Editorial: La prioridad absoluta de la salud frente a planteos interesados e irresponsables en tiempos de coronavirus

Editorial: La prioridad absoluta de la salud frente a planteos interesados e irresponsables en tiempos de coronavirus

La decisión del Gobierno nacional de liberar a algunas actividades puntuales de los rigores del aislamiento obligatorio y de abrir la discusión respecto a cómo seguir con la cuarentena después de Pascua animó un debate público que por momentos roza y por otros se interna de lleno en el pantanoso terreno de la irresponsabilidad.

 

En plan de hacer sintonía fina, desde el Estado nacional convocaron a provincias, cámaras empresariales y centrales obreras con el fin de estudiar en detalle las particularidades de cada actividad económica. El objetivo en definitiva es determinar cuáles son menos riesgosas frente a la amenaza del coronavirus y podrían comenzar a reactivarse paulatinamente bajo estrictos protocolos de seguridad. Pero la mayoría de los medios nacionales aprovecharon la coyuntura para instalar voces que exigen una salida más acelerada de la cuarentena, muchas veces sin más argumentos que la ansiedad frente al encierro.

 

Entre los que exigen una flexibilización más acelerada del aislamiento se mezclan los argumentos atendibles de trabajadores independientes que perdieron la única fuente de ingreso que tenían, con el lobby descarado de quienes defienden los intereses económicos de grandes corporaciones y, finalmente, con el griterío de quienes simplemente están aburridos de tener a sus hijos todo el día en sus casas e incurren en la tilinguería de reclamar el reinicio de las clases presenciales.

 

En coronavirus en Argentina todavía no llegó al pico de contagios y la prioridad de absolutamente todos debería ser postergar lo más posible ese momento, porque de ello dependerá la vida de miles. Lo peor de la pandemia todavía no llegó al país y no hay ninguna razón para alivianar las estrictas medidas adoptadas para combatirlo. Las consecuencias de hacerlo serían nefastas, no sólo en el aspecto sanitario sino también en lo económico y social, como bien lo dejó en claro hace pocos días la OMS en una clara advertencia que dejó a todos los estados.

 

Países que antepusieron intereses económicos y no actuaron con celeridad y dureza en defensa de la salud, hoy albergan a poblaciones que se contentan con sobrevivir y comer. La economía será difícil en todos los países, pero todavía peor en aquellos que no actúen con decisión contra el virus.

 

Pero parece que esos argumentos pueden poco frente a la ambición de algunos grupos empresarios que, valiéndose de una multitud de opinólogos todoterreno, con desparpajo pronostican males peores a la muerte si no los dejan volver a sus actividades.

 

A este coro también se suma un ejército de irresponsables que exigen el fin de la cuarentena simplemente porque están aburridos del encierro o no soportan más a sus familiares o ambas cosas al mismo tiempo.

 

Que se entienda: el desafío que por estos días enfrenta Argentina no pasa por hallar un punto medio en el falso dilema entre salud versus economía. Tampoco pasa por satisfacer a quienes claman por retomar una vida social más normal, algo que ni siquiera debería estar en consideración en el contexto actual. Cualquier decisión que busque una posible reactivación de la economía en detrimento del combate contra el virus, será irremediablemente equivocada.

 

El desafío de la hora, en todo caso, es encontrar la manera de reducir las pérdidas de la economía sin retroceder un tranco de pollo en la pelea contra el virus que debe seguir siendo prioridad absoluta y excluyente.

 

Trayendo el foco del análisis a Misiones, actividades como la tabacalera o la yerbatera pueden desarrollarse –bajo protocolos especiales- sin que ello implique un riesgo mayor de contagio, dado que prácticamente no demandan contacto social, pero plantear que las escuelas o las universidades vuelvan a abrir o que se permita alguna competencia deportiva, más que inoportuno resulta demencial.

 

Durante un buen tiempo más, a los que prestan servicios esenciales a la comunidad no les quedará otra que seguir trabajando aunque ello implique exponer su salud, absolutamente todos los demás tienen el deber de reconocer a los primeros y quedarse en sus casas porque frente a la pandemia la única guerra que vale es la que se libra en comunidad.



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