Consumía desde los diez, venció 16 años de adicciones y un intento de suicidio: hoy ayuda a otros a superar el consumo problemático

Ángel Rauber, operador socio-terapeuta en adicciones, compartió su propia experiencia con el consumo problemático, un recorrido de 16 años en los que sufrió y luchó por superar una adicción que lo consumió desde la niñez.

«Comencé a consumir alrededor de los 10 años», recuerda Rauber, quien a tan corta edad ya se encontraba sumido en un mundo de sustancias. Su historia no es un caso aislado. Él enfatiza la complejidad de las adicciones y cómo éstas son un proceso largo y doloroso, no una enfermedad que surge de un día para otro. Según Rauber, «la adicción es un proceso de vida que tiene que ver con rupturas familiares, conductas de abandono o sobreprotección en muchos casos, y con la búsqueda de lo que no se encuentra en el hogar».

A través de su experiencia personal, Rauber identifica una de las principales causas que lleva a los jóvenes a consumir. «El consumo empieza en casa. No es necesariamente por un deseo de consumir sustancias, sino por las ausencias o vacíos dentro del núcleo familiar», reflexiona. Él, de hecho, vivió una separación de sus padres que, para él, fue un punto de quiebre. La ruptura familiar, sumada a la depresión de su madre y a la ausencia de su padre, lo empujó a buscar fuera de casa lo que no encontraba dentro.

Rauber destaca que, aunque la familia no es la única responsable, sí juega un papel clave en la prevención o el desarrollo de adicciones. En su caso, las ausencias y la sensación de rechazo fueron factores determinantes. «Me sentía apartado, desplazado, y comencé a buscar en la calle lo que no había encontrado en casa», recuerda con dolor.

A medida que fue creciendo, Rauber fue introduciéndose en el consumo de sustancias. «El cigarrillo y el alcohol fueron lo primero, lo más accesible. Luego vinieron las pastillas, la marihuana y otras sustancias. Y todo esto se dio en un contexto de crisis social y económica en mi país, que generó en muchos chicos la facilidad de acceder a drogas», explica.

A lo largo de 16 años de consumo, Rauber formó una identidad marcada por la adicción, un proceso que describe como inevitable para quienes atraviesan esta enfermedad. «La adicción es una relación que se teje entre la persona y la sustancia. Uno construye su identidad en torno a lo que consume, desde la música hasta la ropa, todo está relacionado con esa identidad», señala Rauber, quien, con el tiempo, llegó a sentirse totalmente absorbido por esa vida.

El momento más crítico de su vida llegó cuando, debido a su comportamiento, su familia lo echó de casa. «Mi padre me dijo: ‘No vengas nunca más. Si elegiste esta vida, metele, pero no me hagas parte de ella’. Ese fue el momento en el que realmente sentí la soledad y la marginalidad», rememora.

Rauber reconoce que, en su estado de adicción, sabía que su familia le brindaba lo básico cuando lo necesitaba, como comida y ropa. Sin embargo, también reconoce que estaba alimentando su enfermedad al regresar, siempre buscando algo que lo sustentara para seguir con su adicción.

Para Rauber, el proceso de salir de la adicción no fue fácil. «Después de tantos años, uno ya tiene una identidad construida en torno al consumo. Es difícil romper con todo eso. El proceso de dejarlo no fue solo un esfuerzo mío, fue un trabajo interno, de mucha reflexión y, sobre todo, de aprender a construir una nueva identidad sin la adicción», afirma.

En cuanto a la relación entre la familia y el adicto, Rauber afirma que es complejo poner límites, sobre todo cuando la persona no está lista para dejar su vida de consumo. «Nadie quiere ser un adicto. Nadie quiere ser tratado como tal. Pero tampoco quieren dejar de consumir», subraya Rauber, quien considera que esta negación es una de las principales barreras para superar la adicción. «La persona sabe que todo está mal, que la sustancia lo está destruyendo, pero no puede dejarlo. Ahí es donde entra la negación, un proceso psicológico complicado», explica.

El punto de inflexión llegó cuando, tras un intento fallido de quitarse la vida, Rauber se dio cuenta de que necesitaba ayuda. “Mi intento de suicidio no fue porque quería quitarme la vida, sino porque me sentía un estorbo, cargado de culpa y dolor. Ya no me sentía capaz de pedir ayuda a mi familia”, revela con sinceridad. Fue en ese momento cuando, buscando escapar de su tormento, se encontró con la idea de pedir ayuda a Dios, algo que describe como un acto literal y metafórico de búsqueda de algo más allá de la desesperación.

“Aquel camión que pasó a menos de 10 metros de mí y logró esquivarme fue como un aviso de que algo más había para mí”, comenta Rauber, visiblemente emocionado al recordar esa experiencia. Desde ese momento, su vida comenzó a cambiar, y fue su hermano quien, al enterarse de su situación, le brindó el apoyo necesario para empezar un tratamiento. La llamada de su hermano, después de años sin contacto, se convirtió en el primer paso hacia su recuperación. “En ese momento entendí que el primer paso lo tiene que dar la persona, pero también la familia debe ser parte del proceso”, afirma.

A pesar de la importancia del apoyo familiar, Rauber subraya la necesidad de un tratamiento interdisciplinario. La Ley Nacional de Salud Mental, que establece que las adicciones deben ser tratadas como parte de las enfermedades mentales, y la inclusión de la familia en el tratamiento, son aspectos que valora profundamente. “La familia es el sostén de la persona. Sin ella, la rehabilitación sería mucho más difícil”, afirma Rauber, quien también destaca el valor de la intervención y la sensibilización de los familiares.

Internaciones involuntarias 

En cuanto a la cuestión de las internaciones involuntarias, Rauber se muestra cauteloso. Aunque reconoce que en su caso no hubiera querido ser internado de manera forzosa, admite que tal vez le habría ahorrado muchos problemas. “Me hubiera salvado de muchísimos problemas, aunque entiendo que la involuntariedad del tratamiento es un tema complejo”, explica. De todos modos, resalta que lo más importante es la oportunidad de trabajar con la persona y con la familia para garantizar una rehabilitación exitosa.

Tras superar su adicción, Rauber comenzó a trabajar en el centro de rehabilitación “Reto a la Vida” y en el Centro provincial de prevención y asistencia integral para el control de las adicciones ubicado en Posadas. Allí descubrió que ayudar a otros le permitía reforzar su propia recuperación. “Ayudar a otros me ayudó a encontrar un propósito, a crear una nueva identidad y a reflejarme en los valores que me sostenían en el proceso de sanación”, cuenta Rauber, quien también se capacitó como operador socio-terapéutico para adquirir herramientas que le permitan ayudar a más personas.

Actualmente, Rauber sigue en su camino de recuperación, y compartiendo su testimonio con aquellos que atraviesan la misma situación que él vivió. “Es un trabajo de todos los días. La recuperación no termina nunca. Se sigue trabajando constantemente en la identidad, en la restauración de vínculos, en sanar relaciones y, sobre todo, en fortalecer la voluntad de no consumir”, afirma.

Rauber finaliza su relato con un mensaje: “No hay que esconderse, no hay que callar. Hablar sobre la adicción es lo primero para romper con el estigma. Las personas que atraviesan esta enfermedad necesitan ser escuchadas y acompañadas, y la sociedad tiene un papel fundamental en eso”.

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