El Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH) afecta a personas de todas las edades. En algunos casos, cada vez con más frecuencia, reciben el diagnóstico, pero muchas personas se enteran en la adultez de su condición. En la última emisión de Más allá de las barreras, se abordó esta condición desde la mirada profesional y también en primera persona con la participación de Araceli Núñez y su madre.
La psicóloga Rita Filich M.P. 647, la psicopedagoga María Núñez y su hija Araceli compartieron sus experiencias en torno al TDAH, una condición neurobiológica que, si no se aborda a tiempo, puede limitar seriamente la vida escolar, social y emocional de quienes lo padecen.
“El TDAH es un trastorno de déficit o de atención con o sin hiperactividad. Los principales síntomas que se ven es esta dificultad en la atención que puede ser tanto el pasar de un objeto a otro, de una cosa que está haciendo a otra como también hacer hiperfoco en algunas cuestiones que son las de interés, una dificultad en las funciones ejecutivas. Lo que pasa es que todas estas cuestiones todos las tenemos en mayor o menor medida. El problema radica cuando le dificulta llevar una vida normal a estas personas cuando le impide hacer algunas actividades”, señaló Filich.
La especialista remarcó que no se trata solo de niños inquietos. “Cuando una persona no puede quedarse quieta y eso le impide hacer tareas o relacionarse, ahí es donde hay que intervenir. Por eso cada caso es distinto y se evalúa qué síntomas son los más intensos”.

En adultos, el cuadro cambia. “La hiperactividad suele disminuir con la edad, pero aparecen otras señales como la dificultad en la planificación, ansiedad, problemas de concentración. A veces, para calmarse, recurren a adicciones porque no tienen las herramientas para autorregularse”, precisó Filich.
TDAH en primera persona
Por su parte, Araceli Núñez, una adolescente diagnosticada con TDAH, contó cómo transita la escolaridad. “Si el tema no me interesa, me distraigo hablando con mis compañeros. Pero si me gusta, me hiperfoco. Me esfuerzo mucho y me sale bien. Me pasa con la música y el dibujo”. A pesar de las dificultades, también resaltó sus fortalezas. “Escribo desde muy chica. Me gusta leer. Aprendí sola a leer cuando tenía cuatro años y medio”.
Su madre, María Núñez, recordó cómo empezaron a notar los síntomas. “Fue en sala de 4. No se quedaba quieta, no seguía consignas. Pintó un pingüino rojo porque le pareció mejor. Me costó aceptar que algo le pasaba”. Sin embargo, manifestó las fortalezas de su hija, a pesar de padecer esta condición. “Ella escribía desde muy chica poemas por ejemplo, historias, obra de títeres escribía algo. Ella aprendió a leer sola cuando tenía cuatro años y medio, entre los cuatro y cinco años. Yo en ese tiempo estaba terminando la carrera, entonces ella al estar conmigo se aprendía… todo lo que yo estudiaba ella también lo sabía y ahí empezó el proceso de aprender a leer y lee muchísimo”.
“El tema del celular es un capítulo aparte. En el caso de ella por ejemplo le provoca mucha más ansiedad de la que ella por sí mismo tiene, entonces por temporadas yo le saco el teléfono. Entonces, ella vuelve a los libros y a veces como también ella tiene una dificultad para dormir ella en una noche te puede leer un libro”.
Aun así, los primeros años de socialización no fueron fáciles, ya que en primer grado recibió múltiples advertencias de la escuela. “Incluso nos invitaron a retirarnos. En otra escuela, que supuestamente era mejor, fue peor. No toleraban la disrupción. Las nenas con TDAH no son tan visibles como los varones, pero Ara tenía el tipo combinado, déficit atencional e hiperactividad”, contó la progenitora.
Con el paso del tiempo, la paciente logró autorregularse. “Tomó medicación durante dos años y medio, coincidió con la pandemia. Luego, al encontrar otras herramientas, pudimos dejarla. En casa implementamos rutinas, horarios para dormir, para comer, para bañarse. Yo le indicaba paso por paso. Si no, se perdía en el camino”.
Otra de las aristas abordadas en el programa fue la discriminación, quien trajo a colación la problemática en la mesa fue la conductora Noelia Olivera. “Actualmente ya no siento discriminación, sobre todo por la escuela que voy que trabaja mucho con esto de las neurodivergencias, pero antes sí. Sobre todo en primero, segundo, mis compañeritos me molestaban todo el tiempo, porque yo era muy inquieta con una personalidad muy aplastante, por así decirlo, y por eso me rechazaban. Pero cuando crecí, como si ya fueron disminuyendo mis síntomas, por el tratamiento y porque crecí, ya no me molestaban tanto con eso y ahora en la escuela en la que voy está bien, porque trabaja mucho con esos temas”, reveló Araceli.
“En el 80% de los casos es hereditario”
Por otro lado, en relación con las causas causa del TDAH, la psicopedagoga sostuvo que “es hereditario, pues en el 80% de los casos, alguno de los padres también lo tiene. Cuando diagnosticamos a un chico, muchas veces el papá o la mamá nos dice ‘a mí me pasa lo mismo’”.
La aceptación del diagnóstico no siempre es sencilla. “Se estigmatiza”, apuntó Filich. “Decir ‘trastorno’ ya genera rechazo. Por eso muchas veces hablamos de ‘condición’. Aunque, para las obras sociales, el diagnóstico es clave porque si no, no se puede acceder a las terapias necesarias”.
Una vez recibido el diagnóstico, lo que sigue es el tratamiento con profesionales. “Psicología, psicopedagogía, control médico y, en algunos casos, fonoaudiología o terapia ocupacional. Esta última es clave para evaluar aspectos sensoriales, texturas, colores, ropa, ruidos. A veces hay indicadores similares al autismo, por eso es fundamental el diagnóstico diferencial”.
Una diferencia entre TDAH y autismo, explicó, es que “en el autismo hay dificultad para relacionarse con el otro, no se entienden los gestos ni las emociones ajenas. En el TDAH eso no está. Son personas que entienden perfectamente, pero por su impulsividad o hiperactividad, terminan aisladas”.
El entorno escolar puede ser determinante, para bien o para mal. “Pasar de una escuela a otra, leer los chats de padres, escuchar barbaridades… Es una tortura”, sentenció Filich. “El momento de intervenir es cuanto antes. Nos perdemos la oportunidad de darles herramientas. No importa tanto el nombre del diagnóstico, importa ver qué necesita esa persona”.
“El diagnóstico es una brújula. Nos orienta, nos dice qué observar, qué esperar. Sin él, es imposible avanzar. Y sin reconocimiento, no hay cobertura. Y sin cobertura, no hay tratamiento”, acentuaron.
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