Esteban Lozina tenía 19 años, era estudiante y desde los 15 militaba para promulgar y conseguir los derechos de sus pares. Cuando empezó el golpe militar tuvo que esconderse, sabía que lo peor estaba por llegar, la suerte ya estaba echada. A 46 años de la dictadura militar, recuerda sus 7 años preso.
Este jueves se conmemora otro Día de la Memoria, Verdad y Justicia, del golpe más duro que marcó la historia para siempre. Fueron muchos los presos y desaparecidos durante los 7 años que los militares estuvieron en el poder. Son muchas las historias que quedan por contar y una de ellas es la de Esteban Lozina, abogado y docente universitario, que hoy recuerda lo que vivió durante esos años.
“Soy fruto de toda una generación que tuvo un compromiso muy fuerte con la política, con la transformación del mundo desde la voluntad. En Argentina había una fuerte impronta de discusión política entre los jóvenes, sentíamos que estábamos llamados a participar, a involucrarnos y eso significaba primero estudiar para fundamentar ideológicamente lo que uno pensaba. Éramos muy lectores, nos gustaba mucho leer, discutir, debatir ideas con mucha fogosidad, con mucho entusiasmo”, recordó.
Y agregó, “estábamos decididos a poner el cuerpo si era necesario y eso significaba la vida. Éramos mimados de la sociedad, porque veían que los jóvenes se comprometían con el futuro de un país exitoso”.

Esteban tenía 15 años cuando empezó a militar en la Unión de Estudiantes Secundarios, jóvenes que se comprometían en la política y en conseguir derechos, involucrar a las mujeres en las decisiones y debatir qué era lo mejor para su futuro.
“Cuando sucede el golpe militar en el año 1976, yo que ya transitaba una militancia de tres años y pico, ya era una persona que estaba siendo buscada. Y ya estaba clandestino, no podía usar mi propio, mi propio documento. Ya en el Gobierno de Isabel Perón empezaron a ser perseguidos, había gente que aparecía masacrada, secuestrada y también encarcelada. Así que cuando viene la dictadura cívico militar refuerza todo ese andamiaje represivo”, contó.
Para ese año, Esteban estaba estudiando en la provincia de Corrientes y cuando el terror comenzó a estar presente en las calles, regresó a Posadas, comenzó a trabajar en una carpintería y junto a sus compañeros se involucraron en la CGT de la Resistencia.
“En octubre de 1976, comienza una fuerte redada de parte de las Fuerzas Armadas, mis compañeros son capturados y a partir de la tortura fueron delatando donde trabajábamos, donde vivíamos. Un día estaba de camino a mi trabajo y me secuestra un grupo de tareas de civil. Tenía 19 años y comenzaron los años de tortura”, contó.
Siete años de tortura y encierro
Esteban recorrió la mayoría de los centros de detención de Posadas: el Regimiento, la Jefatura de la Policía de Misiones, la Casita del Rowing. Sus días de encierro eran compartidos con mucha gente del Movimiento Agrario Misionero, mujeres, ancianos y niños.
“Estábamos todos vendados, todo tirados en un piso, apilados como si fuéramos sacos de papa y escuchábamos en las habitaciones como torturaba a nuestros compañeros y compañeras. Estuvimos cerca de 60 días desaparecidos, en mi caso por lo menos hasta que en el mes de diciembre nos ponen a disposición del Poder Ejecutivo. Durante los siete años y dos meses que estuve preso, nunca estuve a disposición de un juez, siempre a disposición del Poder Ejecutivo, sin la posibilidad de ser juzgado, de presentar un descargo de defensa o prueba”, dijo.
Luego de recorrer los centros de detención de Posadas, fue trasladado durante esos siete años a distintas cárceles de Argentina. “Por una cuestión de seguridad porque ellos decían que nosotros seguramente íbamos a pensar en escaparnos entonces, para no acostumbrarnos al lugar donde estábamos, no ver los movimientos, la rutina y todo lo que significaba, cada cinco o seis meses nos cambiaban de lugar. Estuve en la cárcel de Candelaria, ahí nos torturaban, nos pegaban mucho. Después pasamos a la cárcel del Chaco, Santa Fe, luego en Caseros en Capital Federal, también en Devoto, en La Plata la cárcel de la provincia de Buenos Aires y también en Chubut, en Rawson”.

