Nació como un sueño de padres y jóvenes neurodivergentes en San Juan y es el primer proyecto de una cooperativa que apuesta a la inclusión laboral, la autonomía y la economía social.

“Este es el primer proyecto de la cooperativa. La meta es muy ambiciosa y soñamos con incluir a más jóvenes con discapacidad. Enseñar y acompañar a los jóvenes en esta nueva etapa de sus vidas es una experiencia profundamente transformadora”, expresa Cristina Casivar, mamá de Juan Diego y José, y secretaria de la cooperativa.
Cristina relata que el impacto es visible cada día: “Se percibe en el interés de los chicos por su vestimenta —remeras, gorras—, en su crecimiento en habilidades sociales como el saludo, el agradecimiento, y en la atención al público. Se sienten parte de algo importante y eso se nota en su mirada, en sus gestos, en su compromiso”
Una comunidad unida
La historia de “Santa Josefina” no es la de un emprendimiento comercial común. Es una construcción comunitaria que surge de redes, de afectos, de instituciones que se abren a escuchar y de familias que, ante las dificultades, eligieron organizarse. Desde el primer día, el arzobispo Jorge Lozano apoyó la iniciativa, y el padre José Juan García, miembro de la Comisión de Justicia y Paz, fue clave en cada paso del camino. “Trabajamos con algunas alternativas y llegamos a la conclusión de que lo mejor sería convertirnos en una cooperativa que incluyera a los padres y a los chicos”, detalla Cristina.

El modelo cooperativo fue asesorado por la Dirección de Asociativismo. Desde el INAES (Instituto Nacional de Asociativismo y Economía Social), les brindaron herramientas legales y administrativas fundamentales: inscripción formal, libros contables aforados (actas, diario, inventario y balance, registro de asociados) y formación básica para constituirse como entidad de la economía social.
“Tuvimos charlas y talleres con el INAES, capacitaciones en la Escuela ASAL, y desde la Dirección de Personas con Discapacidad y de Políticas para la Equidad nos ofrecieron un curso adaptado en Manipulación de Alimentos. Participamos también los padres, estudiamos, rendimos y sacamos los carnets habilitantes. Fue un proceso de aprendizaje colectivo que generó una transformación en todos nosotros”, completa.

El espacio físico también fue producto de la solidaridad: la Universidad Católica de Cuyo les cedió en comodato un local que estaba en desuso. Fue acondicionado con la ayuda de muchas manos voluntarias y equipado para su funcionamiento. Hoy, ese espacio vibra con la calidez de una comunidad que quiere otra realidad posible.
La cooperativa arrancó comercializando productos de panificación elaborados por proveedores externos: pan, medialunas, budines, facturas, pan rallado, tortitas, cremonas y semitas. También ofrecen sándwiches y tortas por encargo. En una segunda etapa, planean incorporar maquinaria propia para producir internamente. Y el sueño final, que ya tiene forma en sus corazones, es abrir un café literario atendido también por personas con discapacidad.
“Es importante tener todo en regla porque eso nos permite crecer, acceder a subsidios y abrir las puertas a nuevos socios. Soñamos con que se sumen más jóvenes con discapacidad. Que esto sea un trabajo como cualquier otro, donde se respete el esfuerzo y se valore la contribución de todos. Y sobre todo, que nuestros hijos puedan tener un futuro autónomo, también cuando nosotros ya no estemos”, reflexiona.
Todos podemos
La dimensión humana de esta historia traspasa barreras. No solo por lo que los chicos están logrando, sino por el mensaje que están transmitiendo a la sociedad: con apoyo, inclusión y oportunidades, todos podemos.

“La sociedad está viendo que con esfuerzo, constancia y acompañamiento, los jóvenes pueden lograr grandes cosas. Es más que importante que el Estado exija el cumplimiento del cupo laboral para personas con discapacidad, como establece la ley. En San Juan se ha avanzado, pero aún falta para lograr una Patria que nos incluya a todos, como lo decía el Papa Francisco”, concluye la mamá.
Desde la cooperativa hacen un llamado a la comunidad para sumarse a este sueño. Están buscando estudiantes voluntarios de la Universidad Católica de Cuyo u otras personas que quieran colaborar con el reparto a domicilio, el acompañamiento o simplemente difundiendo la experiencia.
A un mes de su apertura, esta panadería dejó de ser solo un emprendimiento para convertirse en una señal clara de que otro mundo es posible cuando la inclusión se convierte en verdadera práctica.
En San Juan, este equipo ya es popular y valorado entre los clientes, que son recibidos siempre con la mejor sonrisa, una gran actitud y mucha responsabilidad.
Fuente: TN








