo único que me quedaba era morir”, el duro testimonio del joven rescatado por otra pasajera en la tragedia en Campo Viera

Gustavo Ezequiel Báez, una de las víctimas y sobreviviente de la tragedia del arroyo Yazá en Campo Viera, reconstruyó las horas de terror que vivió y contó cómo una joven pasajera lo sostuvo entre la oscuridad y el caos hasta que llegó el rescate.

Nueve personas murieron y 29 resultaron heridas tras el violento siniestro vial ocurrido el 26 de octubre, a las 4:30 de la madrugada, en el kilómetro 892 de la Ruta Nacional 14, en Campo Viera. Un colectivo de la empresa Sol del Norte colisionó con un Ford Focus y terminó cayendo al arroyo Yazá, mientras el automóvil quedó sobre la banquina. A casi un mes del episodio, uno de los sobrevivientes contó cómo fueron esos minutos desesperantes en plena oscuridad y dentro del agua.

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Como mucho de los pasajeros, Gustavo Ezequiel Báez viajaba para votar en las Elecciones Legislativas ese domingo. “Preparé mis cosas, ese día dije que iba a viajar ligero porque solo volvía para trabajar en la votación del día”, recordó. Subió al ómnibus en Oberá y se acomodó para dormir. Pero veinte minutos después, su vida cambió para siempre.

Sentí el primer impacto. Golpeé mi cabeza contra el techo y ya no podía mover los brazos”, describió sobre el momento exacto en el que comenzó el siniestro. Desde su asiento observó cómo el micro “serpenteaba” sobre la ruta hasta que vio “el borde del puente”. Luego llegó el segundo golpe y el vacío. “Conté unos 5 o 6 segundos mientras caíamos y después perdí el conocimiento”, relató.

“Lo único que me quedaba era morir”

Al despertar dentro del colectivo, ya sobre el arroyo Yazá, Báez descubrió que no podía mover su cuerpo. “Intentaba moverme con todas mis fuerzas, pero no podía hacer ni el mínimo movimiento”, relató. El agua avanzaba rápido. “Cuando sentí que ya estaba llegándome al cuello, tomé aire. Me sumergió todo el agua y me arrastró. Intenté flotar pero no podía moverme… lo único que me quedaba era morir”.

En medio del pánico y la oscuridad, escuchó una voz: era la de Yasmín Fernández, una joven que también viajaba en el colectivo. “Escuché su voz preguntando si estaba bien. A la segunda vez sentí su mano bajo mi brazo y me arrastró a la superficie. Ahí pude respirar”.

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Gustavo asegura que en ese momento comprendió que su vida dependía exclusivamente de ella. “Le dije: ‘mil gracias, me salvaste’. Yo no sentía ni mis piernas ni mis brazos. Si no fuera por ella, iba a estar muerto”, afirmó.

Ambos permanecieron en el agua entre cinco y diez minutos, sostenidos apenas por la fuerza de Yasmín. “Ella tampoco tenía fuerza suficiente para sacarme del agua, pero me consoló todo el tiempo. Nunca me dejó solo”, contó. La joven incluso utilizó la linterna del teléfono de Gustavo para guiar a otra pasajera que estaba en shock y para señalizar el lugar a los rescatistas.

El rescate en medio de la niebla y el frío

La llegada de los primeros bomberos y policías ocurrió cerca del amanecer. “Lo único que escuchábamos eran los pájaros y los sollozos de la gente. Muchos ya no respondían”, relató el joven.

Los rescatistas lo inmovilizaron y lo trasladaron por la empinada barranca hasta un patrullero, desde donde finalmente fue derivado a hospitales de la zona y luego a Posadas. Allí confirmaron que tenía fractura de fémur, lesiones en el acetábulo y daño en las vértebras cervicales C3, C4 y C5.

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Esas lesiones explican por qué no podía moverme en el agua. La C3 controla funciones de respiración y órganos. Si estaba dañada, podía quedar inmóvil o con asistencia de por vida”, le explicaron los médicos.

Tras dos cirugías y varios días en terapia intensiva, Báez recibió el alta transitoria el 12 de noviembre. Hoy continúa con rehabilitación y reposo estricto en su domicilio. No cuenta con obra social y su familia organiza colectas y ventas para costear los tratamientos.

Agradecimientos y una cadena de solidaridad

Gustavo también recordó la ayuda que recibió desde el primer minuto: “Quiero agradecer a toda la gente que donó, a mis amigos, familiares, desconocidos, todos los que se acercaron sin motivo alguno”. También destacó el acompañamiento de docentes y estudiantes de la facultad, autoridades municipales y personal de salud.

Pero su mayor reconocimiento es para quien le salvó la vida: “Sin Yasmín yo no estaría acá. Lo que inició la cadena de gente solidaria fue ella. Cuando yo ya había perdido la fe, ella apareció. Por eso estoy mil veces agradecido”.

Con la voz aún quebrada por el trauma vivido, Gustavo asegura que la única forma que encuentra para agradecer es “vivir la vida lo mejor que pueda” y retribuir cada gesto recibido.

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