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El Yeruvá, el murmullo de los crepúsculos

Es un ave endémica del Bosque Atlántico, teniendo una amplia distribución en la mayor parte de esta ecorregión que se ubica en el sureste brasileño, el este paraguayo y la provincia de Misiones, en la Argentina. Al Yeruvá se lo encuentra tanto en bosques primarios como selvas en galería a lo largo de arroyos, y también en selvas con algún grado de modificación, como capueras, bordes de chacras y plantaciones.

 

 

A través de una alianza con Aves Argentinas, la centenaria organización ambientalista que impulsa su Programa Bosque Atlántico, compartimos en forma semanal algunos de los secretos sobre la biodiversidad de las especies de aves del país, y de nuestra Maravilla Natural Argentina, la Selva Misionera. Exclusivo de Misiones Online.

 

En esta edición te contamos del Yeruvá (Baryphthengus ruficapillus), uno de los miembros del pequeño y raro grupo de los momótidos, una familia que se distribuye exclusivamente en las selvas neotropicales, y que está emparentada con los Martín pescadores, con quienes comparten el orden Coraciiformes, y una característica anatómica en común: tienen los dos dedos más externos, de los tres dirigidos hacia delante, unidos en casi toda su longitud; y el primer dedo, dirigido hacia atrás.

 

Los momótidos son aves selváticas y llamativas de tamaño mediano, plumaje vistoso y mayormente verde brillante con áreas rufas, azules o celestes, y negras. Ambos sexos son similares, y los juveniles son más opacos que los adultos. La cola que es larga y escalonada, y en algunas especies pierde parte de los vexilos y el raquis queda desnudo con una paleta o raqueta en el extremo. Las alas son cortas y redondeadas.

 

El pico es muy característico, fuerte y curvo, y con borde aserrado. Sus hábitos son arborícolas, de comportamiento más bien pasivo; y de vuelo lento u ondulado.

 

Andan solitarios o en parejas. Sus voces son graves, melodiosas y muy resonantes, y suelen ser el indicio más notorio de su presencia entre la espesura.

 

 

Otra particularidad el grupo, y que comparten también con los Martín pescadores, es el hábito de anidar en cuevas o túneles, que excavan en barrancas, aunque pueden aprovechan en ocasiones las hechas por otros animales.

 

Están cuevas pueden tener hasta 2 m de longitud y cuando las construyen o reacondicionan, suelen tener el pico sucio de tierra, y la cola suele estar desgastada y con las plumas rotas, más aún en aquellas especies que presentan las paletas o raquetas. Mientras construyen, como no pueden darse vuelta para salir del túnel, lo hacen retrocediendo marcha atrás.

 

Al final de la excavación ubican una cámara redondeada donde los huevos son puestos directamente sobre la tierra, sin aporte de otros materiales; y son blancos inmaculados, de textura brillante y muy redondeados. Ambos miembros de la pareja comparten las tareas de construcción del túnel y los cuidados parentales.

 

La incubación puede variar entre 18 y 21 días, y los sexos hacen turnos muy largos en este período, con sólo un relevo cada 24 horas. Los pichones permanecen en el nido, entre 24 y 31 días. Cada temporada realizan una nueva excavación, y esto parece responder a una estrategia de higiene y sanidad, dado que estás aves no realizan ninguna limpieza interna del nido mientras tienen pichones, los que son muy afectados por moscas y otros ectoparásitos.

 

Foto: Autor Giovanni Wioneczak.

Los pocos conocimientos que hay sobre la biología reproductiva de este grupo, provienen de Costa Rica, y se deben a los estudios realizados en varias especies por el célebre ornitólogo Alexander Skutch.

 

El Yeruvá es endémico del Bosque Atlántico, teniendo una amplia distribución en la mayor parte de esta ecorregión que se ubica en el sureste brasileño, el este paraguayo y la provincia de Misiones, en la República Argentina. Se lo encuentra tanto en bosques primarios como selvas en galería a lo largo de arroyos, y también en selvas con algún grado de modificación, como capueras, bordes de chacras y plantaciones.

 

Mide unos 42 cm de largo y pesa unos 150 gramos. En su plumaje se destaca una corona rufa extendida hasta la nuca, en contraste con un antifaz negro con un sutil reborde turquesa. Las partes superiores y el dorso de la cola son verdes brillantes. Una banda rufa cruza su vientre separando el verde oliva del pecho del verde celeste de las partes más inferiores.

 

La cara interna de la cola es de un color oscuro pardo-grisáceo. Se destacan unas pequeñas manchas negras en el pecho oliva. El pico es negro, las patas son grises y el iris color caramelo oscuro. Suele posarse en forma más bien vertical y mantenerse oculto en la vegetación o exponerse pasivo en los estratos bajo y medio de la selva.

 

Como otros miembros de su familia, suele mover la cola de manera pendular hacia los lados o bien hacia delante y atrás, mostrando estado de alerta y otras situaciones.

 

Se alimenta  principalmente de insectos grandes y frutos, pero también captura moluscos terrestres y hasta pequeños vertebrados. En el interior de la selva, como muchas otras especies misioneras, suele seguir a las hormigas legionarias, y capturar lo que escapa al paso de la “corrección”.

 

Su reproducción no es muy conocida aún, pero como los otros miembros de la familia, excava un túnel de más de un metro de longitud, que termina en cámara de unos 35 x 14 cm donde coloca entre 2 y 3 huevos.

 

Si bien es más oída que vista, ya que prefiere moverse en las horas crepusculares, es una de las aves más bellas y llamativas de la selva misionera. Tal vez por mostrarse poco y moverse silenciosa entre las sombras es que deslumbra tanto cuando finalmente aparece, y  resulta entonces una de las aves más favoritas entre los numerosos observadores de aves que visitan la tierra roja para conocerlo.

 

 

Si se tratara de componer una obra musical con cantos de aves para representar el sonido de la Selva Misionera, sin dudas la apertura sería reservada para el Yeruvá. Su canto es lo primero que se escucha antes de clarear por las mañanas y es el último en apagarse después del atardecer. El sonido es inconfundible: son series de entre 7 y 9 notas aceleradas y guturales, espaciadas entre sí, que recuerdan a una lechuza.

 

 

 

 

Por Laura Dodyk, con la colaboración de Alejandro Di Giacomo / Aves Argentinas.

Foto de portada: Sergio Moya 

 

DL

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