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Reflexión del Pastor Guillermo Decena: «La fe de Ezequías II»

El Pastor Guillermo Decena destaca que la historia de los reyes de Judá es una serie de relatos que nos inspiran y nos advierten, que nos aconsejan y nos demuestran que la fe en Dios se imparte desde los líderes hasta el último habitante del reino.

«Después de estas cosas y de esta fidelidad, vino Senaquerib rey de los asirios e invadió a Judá, y acampó contra las ciudades fortificadas, con la intención de conquistarlas» (2° Cronica 32:1 RVR).

La historia de los reyes de Judá es una serie de relatos que nos inspiran y nos advierten, que nos aconsejan y nos demuestran que la fe en Dios se imparte desde los líderes hasta el último habitante del reino. Y que la falta de la misma hace que las consecuencias sean imprevisibles, para la gente y descendencia.

Ezequías fue el 13º rey de Judá que reinó tratando de agradar a Dios, y que hizo lo recto delante de sus ojos. Pero en el sistema de maldiciones que impera en el mundo, la fe tarde o temprano es probada.

Senaquerib, rey de los asirios era un rey que ya había asolado las tribus de norte de Israel y que ahora quería atacar Jerusalén, era un rey poderoso y sanguinario que no escatimaba esfuerzos para lograr sus planes expansionistas.

Esta “prueba” tuvo que enfrentar Ezequías y su fe nos inspira pero también nos hace reflexionar si las pruebas las necesitamos o las “llamamos”.

De acuerdo al mensaje semanal del Pastor Guillermo Decena, podríamos ponerle a este mensaje un título así: “como se enfrenta al ataque del enemigo con la fe”.

– Nunca solo:

«Viendo, pues, Ezequías la venida de Senaquerib, y su intención de combatir a Jerusalén, tuvo consejo con sus príncipes y con sus hombres valientes, para cegar las fuentes de agua que estaban fuera de la ciudad; y ellos le apoyaron» (2Cronica 32:2-3 RVR).

Una de las estrategias del enemigo es atacar cuando el individuo está solo, es por ello que el apóstol Pablo habla de milicia, ejército, de ser soldado, de disciplina y de orden para lograr la victoria.

Por ello, no hay que dejarse de congregar dice la Biblia (Hebreos 10:25) no dejar de estar unido al pelotón que marcha a la batalla.

Este es uno de los mandamientos más desobedecidos por los cristianos, pero claro, desobediencia con buena justificación. Luego vienen el deslizarse en el camino espiritual y las inevitables derrotas de la vida.

«Donde no hay dirección sabia, caerá el pueblo; Más en la multitud de consejeros hay seguridad» (Proverbio 11:14 RVR).

Es muy común también que suceda, que el cristiano no se aleja físicamente, pero si emocional y espiritualmente del pueblo de Dios. Jamás pide consejos, tiene su propia visión, nunca se involucra, nunca comparte sus luchas, batallas o cuando comparte sus emprendimientos, no lo hace para pedir consejo sino para avisar, solo aparece cuando ya ha ejecutado sus ideas para que todos le aprueben o bendigan.

Claro, se le bendice como una expresión de buenos deseos, pero no está involucrado en la tarea en general de toda la iglesia ni tiene en cuenta las palabras sabias del Señor.

El independiente es el que tiene teléfono directo con Dios, y no necesita ningún pastor, maestro o líder que le aconseje, exhibe una confusión que le hace al final improductivo en el reino de Dios.

«Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer» (1° Corintios 1:10).

 

– Al enemigo se lo enfrenta declarando la fe:

«Y puso capitanes de guerra sobre el pueblo, y los hizo reunir en la plaza de la puerta de la ciudad, y habló al corazón de ellos, diciendo: Esforzaos y animaos; no temáis, ni tengáis miedo del rey de Asiria, ni de toda la multitud que con él viene; porque más hay con nosotros que con él. Con él está el brazo de carne, mas con nosotros está Jehová nuestro Dios para ayudarnos y pelear nuestras batallas. Y el pueblo tuvo confianza en las palabras de Ezequías rey de Judá» (2° Cronica 32:6-8 RVR).

Es tan importante lo que declaramos, que marcará siempre nuestro rumbo, y más cuando se trata de líderes que deben influir para bien en sus discípulos.

La fe de Ezequías explotó desde su corazón y salió por su boca bendiciendo, animando y posteriormente llevando a la victoria a todo el pueblo de Judá. Créame que las palabras construyen y destruyen, levantan o bajan, ¡vivifican o mortifican!

