El día a día en Malvinas, entre el frío, el hambre y el sacrificio: la historia de un excombatiente

Miguel Talavera, excombatiente de Malvinas oriundo de Eldorado, Misiones, recuerda claramente aquellos días de abril de 1982. A pesar de que su servicio militar estaba a punto de finalizar, la historia de Argentina y las Islas decidió cruzarse en su camino. Al igual que muchos otros jóvenes, Talavera no sabía que el destino lo llevaría al conflicto bélico más importante de la historia reciente del país.

“Entré al servicio militar en 1981 y ya en 1982, cuando estaba por salir, nos informaron que las Malvinas habían sido tomadas por las fuerzas británicas. Así que suspendieron todas las licencias y vacaciones”, recuerda. A mediados de abril, el Regimiento 4 de Infantería de Monte Caseros, unidad en la que Miguel prestaba servicio, partió rumbo a las islas. El viaje, que duró diez días, concluyó el 25 de abril, cuando finalmente llegaron a Malvinas. Allí comenzaron a vivir una experiencia que los marcaría para siempre.

El primer contacto con el combate ocurrió en Monte Kent , y luego en Monte Harriet , donde Talavera y sus compañeros vivieron sus momentos más dramáticos. “La primera batalla fue el 10 de abril, la siguiente, el 12. Y finalmente, el 14 de junio, nos rendimos”.

El día a día de un soldado en las islas no estaba marcado por la calma ni por la rutina. “Cuando salimos de Monte Caseros, todo era euforia. La alegría, la emoción de defender lo que sabíamos que era nuestro. Pero al llegar a Malvinas, todo cambió”, recuerda. El clima helado, la constante amenaza de los ataques enemigos y, con el paso de los días, la escasez de alimentos, transformaron esa inicial emoción en una lucha constante por sobrevivir.

“No sabíamos qué iba a pasar. Si íbamos a volver, si íbamos a quedar heridos o incluso muertos”, admite Talavera. “Lo que todos querían era que la guerra terminara lo antes posible. Cuando nos rendimos, sentimos un alivio. Ya todo había acabado”.

“Nos hicieron creer que estábamos allí para defender nuestro territorio, las Malvinas son argentinas. Y nosotros creíamos en eso con todo lo que teníamos”. La convicción de esa causa fue el motor que los impulsó, aunque pronto las duras condiciones de vida empezaron a erosionar esa fortaleza inicial.

La vida cotidiana en las islas era, por decir lo menos, inhumana. “Los primeros días, nuestra tarea era cargar municiones de un lado a otro, limpiar los fusiles y estar siempre alertas. Pero todo cambió cuando los ingleses atacaron”, relata. Un bombardeo destruyó su cocina, y desde ese momento, el sufrimiento comenzó a tomar forma. El hambre, el frío y la constante tensión se convirtieron en sus compañeros de lucha.

“Nunca podías descansar. Durante el día, los cañoneos, y durante la noche, los barcos británicos disparaban. Eso fue todo el tiempo, día y noche. El cansancio y el hambre parecían no importar, porque estábamos siempre alerta, sabíamos que los ingleses iban a venir”, explica. Y ese estado constante de vigilia marcó no solo la vida de los combatientes, sino también sus recuerdos más dolorosos.

Según Talavera el miedo estaba presente en cada soldado, aunque nadie lo reconociera en ese momento. “El que diga que no tenía miedo, miente. Todos teníamos miedo. No sabíamos si íbamos a sobrevivir, si íbamos a volver a casa o si íbamos a quedar ahí para siempre. Pero seguíamos, siempre alerta, siempre listos para defender lo que creíamos nuestro”.

A más de 40 años de esos días, Miguel sigue manteniendo contacto con sus compañeros de batalla. “Con los chicos de acá de Misiones, la relación es bastante fluida. Nos juntamos, compartimos cenas, almuerzos, hablamos de lo que vivimos. Cada 2 de abril es como revivir lo que pasó en Malvinas. Es algo que nunca se va a olvidar”, dice.

Miguel no olvida el día en que se produjo el primer ataque británico: «Yo estaba de guardia, entrego mi turno y me voy a la carpa. En ese momento, un comando inglés atacó nuestra posición. La reacción fue inmediata: tomamos el fusil y salimos a defender lo que podíamos. Fue ahí cuando perdimos a nuestro primer compañero de la compañía B».

Y siguió: «Nosotros siempre estábamos alertas. Cualquier ruido o movimiento nos ponía en pie de guerra. No podías dormir tranquilo. Durante el día, los cañoneos, y de noche, los barcos británicos disparando sin cesar», describe con una mezcla de nostalgia y dolor.

El regreso a casa

El regreso a la Argentina, sin embargo, fue otro capítulo en la vida de Talavera. Tras la rendición, fue trasladado en el buque Canberra a Buenos Aires. «En el puerto de Madryn fue el único lugar donde nos trataron bien. El resto del trayecto fue en silencio. No podíamos hablar con nadie», cuenta. «Tardaron 10 años en darse cuenta de que habíamos estado en la guerra. La dictadura nos prohibió hablar de lo que habíamos vivido», explica.

En esos años de silencio, según dijo el abandono fue la norma. «Durante diez años, nos tuvieron completamente olvidados. Con la llegada de la democracia, algunos comenzamos a dar charlas en las escuelas, a participar en actos. Recién ahí, empezamos a ser escuchados», recuerda Talavera. Hoy, como excombatiente, siente que la sociedad aún no comprende completamente el sacrificio que hizo aquella generación de jóvenes. «A veces, me duele ver cómo nos tratan. Nos miran con desprecio, como si todo lo que hicimos no hubiera tenido valor», lamenta.

Para él, la guerra no solo dejó cicatrices físicas, sino emocionales. “Nosotros perdimos a muchos, algunos de los que volvieron no lo hicieron en cuerpo, sino en alma. Hoy, el número de suicidios entre excombatientes casi iguala al número de muertos en combate”, afirma, reflejando el profundo dolor de aquellos años perdidos.

Tal vez te interese leer: El Gobierno argentino reclamó por la soberanía de Malvinas y le pidió al Reino Unido retomar las negociaciones

Frente a esa realidad, Miguel insiste en la importancia de recordar y conmemorar. “Siempre digo, el 2 de abril no debe ser solo una fecha, debe ser una causa todo el año. La gente tiene que seguir participando, aprendiendo sobre lo que pasó, porque el sacrificio de Malvinas aún no está totalmente comprendido ni valorado”.

A sus compañeros, a aquellos con los que vivió la guerra, y a aquellos con los que aún no ha podido compartir su experiencia, Talavera envía un mensaje claro: “No olvidemos lo que hicimos, lo que sufrimos, y lo que logramos. Solo recordando, podemos honrar lo que pasamos y seguir luchando por que Malvinas siempre esté en la memoria de todos”.

Para él, el 2 de abril no es solo una conmemoración, sino un recordatorio de la necesidad de seguir luchando por la causa Malvinas. “Esos diez años de olvido, de desmalvinización, no deben repetirse. Participando y manteniendo viva la causa, podremos revertir todo eso. La historia de Malvinas necesita ser contada correctamente, con el respeto que nos merecemos”.

LA REGION

NACIONALES

INTERNACIONALES

ULTIMAS NOTICIAS

Newsletter

Columnas