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Columna | El día que el Covid-19 me salvó la vida

El 11 de mayo de 2021 tenía dificultades para respirar, estaba cursando el Covid -19, también mis dos hijas y mi pareja. Por sugerencia de la médica de mi pre-paga me trasladé a una clínica de Palermo, allí tuve que entrar sola, sintiendo que apenas podía con mi cuerpo.

Las energías estaban bajas, más los dolores musculares, la fiebre y el temor que por aquel entonces teníamos porque no se sabía que pasaría una vez que entrábamos a los centros médicos. Tal vez al rato volvíamos a casa o quizás como tantos era la última vez que vería a mis familiares.

Una vez adentro, me hicieron análisis de sangre y una tomografía computada; el informe de los resultados fue verbal. El joven médico me dijo que no tenía neumonía, que me vaya a mi casa y tome un antipirético, se negó a darme los informes e imágenes. Yo no tenía energías para reclamar derechos a esas alturas.

Mi hija mayor no se quedó convencida con este diagnóstico porque me veía muy mal, entonces se comunicó con una médica amiga (un ángel de la guarda para mí en ese instante) quien investigó los resultados, y con premura le comunicó a mi hija que yo no tenía neumonía, pero tenía algo aún más grave: un cáncer. Le tocó a Majo (mi hija) darme la noticia: «Mamá no tenés neumonía, tenés un cáncer y debemos investigar de que se trata».

En ese instante toda mi vida se transformaba, fue una noticia que cambiaba mi realidad por completo. No obstante, manifesté en esa conversación que no tenía miedo y que estaba dispuesta a aceptar el recorrido. Tenía cáncer y exactamente allí comenzaba a escribir una nueva e intensa página de mi propia historia.

Mientras estaba tratando de asimilar lo que me sucedía, la dificultad respiratoria se acrecentaba, empecé a saturar 88 lo que me obligó a una internación de urgencia. Me dejaron en la puerta del Sanatorio porque nadie más que el paciente podía ingresar, dato no menor ante la vulnerabilidad que se experimenta en la enfermedad.

Una vez adentro ya me dieron asistencia respiratoria. Qué difícil se me hacía comprender lo que me estaba sucediendo, era como un tsunami de emociones sin tiempo ni capacidad de asimilarlas.

No podía respirar, me faltaba oxígeno, aunque estaba con la cánula en su máximo potencial. Luego vino la máscara y me advirtieron que de seguir así el paso siguiente era la intubación.

No recuerdo haber hablado tanto con mis pulmones como en esos días, teníamos que ser un gran equipo para salir adelante. Fue un momento tan trascendente en mi vida, me puse a prueba, ahí debía demostrarme que era capaz de aplicar todo lo que desde siempre venía sosteniendo; era tiempo de poner en práctica aquellos conceptos que hasta el hartazgo me repetía y lo hacía con mis clientes de Coaching, tales como; la vida es un ratito, no importa lo que te suceda sino como te parás frente a lo que te sucede, el plan es perfecto, de las órdenes

que le dé a mi cerebro dependerán los resultados, la actitud positiva me llevará a resultados esperados…etc., etc.

Me interpeló absolutamente esta situación, pero pude sostenerme con conciencia plena que no tenía opción, realmente era una cuestión de vida o muerte, y si algo tenía claro era que quería vivir intensamente por largos años.

Cada minuto esperaba de mí la mejor predisposición, debía aprender a respirar nuevamente, porque había que administrar el escaso oxígeno que tenía.

La amorosidad de los/as enfermeras, médicos, personal de maestranza, camilleros, especialistas en imágenes, todos y todas los del cuerpo médico en general del Sanatorio Finochietto, fueron imprescindibles para este proceso de sanación dónde hubo tanto dolor e incertidumbre. El Covid-19 nos empujaba a un abismo de soledad respecto de los familiares, amigos y conocidos. La batalla había que librarla entre mi cuerpo, mi actitud positiva y todo el grupo médico que detrás de máscaras y trajes (espaciales) se acercaban para acompañarme, hacerme estudios y contarme cómo iba evolucionando.