Pero hay algo muy poderoso en las palabras de aquel hombre de Dios que se llamó T. B Joshua: “tu declaración será tu posesión” quiere decir que todo lo que declaras vendrá, si declaras bendición, la bendición te seguirá. Ezequías dijo: “Dios está con nosotros, para pelear nuestras batallas”, y así fue: ¡Dios estuvo y peleó por ellos! Si repites la Palabra de Dios, el Dios que inspiró la Palabra estará allí mismo, respaldando su Palabra.

 

– El enemigo será vencido con una fe activa y decidida:

«Entonces se reunió mucho pueblo, y cegaron todas las fuentes, y el arroyo que corría a través del territorio, diciendo: ¿Por qué han de hallar los reyes de Asiria muchas aguas cuando vengan?» (2° Crónicas 32:4-5).

Siempre Dios te movilizará, somos sus manos, sus pies y su boca. Cuando hay fe en los corazones somos instrumentos afinados en sus maravillosas manos para ejecutar la mejor música.

«La mano negligente empobrece; Mas la mano de los diligentes enriquece» (Proverbio 10:4).

Rut trabajaba en el campo cuando Bous la eligió para ser su esposa, Eliseo estaba trabajando en el campo cuando Elías le llama para ser su discípulo.

Pedro Santiago y Juan estaban trabajando cuando Jesús les invita a seguirle. Dios nunca puede usar a los perezosos, siempre levanta a los esforzados y a los valientes. No podemos usar la fe como una excusa de no hacer nuestra tarea porque Dios proveerá. Dios hará su parte cuando vea que estamos dispuestos a hacer la nuestra.

«En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor;….» (Romanos 12:11).

 

– Clamado a la fuente de toda salvación verdadera:

«Mas el rey Ezequías y el profeta Isaías, hijo de Amos, oraron por esto, y clamaron al cielo» (2° Cronica 32:20-23 RVR).

Él buscó una alianza con los egipcios en un esfuerzo por mantener a Senaquerib, el líder de Asiria, fuera de Judá. El profeta Isaías había advertido a Ezequías en contra de esto. Pero él no escuchó al profeta de Dios en ese momento.

Dios no estaba contento con lo que Ezequías estaba haciendo. Como corrección, permitió que Senaquerib y su gigante ejército marcharan a Judá y conquistaran 46 ciudades poderosamente fortificadas. Esto fue alarmante para Ezequías.

Pero una vez más, en lugar de acudir a Dios y a Su profeta, Ezequías fue al templo, lo despojó de su oro y plata, y le pagó tributo a Senaquerib. Él buscaba comprar protección recurriendo a un hombre; ese fue un error terrible. Este tributo sólo alentó a Senaquerib a atacar a Jerusalén.

Son estos los resultados de actuar en “la carne”. Entonces el rey asirio envió una carta a Ezequías en la que proclamaba que después de atacar a Egipto, iría por Jerusalén. En ésta carta, Senaquerib se burlaba de Dios. Al fin, Ezequías se arrepiente y tiene una conducta diferente.

“Y tomó Ezequías las cartas de mano de los embajadores; y después que las hubo leído, subió a la casa de Dios y las extendió Ezequías delante de Dios” (2 Reyes 19:14).

En el templo, Ezequías clamó a Dios. Y luego de esto, cosas increíbles comenzaron a suceder.

Dios escuchó la oración de Ezequías y le envió a Isaías con un mensaje. El rey y el profeta ahora por fin estaban trabajando juntos. Isaías dijo:

“Por tanto, así dice Dios acerca del rey de Asiria: No entrará en esta ciudad, ni echará saeta en ella; ni vendrá delante de ella con escudo, ni levantará contra ella baluarte. Por el mismo camino que vino, volverá, y no entrará en esta ciudad, dice Dios. Porque yo ampararé esta ciudad para salvarla, por amor a mí mismo, y por amor a David mi siervo”(versículos 32-34).

El ejército de Senaquerib finalmente asedió Jerusalén. Ciento ochenta y cinco mil soldados rodearon la ciudad. Nadie podía entrar, y nadie podía salir. La ciudad estaba lista para matar o morir.

Pero Dios cumplió lo que había prometido. Dios envió un poderoso ángel para destruir al ejército entero ¡Dios protegió a Jerusalén de una manera milagrosa!

Todo el ejército asirio se moría de forma sobrenatural, entonces Senaquerib regresó a Nínive. Él había sido humillado profundamente.

“La fe de Ezequías venció al final a pesar de los errores humanos”.

Que Dios te bendiga, te guarde de todo mal y tengas una semana de completa victoria!

Pastor Guillermo Decena

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