Juan Soloyezny, ex combatiente de Malvinas, relató su experiencia durante aquellos días con solo 20 años, que marcaron no solo su vida, sino la historia de todo un país. Con voz tranquila, rememoró cómo, en medio de la incertidumbre y la falta de información, su vida dio un giro inesperado.
«En ese entonces, la información era prácticamente inexistente», comenzó diciendo. «Yo era responsable de bombear y purificar el agua para el ejército y el barrio militar. Un día, me vinieron a buscar, me dijeron: ‘te vamos a llevar a la enfermería porque se recuperaron las Islas y hay que reforzar otros regimientos que fueron trasladados a Malvinas’. Así fue como, en cuestión de días, nos dieron instrucciones sobre enfermería, y nos pusieron rumbo hacia el sur.»
Aquel viaje a Malvinas no fue como cualquier otro. Fue un traslado que estuvo marcado por la incertidumbre, según el relato de Juan. «La información era muy vertical, muy escueta. No sabíamos mucho más allá de lo que nos decían».
En ese entonces, el sistema de comunicación era muy diferente al que conocemos hoy, y los soldados solo recibían fragmentos de información. Con estas instrucciones vagas, emprendieron su viaje, llegando primero a Río Gallegos, donde se les subió a un avión en la madrugada. «Amanecimos en las Islas, sin saber realmente lo que nos esperaba.»

El aterrizaje en las Islas Malvinas marcó el inicio de un nuevo capítulo. Juan y su equipo fueron asignados a Monte Wall, un lugar que, en ese momento, parecía relativamente tranquilo. «Caminamos todo un día hasta llegar allí, y estuvimos durante 30 días. Aunque hubo algunos aviones y barcos que se acercaban, no hubo una disputa concreta en tierra en esos primeros días. El recuerdo de esos momentos es algo nebuloso. No puedo decir que haya tenido la sensación de dormir o descansar como se debe; todo fue bastante confuso.»
El recuerdo que lo marcó para siempre y su experiencia cercana con la muerte y la fortaleza
La tranquilidad no duró mucho. El verdadero peso de la guerra llegó con el primer enfrentamiento. En el hospital de campaña, Juan fue testigo de lo que significaba estar en medio de un conflicto bélico. «El primer herido que tuvimos fue un santiagueño. Tenía el abdomen perforado, y tuvimos que hacer todo lo posible para salvarlo. Estaba el toque de queda, así que no podíamos trasladarlo a un hospital durante la noche. Pasamos toda la noche tratando de estabilizarlo, y aunque la situación era muy precaria, logró sobrevivir. Esa experiencia me marcó profundamente, porque entendí lo que significa la vida en un campo de batalla.»
El joven santiagueño, cuya vida pendía de un hilo, mostró una resistencia que sorprendió a todos. «El ser humano, cuando no le toca la hora de morir, tiene una fuerza increíble. Aunque tenía los intestinos perforados, la mano rota, y una situación extremadamente precaria, logró sobrevivir hasta el día siguiente, tras una operación de siete horas», recuerda Juan. Sin embargo, la lucha no solo era contra las heridas físicas. El entorno también jugaba en contra. Los soldados llevaban días sin bañarse, con la ropa sucia y los cuerpos impregnados por el olor a sangre, pólvora y la humedad de las islas.
A pesar de los horrores vividos, Juan no destaca el hambre como la mayor preocupación de aquellos días. «El hambre, en ese momento, no era lo que más me preocupaba. El frío, sí, pero el hambre… lo único que te importaba era sobrevivir, estar al frente, hacer tu trabajo», dijo.
Hoy, al mirar atrás y pensar en la edad que tenía cuando fue llamado a luchar, Juan reflexiona sobre la juventud y el contexto de aquel momento. «A los 20 años, uno no tiene realmente idea de lo que está sucediendo. No se puede entender del todo lo que implica ir a una guerra, las exigencias, el peso de lo que representa», comenta.
A través de sus palabras, Juan invita a entender el contexto de aquellos días, pero también recuerda la importancia de no restarle peso a las experiencias vividas por los jóvenes soldados. En medio de un conflicto tan complejo y lleno de sufrimiento, la historia de cada uno de ellos, su resistencia, su sacrificio, y su capacidad de sobrevivir, se vuelve un testimonio de humanidad y coraje.
