Por Emilia Lunge · Psicóloga
“Lo dije en mi red personal”, dijo como defensa.
Pero cuando la que habla es una docente y concejal electa, no hay ámbito “privado” que la exima de responsabilidad pública.
Lo que se expresa desde un lugar de poder siempre tiene consecuencias. Porque educar y representar no son tareas neutras. Y mucho menos cuando lo que se reivindica es un símbolo del horror.
En estos días, el comentario publicado por la concejal de Montecarlo Patricia Buckmayer —quien además es docente— encendió una alarma. No solo por lo que dijo (“Falcon verde… apto para acarrear zurditos llorando”), sino por lo que su justificación pone de manifiesto: el debilitamiento del lazo social, la banalización del odio y la falta de conciencia sobre los efectos subjetivos y colectivos de lo que se dice.
Como psicóloga, me preocupa profundamente que desde una posición de referencia educativa y política se legitimen expresiones que no solo violan principios democráticos, sino que también refuerzan patrones de violencia simbólica que impactan directamente en la salud mental y emocional de niños, niñas y adolescentes.
Provocación como estrategia, no como exceso
El informe La provocación permanente de la consultora Ad Hoc ayuda a entender que este tipo de frases no son exabruptos espontáneos, sino parte de una lógica de poder. El gobierno nacional y sus representantes más radicales han convertido la provocación en una herramienta sistemática de construcción discursiva:
- Se lanzan frases hirientes, polarizantes o grotescas,
- Se genera ruido mediático,
- Se polariza la opinión pública y se tensiona emocionalmente a la sociedad.
En este marco, la idea de “lo dije en mi red privada” es una falacia:
Cuando alguien ocupa un lugar de poder simbólico —como una banca política o un aula—, lo que dice no es “privado”, porque forma e influencia, directa o indirectamente.
El acto de “provocar” desde una red social personal se convierte en una herramienta política, no importa el espacio donde se diga.
De la violencia simbólica al aula
Como psicóloga con trayectoria en espacios educativos, puedo afirmar que las violencias más graves no siempre gritan. A veces se filtran como memes, frases irónicas o “chistes” que normalizan el desprecio. La referencia al “Falcon verde” no es solo un símbolo macabro: es una pedagogía del odio, un mensaje que dice “merecen ser callados, arrastrados, eliminados”.
¿Qué efecto tiene esto en una escuela?
- Deslegitima los discursos institucionales sobre respeto y convivencia.
- Habilita prácticas de acoso entre pares, sobre todo contra quienes piensan distinto, se expresan con sensibilidad o simplemente no encajan.
- Deja a los docentes en un lugar incómodo donde lo que se enseña en el aula choca con lo que se legitima desde el poder.
Y lo más grave: genera una subjetividad desgastada, que empieza a naturalizar la violencia como forma válida de vínculo. Si desde un lugar de autoridad educativa alguien puede burlarse del otro sin consecuencias, ¿qué esperan los estudiantes?
Subjetividades hiperexpuestas y frágiles
En la era de las redes sociales, como bien explica Paula Sibilia, la identidad se construye desde la exposición, desde mostrar quién soy, qué opino, a quién ataco o a quién me enfrento. Y esa exposición, a veces, se convierte en una performance de agresión: gano visibilidad si digo algo escandaloso, si genero reacción.
Desde la psicología, sabemos que no todas las palabras pesan igual. Algunas salen como un disparo: sin filtros, sin pausa, sin pensar. Son expresiones impulsivas, muchas veces cargadas de rabia o desprecio, que encuentran en el insulto o la burla su forma más cruda. No requieren elaboración, ni tiempo, ni empatía. Solo necesitan una chispa para explotar.
En cambio, construir una palabra que cuide, que abrace o que repare, es mucho más complejo. Requiere que algo dentro de nosotros se detenga, piense, sienta y elija. Requiere regulación emocional, capacidad de simbolizar lo que nos pasa, y un reconocimiento profundo del otro como alguien que también siente, también sufre, también merece respeto. Por eso las respuestas amorosas no brotan con la misma facilidad. Porque no son reacciones automáticas: son elecciones conscientes, trabajosas, y muchas veces agotadoras.
Por eso el discurso amoroso es más costoso, más difícil de sostener, más agotador. Y por eso no basta con decir que “el amor vence al odio” si no hay políticas públicas que lo respalden estructuralmente. Sostener el cuidado requiere estructura, tiempo, inversión, trabajo emocional y acompañamiento sostenido.
Cuando una representante política y educadora hace apología del terrorismo de Estado, no hay “red personal” que la excuse. Lo privado no es lo íntimo cuando se tiene voz pública. Y la educación democrática no puede convivir con la romantización del odio disfrazado de libertad de expresión.
El desafío es enorme: construir entornos escolares y sociales donde la palabra no hiera, donde el respeto no sea ingenuidad, y donde el amor —entendido como ética del cuidado— no sea una frase decorativa, sino una política estructural de acompañamiento, prevención y reparación.
La provocación sin consecuencias no solo lastima: forma subjetividades hostiles, inseguras y frágiles. Por eso, más que nunca, es urgente defender la palabra como puente, la política como construcción común, y la educación como refugio ético.


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