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Conocé al picaflor copetón, una joya del Bosque Atlántico

Los picaflores, a veces llamados “colibríes”, son sin duda muy conocidos no sólo por su reducido tamaño y su actividad continúa, sino también por la belleza de su plumaje y su alimentación especializada en el néctar, que obtienen libando las flores, suspendidos en el aire.

 

 

A través de una alianza con Aves Argentinas, la centenaria organización ambientalista que impulsa su Programa Bosque Atlántico, compartimos en forma semanal algunos de los secretos sobre la biodiversidad de las especies de aves del país, y de nuestra Maravilla Natural Argentina, la Selva Misionera. Exclusivo de Misiones Online.

 

Hoy te contamos de los picaflores, uno de los grupos más fascinantes entre las aves, con más de 300 especies que integran la familia Trochilideae, exclusiva del continente americano y que se distribuye desde Alaska hasta Tierra del Fuego. Ocupan todos los climas y los más variados ambientes, desde las alturas montañosas de los Andes hasta llanuras y costas del mar, pero abundan en las zonas tropicales. Entre ellos, se encuentran los vertebrados de sangre caliente más pequeños del mundo, ya que las especies más chicas miden 5 cm y pesan 2 gramos.

 

Están emparentados con los Vencejos, pero tienen muchas características exclusivas. Al igual que estos últimos, son eximios voladores, pero los picaflores en particular son capaces de mantenerse sostenidos en el aire en un mismo punto y volar en cualquier dirección, incluso hacia atrás. Estas habilidades son logradas batiendo y rotando las alas a gran velocidad, y como a menor tamaño del picaflor mayor velocidad desarrollan, esta  puede ser tan alta que algunos llegan a batir hasta 200 veces por segundo.

 

Esta asombrosa capacidad se relaciona sin dudas con adaptaciones anatómicas y fisiológicas propias. Por ejemplo, están dotados de músculos pectorales muy desarrollados que insertan en un esternón o quilla de gran tamaño para aves tan pequeñas. El corazón de los picaflores, es uno de los de mayor tamaño proporcional entre el reino animal, pudiendo representar hasta el 20 % de su peso corporal. También sus pulmones están bien desarrollados.

 

Foto: Nicolás Pavese

 

Su pequeño tamaño se relaciona directamente con un alto metabolismo interno, que los obliga a alimentarse de continúo con recursos ricos en carbohidratos, de alta disponibilidad energética, y entonces el néctar de las flores constituye su principal fuente de alimento. Su pico largo y fino, boca estrecha y una lengua tubular y extensible con el extremo bífido que actúa como un capilar, son adaptaciones para libar y extraer el preciado néctar.  Con esta tasa metabólica, su temperatura corporal también es muy elevada, en torno de los 40 0 C durante el día, más aún en verano. Pero los Picaflores están casi entre las únicas aves que pueden “hibernar” o entrar en un estado de topor, durante la noche o días muy fríos, y de este modo pueden sobrellevar un tiempo prolongado sin alimentarse. En este estado, su temperatura desciende a la mitad, y el ritmo metabólico se aletarga.

 

Foto: Dante Rektor

 

Los Picaflores tiene un rol muy importante en la naturaleza, al constituirse en uno de los principales grupos de polinizadores, más aún por ejemplo en las selvas tropicales de montaña. Al volar de flor en flor para obtener el néctar, transportan granos de polen cumpliendo de este modo con el proceso de polinización y fertilización de las flores.

 

El tamaño y forma de los picos de los Picaflores, están en estrecha relación con el tipo de flores que frecuentan, si bien visitan flores de todos los colores, se ha estudiado que flores tubulares y de colores rojos, naranjas o amarillos, son altamente polinizadas por ellos.

 

Uno de los Picaflores misioneros más característico e inconfundible (en el caso del macho) es el Picaflor copetón (Stephanoxis loddigesii) exclusivo o endémico del Bosque Atlántico o Selva Paranaense, habitando el sureste de Brasil, este de Paraguay y en Argentina, sólo la provincia de Misiones. Es frecuente en el estrato medio de la selva, también en vegetación arbustiva en ambientes fragmentados, y en selvas en galería a lo largo de arroyos. Es uno de los picaflores menos urbanos, por lo tanto, el más raro entre los bebederos, que frecuentemente se disponen jardines y balcones de ciudades y poblados.

 

Foto: Marcelo Wioneczak

 

Es de tamaño mediano, entre los Picaflores, midiendo de 8,5 a 9,5 centímetros y pesa unos 3,7 gramos. El pico es recto, negro y algo corto en relación al de otras especies. Su silueta es compacta y algo rectangular. Los machos reproductivos poseen el distintivo copete color azul-violeta que le dan esa apariencia tan particular. El plumaje de la nuca, espalda y parte dorsal de la cola es de un color verde metálico algo oscuro.

 

En la zona ventral, desde la garganta, pecho y casi todo el vientre, resalta un parche violeta oscuro bordeado de una franja blanco-grisácea, que recuerda al corte de una geoda de amatista. En la cara interna de la cola, se distinguen unas manchas claras redondeadas en las puntas de las plumas externas. Una mancha triangular de color blanco contrasta detrás de su ojo, detalle clave que resulta clave para la identificación de las hembras y juveniles, que son menos llamativos, y no poseen el copete ni la gran mancha violeta en la zona ventral, sino que presentan garganta, pecho y vientre completamente grises.

 

Busca néctar tanto de flores nativas como de exóticas, recorriendo diferentes estratos de la selva, como arbustos y copas de árboles en áreas modificadas. También atrapa pequeños insectos en el aire o los recoge entre las hojas de la vegetación.

 

Foto: Carlos Mocciola

Una característica de este Picaflor, durante la temporada reproductiva entre octubre y principios de marzo, es el comportamiento particular de los machos, que se reúnen en pequeños territorios, denominados técnicamente “leks” y donde varios de ellos se exhiben y compiten por el apareamiento con las hembras. Estos “leks” suelen tener entre 4 y 11 metros cuadrados, en los que cada macho utiliza de 2 a 5 perchas para cantar, a una altura de 0,80 a 3,5 metros del suelo. Este comportamiento suele comenzar después del amanecer, pero decrece al poco tiempo, para luego comenzar de nuevo entre las 9 y las 15 horas.

 

El canto de los machos es bastante complejo, con un rango de entre 46 y 101 vocalizaciones por minuto, estas frecuencias y modulaciones son propios de cada macho durante toda la temporada, pero que pueden tener variaciones durante el día aumentando el rango cuando percibe la cercanía de un competidor. Además de cantar, durante el despliegue suelen realizar un vuelo “en el lugar” que da la impresión de que flotaran, mientras mantienen el copete levantado y se desplazan de un lado a otro dibujando semicírculos en el aire.

Este Picaflor es  uno de los emblemas del Bosque Atlántico, y un representante llamativo de la selva misionera,  y por lo tanto su supervivencia depende enteramente del buen estado de conservación de uno de los ambientes naturales más amenazados del mundo.

 

 

 

Por Laura Dodyk, con la colaboración de Alejandro Di Giácomo y Damián Lozano / Aves Argentinas.

Foto de portada: Dante Rektor

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