«Malvinas es actualidad, no historia»
Juan no solo recuerda los horrores y sacrificios de aquellos días, sino que también se convierte en portavoz de una causa que trasciende el tiempo: mantener viva la memoria de los caídos y el respeto hacia los veteranos.
«Durante mucho tiempo se habló de los ‘pobres chicos de Malvinas’, pero la guerra es otra cosa», enfatiza con determinación. «Los números son contundentes. Tuvimos 632 muertos, de los cuales 323 fueron asesinados fuera de la zona de exclusión, cuando el barco fue hundido. La diferencia está clara: algunos murieron combatiendo en Malvinas, pero los ingleses también tuvieron bajas» dijo haciendo énfasis en lo que lograron pese a la diferencia de edad y experiencias.
Juan detalla con precisión las cifras de la guerra, desafiando la visión simplista de la historia. «Los ingleses tuvieron 255 muertos y 777 heridos en combate. Nosotros, 1062 heridos físicos, y muchos más con heridas psíquicas. De hecho, los suicidios post-guerra entre los británicos superaron los 270, y el número fue aún mayor entre los argentinos.» Habla con seriedad sobre el costo humano de la guerra, que no solo se mide en vidas perdidas, sino en las cicatrices invisibles que aún afectan a muchos.
«Nosotros no éramos chicos ni grandes. Éramos un país combatiendo con otro que tenía más experiencia, estaban mejor preparados», reflexiona. Sin embargo, subraya el coraje de los soldados argentinos que, a pesar de la desventaja, estuvieron a la altura de las circunstancias. «La diferencia en el número de muertos no es abismal. El costo fue alto, pero no nos vencieron tan fácilmente», dice con orgullo.
En esta misma línea, hizo un llamado urgente a la sociedad para que entienda la magnitud de lo que sucedió en 1982. «Malvinas no es un tema para otorgar honores a quienes no estuvieron allí, porque eso sería deshonrar a nuestros caídos, a nuestros héroes. No podemos permitir que la historia se distorsione, que se olvide el sacrificio de los 632 muertos y los más de 1000 heridos. Ese respeto, esa memoria, es lo único que podemos hacer por ellos», resalta.
Y con pesar, remarca que muchos de los soldados, tanto argentinos como británicos, lucharon con heridas que iban más allá de lo físico. «Muchos se suicidaron, otros se dejaron morir, y muchos lo hicieron de manera pasiva», cuenta, con la conciencia de que la guerra dejó marcas profundas que aún no han sido completamente reconocidas.
«Si nosotros, como sociedad, no respetamos y valoramos lo que ocurrió, no solo estamos deshonrando a nuestros muertos, sino que también estamos dando un mensaje equivocado al mundo», advierte. Para Juan, es imperativo que Malvinas sea vista no solo como un recuerdo, sino como una realidad viva. «Hoy, 43 años después, Malvinas es actualidad. No es historia para nosotros. Lo recordamos como si fuera ayer.»
En su mensaje final, Juan hizo un llamado a las generaciones futuras, a sus compañeros y a la sociedad en general. «Estamos trabajando para dejar un legado. Queremos un museo en Jardín América para preservar la historia de cada combatiente. No olvidemos que perdimos la batalla, pero no la guerra. Malvinas debe ser un tema latinoamericano, un tema que nos pertenezca a todos. Pero eso solo será posible si primero comenzamos por respetar y valorar a nuestros muertos y héroes», concluye.
Para Juan Soloyezny, el verdadero homenaje a los caídos y a los sobrevivientes es mantener viva la memoria de lo que sucedió, y transmitirla con el respeto que merece. «Si no lo hacemos nosotros, nadie lo hará por nosotros.»
A 43 años de la gesta de Malvinas, inauguraron una exposición en honor a los veteranos misioneros en la Cámara de Representanteshttps://t.co/7Lr9zPE4gF
— misionesonline.net (@misionesonline) March 31, 2025







