Reflexión del Pastor Guillermo Decena: «Los peligros de la amargura II»

El Pastor Guillermo Decena enfatizó esta semana que "un cristiano amargado es un cristiano negativo, que nunca va a entender el amor de Dios por las almas perdidas, veamos qué nos dice la Palabra de Dios".

«Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados» (Hebreos 12:14-17).

La amargura nos priva del avivamiento porque no nos deja sentir compasión por la multitud de almas que están desamparadas, como ovejas sin pastor. Un cristiano amargado es un cristiano negativo, que nunca va a entender el amor de Dios por las almas perdidas. El amargado lo expresa con comentarios tales como “para qué tanta gente, para qué tantos números”.

La amargura bloquea el entender, quita la urgencia del evangelismo y apaga el avivamiento pues bloquea el amor que sana, el cual viene del Espíritu Santo. «Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención» (Efesios 4:30-32).

Es por esto que debemos hacer algo urgente con el tema de la amargura y echarla fuera con sus profundas raíces en el Nombre de Jesús. Sencillamente por dos razones: Porque entristece al Espíritu Santo, y porque lo aleja de nuestras vidas.

La raíz de amargura es una de las mayores causas por la cual muchos creyentes están en miseria, enfermos, e incluso, apartados de la gracia del Señor. La amargura se nutre de la falta de perdón, y desarrolla raíces con ella, también con la ira, el enojo y el hábito de maldecir. Es una puerta abierta para que los espíritus inmundos atormenten a la persona.

En la amargura hay siempre elementos que normalmente la producen y estos son: rechazos, injusticias, temor, dolor, frustración, carencias etc. La amargura es una contaminación que te hace olvidar las buenas obras que Dios te ha hecho experimentar y aun no deja ver lo que otras personas han hecho por nosotros.

Esta es una terrible arma del enemigo. Por eso, todo creyente debe perdonar y vivir con una continua actitud de perdón y con la determinación de no amargarse. En este marco, el Pastor Guillermo Decena propuso lo siguiente «veamos dos ejemplos bíblicos y enseñanzas que nos ayuden a superar la amargura»:

1- La amargura de Noemí.

La vida de Noemí es conocida por emigrar en un tiempo de crisis económica a la tierra de Moab. Allí no fue para la familia tierra de prosperidad, sino más bien tierra de sufrimiento y de muerte: muere el esposo, y posteriormente los dos hijos que estaban casados con mujeres moabitas, también mueren.

Quedando Noemí viuda, sin hijos y con sus nueras, decide entonces volver a la tierra de Israel, pero Rut, una de sus nueras, en un acto de tremenda fidelidad, decide no dejar a su suegra, e ir donde ella vaya. Cuando llegan a Belén, Noemí manifiesta con su boca la tremenda amargura que tenía por las pérdidas irreparables que había padecido: «Anduvieron, pues, ellas dos hasta que llegaron a Belén; y aconteció que habiendo entrado en Belén, toda la ciudad se conmovió por causa de ellas, y decían: ¿No es ésta Noemí? Y ella les respondía: No me llaméis Noemí, sino llamadme Mara; porque en grande amargura me ha puesto el Todopoderoso» (Rut 1:19-22).

Noemí afirma su amargura de una manera que muchas personas hacen: echándole la culpa a Dios de todas las desgracias acontecidas en sus vidas. Posteriormente Dios le da la salida, pero nos deja una enseñanza: para revertir la amargura hay que dejar de ofender a Dios atribuyéndole ser el origen de todos sus problemas.

A- Hay alguien más a quien culpar: Satanás es y siempre ha sido el enemigo del ser humano. La palabra “Satanás” significa adversario. Él es pues adversario de Dios y también de todas las cosas lindas creadas por Dios. “Él fue homicida desde el principio, y no se mantuvo firme en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira” (Juan 8:44). «Debemos entonces resistirlo, porque él está al acecho en todo momento para hacernos mal» (1 Pedro 5:8-9).

B- El pecado: El aborto, el divorcio, la eutanasia, el asesinato y el robo tienen una cosa en común. Son formas en que las personas intentan escapar de la responsabilidad que tienen por su propia situación, la cuál ellos mismos han provocado. «Cada uno es responsable de la calidad de su propia vida» (Gálatas 6:7)

C- El sistema: Jesús dijo: “en el mundo tendréis dificultades…” Vivimos en un sistema de pecado, corrupción y maldad. Por un lado, se escandalizan del mal y por otro se promociona el mal. ¡Es un sistema de hipocresía absoluta! Así que si la persona le echa la culpa a Dios, lo que hace es eternizar en su vida un círculo interminable de amargura.