Esos siete años y dos meses que Esteban Lozina estuvo encerrado, sin la posibilidad de presentarse ante un juez, lo único que quedaba era esperar y sobrellevar los días de la mejor manera posible.
“Fueron años duros y hubo distintas etapas. En los primeros años no nos dejaban leer ningún libro, ninguna revista ni cosas por el estilo. Después fueron aflojando, no dejaron entrar La Biblia que fue el primer libro escrito que dejaron ingresar y después sí, ya fueron aflojando mucho más en la medida que había un desgaste en la dictadura cívico militar. Las visitas eran solamente de los familiares directos, padre, madre o hermanos y eran esporádicas cada 45 días, durante 15 minutos y a través de un vidrio. O sea que yo durante 7 años no pude abrazar a mi madre o a mis hermanos. Mi mamá a veces se iba de acá a Buenos Aires, la comunicación era más difíciles y demás, solamente para estar 15 minutos. A veces llegaba y yo estaba en el calabozo, no me podía ver, pero lo importante era que los familiares estén, porque eso también mostraba interés y de alguna manera nos protegía la cárcel”, recordó.
Pero aseguró que, “la cárcel tampoco nos protegía de la desaparición porque había mucha gente que, en los traslados, por ejemplo, de Margarita Belén, dijeron que iban a trasladar presos y los masacraron. O gente a la que le daba la libertad a las 22:00 de la noche y después aparecían en un zanjón y decía bueno, seguramente se han cobrado una venganza sus compañeros o cosas por el estilo. No había una seguridad y nosotros de alguna manera éramos la vidriera de la dictadura cívico militar hacia el mundo para decirles que ellos no hacían desaparecer a la gente, sino que tenían presos políticos, entonces nos mostraban a nosotros”.
“El peor momento que pasamos fue en el Mundial del 78, donde la dictadura pensó que se quedaría para siempre y después de la Guerra de Malvinas ya el poder militar comienza a deteriorarse y ahí fue donde empezaron a liberar a gente que no tenía causa ni procesos como era mi caso. A mí me liberaron recién cuando asumió Alfonsín y a la mayoría de los misioneros nos liberaron después que cayó la dictadura”, contó.

Ser jóvenes en la dictadura militar
Esteban Lozina tenía 15 años cuando comenzó a involucrarse en la política y 19 cuando los militares le arrebataron la libertad. Hoy, es abogado y docente universitario, y su convicción en creer que se podía construir algo mejor para todos fue la fuerza que lo mantuvo durante esos siete años y dos meses preso.
“El propósito de la dictadura cívico militar era cargar sobre gente que no tenía nada que ver para demostrar la crueldad y que nadie está a salvo, no hacía falta estar en algo, lo importante era tener miedo. A mí me sostuvo la convicción que tenía, de que lo yo pensaba era lo correcto, de que valía creer que había un mundo mejor, de que el humanismo podía triunfar, de que necesitábamos hacer algo para que desaparezca la pobreza, que haya igualdad de oportunidades”, recordó.
Para él, la mayor secuela que dejó la dictadura militar en Argentina, fue el miedo al poder. “Es lo peor que le puede pasar a una sociedad, porque el poder tiene que ser el servidor del pueblo, eso ya lo decía Mariano Moreno”.
46 años después de la dictadura militar en Argentina, Lozina guarda dos enseñanzas, que lo siguieron guiando durante toda su vida. “Primero aprendimos que no hay mejor sistema que este sistema que no es el mejor, la democracia y que es mejor que una dictadura. Y la segunda enseñanza es que tenemos que involucrarnos para luchar por nuestra libertad, tenemos que defenderla, aquellos que abusan del poder juegan con el miedo y la pasividad, por eso es que uno tiene que sobreponerse y tener una mirada crítica de las cosas que pasan”.
Su contacto con los jóvenes como docente universitario le dio la posibilidad de reflexionar sobre sus años de juventud y dejarle un mensaje a todos los que hoy construyen el futuro de la sociedad argentina.
“Nosotros teníamos un desapego total a los intereses personales, materiales, estábamos dispuestos a dar la vida por lo que pensábamos. Ser joven y pensar era un oficio peligroso. Por eso creo que los jóvenes de hoy son mejores que nosotros, porque no creen en casi nada y eso es importante, aprender a dudar, no cerrarse en el fanatismo, en cuestiones esquemáticas o creer que son inalterables. Nosotros eramos muy fanáticos de muchas cosas, éramos sumamente prejuicios, hoy los jóvenes ven con naturalidad muchas cosas que nosotros no”, dijo.
Y aseguró que, “aprender a dudar es básico porque cuando el ser humano duda, indaga, investiga y descubre. Los jóvenes tienen que animarse a romper las reglas porque así innovan. Tienen que entender que hay que cuidar la libertad y que no agachen la cabeza ante nadie, que no tengan miedo. Hay un mundo nuevo que les espera a los jóvenes y ese mundo se tiene que construir a partir de la honestidad con uno mismo y con los demás. Es importante saber lo que uno no quiere, no importa si uno sabe lo que sí quiere, pero si saber lo que no queremos y eso es el 50%, lo otro se construye”.
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