El gran desarrollo tecnológico en las comunicaciones ha cambiado las formas de interactuar y ha desplazado a un plano secundario la dimensión interpersonal profunda del encuentro frente a frente. Muchas personas sienten ese vacío.
Por otra parte, viene cobrando carácter de ‘valor’, ‘derecho’ o, al menos, norma asumida de convivencia, no meternos en la vida de nadie y que nadie se meta en la nuestra, para mantenernos tranquilos y libres de complicaciones y problemas.
Dios no quiere que nuestras relaciones interpersonales se queden a nivel de superficie. Podemos rellenar el vacío, aunque se nos complique la vida. Palabras como las que transmite el profeta Ezequiel “Si tú no hablas, poniendo en guardia al malvado…”, o las que Jesús dice a sus discípulos “Si tu hermano peca, ve y corrígelo…”, no nos permiten quedarnos alejados, pasivos o simplemente críticos ante la vida de las demás personas. “A nadie le debas nada, más que amor”, dice san Pablo. “Quien bien te ama, te hará sufrir”, añadimos nosotros; habrá ocasiones en que te corregirá, te llamará la atención o te aconsejará en forma distinta a tu gusto.
Cuando hay amor hay preocupación por mantener la relación y por restablecerla cuando se daña. No solo hacia los allegados. El amor cristiano se dirige a todos, alcanza también a los más débiles y pecadores, porque nadie debe quedar excluido de él. Como en el caso de la oveja perdida, que se busca dejando las noventa y nueve, la razón profunda de la corrección fraterna es tratar por todos los medios de que ninguno se pierda.
El individualismo no salva. Somos una entera familia humana en la que cuidarnos y salvarnos unos a otros. Sus vidas dependen de la mía y la mía de las suyas. La corrección fraterna no es –o al menos no es solo eso– una estrategia, una exigencia ética o una práctica pedagógica. Para los discípulos de Jesús es además un don de Dios con el que construir y alentar la comunidad creyente. Jesús menciona aún otra dimensión de la fraternidad: “Si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.
La reunión más característica de los cristianos, la Eucaristía, ha venido perdiendo práctica y vitalidad, hasta resultar algo ajeno para generaciones enteras. Son muchas las causas y nadie podemos eludir la responsabilidad que nos corresponde en que mucha gente no le encuentre sentido ni vean en ella algún significado para su vida.
Quizá la clave sea que en la Iglesia no se puede estar de cualquier manera: por costumbre, por inercia, por miedo… Los seguidores de Jesús han de estar “reunidos en su nombre”, convirtiéndose a él, alimentándose de su evangelio, sintiendo el atractivo de Jesús y el ánimo de su Espíritu. Él es la razón y el motivo del encuentro. Escuchar su mensaje, entender mejor el sentido de su vida, alimentar y reasumir nuestra fe, todo ello da sentido a nuestra reunión independientemente de quiénes y cuántos seamos.
No podemos quedarnos en la nostalgia de otro tiempo, ni en lo que nos hace sufrir, ni en lo que nos falta. Es mejor pensar en las posibilidades creativas de un verdadero encuentro con Jesús. Todos lo necesitamos, también los que se han alejado. Y también quienes aún necesitan conocerle. La comunidad de Jesús será lo que seamos nosotros, si somos capaces de repensar nuestra vida a la luz del evangelio.
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