D- La decisión del ser humano: también llamado libre albedrio. “A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que he puesto delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia” (Deuteronomio 30:19). “Escogeos hoy a quién sirváis” (Josué 24:15) (Mateo 7:13,14).

Los cielos se le abrieron cuando Noemí regresó a reunirse con el pueblo de Dios, pues cuando regresó a Belén las cosas empezaron a cambiar poco a poco. Esto nos enseña que nunca vamos a escapar de la amargura sino nos reunimos con gente de fe. Los incrédulos pueden ser buenas personas, pero el ambiente de bendición que se genera cuando hay fe, atraerá siempre la bendición de Dios.

Al llegar a Belén, Rut y Noemí no tenían nada, por lo que Rut se puso a trabajar en el campo de Booz, uno de los primos de la familia de Elimelec. Como otro familiar no estuvo dispuesto a casarse con Rut, ese deber le correspondió a Booz, que ya se había sentido atraído por la moabita. De este matrimonio nació un hijo, Obed, que más tarde sería abuelo del rey David. Así, Rut ingresa por voluntad de Dios al pueblo de Israel.

Confía en el Señor y no te separes del pueblo de Dios, la iglesia de Cristo es iglesia de victoria, es tierra de provisión y de progreso. ¡Unido al pueblo de Dios vencerás la amargura!

 

2- El caso de la amargura de Jonás.

Jonás fue un profeta muy pintoresco y que evidenció una profunda amargura que le llevó a tener problemas en su ministerio y para aceptar la asignación que tenía de parte de Dios. Jonás huye de Jehová: «Vino palabra de Jehová a Jonás hijo de Amitai, diciendo: Levántate y ve a Nínive, aquella gran ciudad, y pregona contra ella; porque ha subido su maldad delante de mí» (Jonás 1:1-3).

La amargura se levanta contra la directiva precisa de Dios. El amargado es testarudo, tenaz y muchas veces intransigente, y cuando se le exige algo que “no siente” se constituye entonces una tremenda lucha.

Lo mejor que podés hacer para vencer la amargura, es obedecer los mandamientos de Dios. Debemos confiar de forma absoluta y obedecerle, porque Él tiene buenas intenciones y buenos planes para nosotros. Ser desconfiados de la gente ya está mal, cuanto más si desconfiamos de Dios. Así que deje de correr de la voluntad de Dios y si bien muchas personas le han fallado, confíe en Jesús que nunca le va a fallar, Él es fiel para siempre. Sin rendirse a Jesús no hay victoria contra la amargura.

– El enojo de Jonás: «Pero Jonás se apesadumbró en extremo, y se enojó» (Jonás 4:1-2). Él tenía resentimientos y amargura por los paganos habitantes de Nínive, y pretendía que Dios pensara como él. La amargura, desea que todos piensen y actúen con amargura.

El enojo y la amargura van de la mano, así que para vencer la amargura debemos estar dispuestos a renunciar a todo demonio de enojo y querer cambiar. Deberíamos ver en el enojo un malísimo consejero. Cada vez que sintamos enojo recordemos la frase Bíblica: “la ira del hombre no obra la justicia de Dios…” (Santiago 1:20).

Entonces recordemos que no procede de buen lugar. Para vencer la amargura, dejemos de alimentarla con la ira.

– Amar al projimo de verdad: (Mateo 22:39-40). Jonás muestra resentimiento, falta de perdón, prejuicios y amargura y esto le llevó a desear no vivir más (Jonás 4:1-11).

Es por ello que para vencer la amargura hay que amar al prójimo como a nosotros mismos, y cumplir así la ley de Dios. Esto puede ser bastante trabajoso pero es fundamental para que haya una sanidad profunda en nuestro corazón.

Dios nos enseña que la amargura puede llevarnos a amar más a cualquier creación de Dios más que al ser humano, pero fue muy concreto al decirnos «prójimo», es decir, los que son semejantes a nosotros. ¡Jonás amaba más a una planta que al ser humano! Por esto y muchas razones más renunciemos a toda amargura y anhelemos que el Espíritu de dulzura invada nuestra vida.

Que Dios te bendiga, te guarde de todo mal y tengas una semana de completa victoria!

Pastor Guillermo Decena

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