¿Cómo prepararnos para celebrar de verdad la Navidad?

El domingo anterior, el primero del Adviento, se nos invitó a estar alerta ante la venida del Señor, en continua vigilancia. En el segundo domingo de Adviento, se nos pide que seamos pacientes y nos preparemos bien para dicha venida. Tiene todo su sentido, porque no hay más que salir de casa para ver cómo las calles y las tiendas llevan varias semanas ya adornadas con luces y motivos navideños. Nos dicen continuamente que ya es Navidad, para que gastemos nuestro dinero disfrutando ahora de estas fiestas.

En lugar de dejarnos llevar por los anuncios comerciales que nos incitan a disfrutar ahora mismo de la fiesta navideña, la Palabra de Dios nos pide que seamos pacientes y nos preparemos convenientemente para poder experimentar la verdadera Navidad, en la que celebraremos el nacimiento del Niño Jesús entre nosotros y dentro de nuestro corazón.

Efectivamente, la verdadera Navidad, la cristiana, no tiene nada de frívola y superficial, pues afecta a lo más hondo de nuestra persona y al núcleo central de nuestra familia y nuestra comunidad. Es una fiesta llena de amor, cariño y ternura. Pero para que sea así, es preciso no precipitarse celebrando por adelantado esta fiesta, sino que debemos prepararnos interiormente para que dentro de dos semanas podamos experimentar el nacimiento del Niño Jesús. Entonces la Navidad sí será una verdadera fiesta, llena de sentido, porque la disfrutaremos en lo profundo de nuestro corazón y podremos compartir esa alegría con nuestros familiares y con nuestra comunidad cristiana.

¿Y cómo debemos prepararnos para celebrar de verdad la Navidad?. Por eso la Iglesia nos ofrece el tiempo de Adviento, para que realicemos un profundo examen de conciencia que nos ayude a poner ante nuestra mirada y, sobre todo, ante Dios, todo aquello que no está bien en nuestro interior.

El Adviento es un tiempo de recogernos interiormente, de entrar en nuestro «desierto» interior, en ese lugar íntimo y privado donde el Espíritu Santo está presente dentro de nosotros, y dejar que Él nos ayude a descubrir aquellos aspectos de nuestra vida que debemos cambiar: nuestras envidias y rencores, nuestros deseos pecaminosos, nuestras malas costumbres y todo aquello que nos separa de Dios y de las personas, y que, en definitiva, es perjudicial para nuestra vida, pues nos encamina a la amargura y la tristeza.

En conclusión, no nos adelantemos, seamos pacientes. Preparémonos interiormente para experimentar el nacimiento del Señor. De este modo, cuando celebremos la Navidad, haremos realidad lo que proclamamos en el salmo: experimentaremos la paz y la justicia, la misericordia y la fidelidad, la salvación y la gloria del Hijo de Dios, pues Él nacerá en nuestro humilde y limpio corazón.

Preparemos nuestro corazón, nuestra Familia, nuestra comunidad…

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