2 de abril | A bordo del ARA 25 de Mayo: el relato de un excombatiente de Malvinas con solo 16 años

Por esos días, Jorge Bustos, excombatiente de Malvinas, tenía apenas 16 años. Su grado era el de marinero primero, una jerarquía intermedia que marcaba el inicio del camino en la Armada Argentina. Lo había comenzado un año antes, en 1981, cuando ingresó como aspirante a la Escuela de Mecánica. A fines de ese año, fue asignado al portaaviones ARA “25 de Mayo”, aún como parte de su formación. No sabía entonces que en pocos meses sería protagonista de uno de los episodios más dramáticos de la historia reciente del país: la Guerra de Malvinas.

«Volvimos de una navegación larga», recuerda Bustos. «Tuvimos franco unos días a fines de marzo, pero de golpe se cortó todo. Empezaron a caer los camiones con pertenencias, municiones, víveres. Los aviones de barcaza nos traían combustible. Se empezó a cargar el barco a full. Y eso no era normal». Los rumores corrían de boca en boca entre los jóvenes marinos: que había un conflicto con China, que algo grande se venía. Pero nadie hablaba de Malvinas, no todavía.

El 28 de marzo de 1982, zarparon. Y el 1 de abril, el almirante a bordo les comunicó oficialmente que formaban parte de la “Operación Rosario”. “Nos dijeron que íbamos a recuperar las Islas Malvinas y que la madrugada siguiente se iba a efectuar la operación. Fue todo muy rápido. Ya el 2 de abril a la madrugada los comandos tácticos habían tomado las islas”.

Jorge Bustos formaba parte de la dotación del portaaviones. En navegación normal, su tarea era la de ayudante de timonel. Pero en combate, se transformaba en cargador de hechos del montaje 7 de artillería, ubicado en la parte superior de la nave. “Nosotros vivíamos ahí arriba. El frío lo vivimos, todo era muy duro”, contó.

El relato de Bustos no tiene épica cinematográfica ni discursos inflamados. Está hecho de rutina, de horarios estrictos, de frío persistente y de funciones claras dentro de una maquinaria compleja. “En combate éramos parte de un engranaje. El marino no enfrenta directamente al enemigo. Es el barco el que enfrenta. Nosotros éramos parte de esa unidad”.

Mientras otros soldados vivían la guerra desde trincheras, Bustos y sus compañeros permanecían en cubierta, soportando el viento helado del Atlántico Sur. “El montaje estaba en la parte de arriba del portaaviones, detrás de los radares. Desde ahí teníamos que cubrir guardias de seis horas por seis de descanso. Era una rutina constante, sin pausas”.

No había lujos en la vida de los marinos. El agua caliente era un privilegio escaso en los barcos antiguos. Bañarse, comer, conseguir un poco de abrigo: todo requería paciencia y estrategia. “Con la cantidad de gente que había a bordo, pasar a comer te llevaba una hora, hora y media. Y después ya volvías a tu guardia, a tu rutina”.

El portaaviones ARA “25 de Mayo” operó en la zona de Puerto Argentino hasta el 4 o 5 de abril. Luego, se replegó hacia el norte. Aunque la guerra continuó durante semanas, Bustos y su unidad vivieron solo el tramo inicial del conflicto. “Después de esa etapa, volvimos a entrar a Puerto una vez más. Y luego salimos nuevamente».

La memoria de aquellos días le resulta fragmentaria. Las fechas se confunden, los detalles se diluyen. Pero el frío, la tensión, la incertidumbre, siguen ahí. Y también la convicción de que cada uno, desde su puesto, fue parte de algo que lo marcó para siempre.

“Orgulloso de haber estado”: la memoria viva de Jorge Bustos, excombatiente de Malvinas

La guerra empieza mucho antes del primer disparo. Para Jorge Bustos, la cuenta regresiva comenzó en enero de 1982, con una navegación rutinaria.

El joven marinero formaba parte de una tripulación que, sin saberlo, se preparaba para una operación histórica.

“La primera alarma de combate real fue el 2 de mayo, a la una de la mañana. Dijeron que venía un avión. Esperábamos los Harriers. Nunca llegaron, por suerte, porque capaz sería otra historia” dijo.

Ese día marcó un quiebre. Fue también cuando se enteraron del hundimiento del ARA General Belgrano. “Vino nuestro jefe y nos dijo: o era el crucero o éramos nosotros. El Conqueror lo venía siguiendo hacía cinco días. Le dieron la orden y lo hundieron”.

En el ambiente del barco, las sensaciones eran mixtas. “Había facciones divididas. Gente que no quería participar, otros que se sentían orgullosos, otros que empujaban para seguir. De todo un poco. Pero sí, orgullosos de haber estado, seguro”.

Bustos y su unidad participaron tanto en el TOM (Teatro de Operaciones Malvinas) como en el TOAS (Teatro de Operaciones del Atlántico Sur). Aunque no pisaron las islas, vivieron el conflicto desde el mar, enfrentando el mismo frío, la misma incertidumbre y el mismo miedo. “No sabías que iba a pasar. Y si se hunde el barco, se hunde todo».

El final de la guerra: «A veces sentís vergüenza por no haber hecho más»

Terminada la guerra, el regreso fue silencioso. “Nos mandaron a seguir con la rutina. A mí me asignaron una embarcación para mantenimiento. Era como si no hubiéramos estado en una guerra. Volvimos y tuvimos diez días de vacaciones. Después, otra vez a la base”. Volver a casa también tuvo sus desafíos. “Desde Puerto Belgrano hasta Posadas eran casi cuatro días de tren. Y uno venía con la cabeza todavía allá”.

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Hoy, Jorge tiene una familia, hijos, y una mirada más amplia sobre todo lo vivido. Reconoce la dureza del proceso, la juventud con la que enfrentó el miedo, y la carga emocional que aún perdura. “A veces sentís vergüenza por no haber hecho más, pero hicimos lo que teníamos que hacer. No nos tiramos al agua para volver. Cumplimos”.

El orgullo de haber servido sigue intacto. “Los soldados en tierra hicieron todo de manera heroica. Nosotros desde el agua hicimos lo que teníamos que hacer, también de forma heroica”. Y el recuerdo que lo que más le marcó no es una explosión ni un combate. Es la frase que lo puso frente a su destino: o el crucero, o el portaaviones. Y esa certeza de que, por muy poco, no fue él.

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