Luego del siniestro vial que protagonizó una joven de 19 años en la ciudad de Posadas, la jueza de Faltas Bettina Balbachán analizó en profundidad los factores sociales, culturales y legales que rodean a quienes conducen bajo los efectos del alcohol. “Cuando uno se sienta al volante alcoholizado, lo que tiene entre manos es un arma”, remarcó.
Entrevista Red Ciudadana
La conductora circulaba al mando de una Renault Duster sobre la avenida Tambor de Tacuarí cuando, alrededor de las 5 de la mañana del viernes, colisionó contra un Fiat Palio estacionado, provocando un choque en cadena que también afectó a un Ford Falcon. Personal policial y sanitario constató que la joven no presentaba lesiones, aunque el test de alcoholemia arrojó un resultado de 1,37 gramos de alcohol por litro de sangre.
“El alcohol está vinculado a la diversión”
Balbachán remarcó que el consumo de alcohol al volante no puede abordarse solamente desde una óptica normativa. “El alcohol está vinculado a la diversión, es de consumo abierto, es de fácil adquisición, la publicidad impulsa constantemente su consumo. Todo eso está arraigado en la sociedad”, explicó.
Y añadió: “Al mundo normativo todos lo conocemos, sabemos que no hay que consumir alcohol. Pero existe este otro mundo social que impulsa todo lo demás, y cuando esos dos mundos se enfrentan, ocurren estas cosas”.
Frente a quienes todavía justifican el consumo mínimo, lanzó: “Cero es cero. Ya ni siquiera se puede decir ‘una latita no me hace nada’. Eso es incomprobable. Cada cuerpo reacciona distinto”.
Sobre las sanciones previstas en casos de alcoholemia positiva, indicó: “De acuerdo a la cantidad de alcohol en sangre, aplicamos diferentes tiempos de suspensión de la licencia. Más de 1,5 gramos implica un año. Hemos tenido casos de 3,60, que es casi un coma etílico”.
Sin embargo, reconoció que muchas personas reinciden tras cumplir las sanciones: “No existe en la legislación algo así como una ‘muerte civil’ que le quite todos los derechos. Se puede llegar a una suspensión definitiva en casos de reincidencia grave, pero esa persona puede hacer el curso, esperar el año y volver a manejar”.
En su experiencia, el impacto de las multas económicas suele ser menor que el de otras medidas. “A veces a las personas les duele más tener que ir a hacer el curso de capacitación en la Escuela de Seguridad Vial que el monto de la multa. Eso es tremendo, lo vivo diariamente”.
También se refirió al abordaje judicial en casos de siniestros: “Hay jueces que consideran que hay culpa o negligencia. Otros aplican la teoría del dolo eventual. Es decir, que la persona se representó el resultado posible de su conducta y aun así avanzó. Para mí, claramente hay dolo eventual cuando alguien maneja alcoholizado”.
Consultada sobre si existe una sanción social suficiente ante estas conductas, la jueza consideró: “Más allá de la hipocresía, hay una mirada social condenatoria. Se ve al conductor alcoholizado como alguien que se abandonó a los placeres y no tuvo en cuenta al resto. Eso se nota incluso en espacios sociales, donde ya no se ve como un tonto al que no toma, sino que se respeta más a quien dice: ‘No, tengo que manejar’”.
Pese a todo, mostró un atisbo de esperanza. “Hemos mejorado. Falta muchísimo, por esos mensajes contradictorios que aún persisten, como fabricar autos que superan los 200 km/h cuando ninguna autopista permite esa velocidad, pero creo que algo va cambiando”.
Finalmente, opinó que cualquier política pública debe ir acompañada de educación: “Cuanto antes aprendamos todo esto, en todas las instancias educativas, más fácil será que estas cosas se diluyan. Como cuando nos enseñaron a usar una cuchara, hay que empezar desde la infancia”.

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