Qué extraño me resultaba mirar a estos profesionales que se me acercaban, porque solo veía gafas y un tipo de máscaras símil a las que usan los soldadores y con muchas prendas encimadas. Muchos de ellos y de ellas tenían una identificación con el nombre porque solo podía ver sus ojitos detrás de ese traje tan particular.  Más adelante, cuando me dieron el alta epidemiológica, comenzaron a presentarse con su ambo a cara descubierta, poniéndole rostro al nombre.

Pude reconocer a quienes tanto amor supieron darme para contenerme en esos días. Porque si hay algo que qué tuvo el Covid, particularmente en la época donde todavía no teníamos vacunas, fue el no poder contar con el abrazo de la familia, de un ser amado. La única comunicación que podía tener con ellos/as era por WhatsApp, no podía ni audios ni video llamadas porque me agitaba muchísimo.

Esto representaba en sí mismo una situación tan particular de no poder estar con nuestros seres amados por el aislamiento total que exigía el protocolo sanitario. Por lo tanto, también me redescubrí en esos momentos de silencios donde sólo se oía la maquinita que contaba cómo iba latiendo mi corazón, se oía el zumbido del oxígeno que me pasaba a través de las distintas vías, mi silencio y mi mirada para adentro porque solo tenía energías para ayudar a mis pulmones a que pudieran respirar

En este contexto, había tomado una decisión: Vivir, no importaba el recorrido que me tocara transitar, quería vivir y allí estaba poniendo lo mejor de mí.

En simultáneo al minuto a minuto de mi neumonía bilateral grave, iba gestando mi actitud frente a lo que vendría un tiempo más adelante, la cirugía de tórax para quitar el tumor. Porque de vez en cuando mientras aprendía a respirar pensaba en que además de todo ese combo de afecciones…tenía cancer! Pero algo se me presentaba con mucha claridad, no puedo abarcar todos los temas, menos aun cuando la poca energía que me resta es exclusivamente para algo tan vital como el respirar.

Cómo mencioné antes, me sentía interpelada cada día para llevar a acabo aquella filosofía de vida qué siempre tuve, costaba ponerlo en práctica dado que era tan dificultoso incorporarme en la cama, trasladarme a 5 metros dónde estaba la puerta del baño, cepillarme los dientes, ni hablar de tomar una ducha, sentarme y levantarme del inodoro, no se imaginan lo qué significó poder lavarme la cabeza la primera vez (cuando aún tenía la cánula con la máscara no lo podía hacer).

Realmente lo esencial, lo que aprendí cuando era pequeña volvió a significar un desafío y una nueva valoración de las pequeñas cosas que a diario las hacemos de manera automática. Repetidas veces los médicos ,las enfermeras se acercaban a decirme que gracias al Covid se había descubierto el cáncer y eso me salvaba la vida, que debía agradecer me sugerían y no deja de ser algo paradójico y en ningún momento dejó de contrariarme, trataba de interpretarlos, primero cuando los escuchaba decir esto y luego cuando trate de hacer mi propio análisis al respecto fui considerando y cuestionando, como un virus de estas características tan letal tan tremendo que mató a tanta gente, a  gente querida, a gente conocida. Cómo podía estar agradeciéndole al Covid? Fue el medio para descubrir que tenía un cáncer maligno muy importante. Esto podía provocarme de manera inminente un paro cardíaco por dónde estaba ubicado.  Al mismo tiempo por el tamaño que tenía potenciaba la posibilidad que se expandiera de esa cápsula en la que estaba y generara una metástasis.

Entonces puedo decir qué el amor incondicional de mi familia, de mis amigos el amor qué me transmitía la gente a través de las buenas vibras, de las oraciones de sus mensajes, de esa manera de acercarse fue tan necesario y vital para mí, realmente el amor no tiene fronteras. Si, es real y tangible, pensar en positivo y enviar esas energías a  alguien, sana y salva, qué la actitud fundamental qué debemos asumir es la que nos abra posibilidades no importa lo que esté pasando afuera, no importa si se trata de una pandemia que afectó al planeta entero, lo importante es cómo me paraba yo frente a lo que estaba sucediendo, qué actitud asumiría que me permitiera sentir que tenía posibilidades de seguir viva debía optar y eso hice opté por la vida, opté por habitar la esperanza por habitar la ilusión de que esto pasaría y renacer con más fuerzas con más alegría y con más amor. Entonces, sí, terminé concluyendo como aquellos que me lo habían dicho, el covid-19 me salvó la vida.

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