«Que el pobre se ponga un gallinero»

«Que el pobre se ponga un gallinero»

Desde un lujoso hotel de Punta del Este, la diva Susana Giménez, sugirió, como remedio a la pobreza del país, que la gente vaya al campo a plantar, o se ponga un gallinero. Las declaraciones de la vedette volvieron a sacudir el debate sobre lo que significa ser pobre en Argentina.

En nuestro país, según un estudio de la UCA, 5 millones de niños pasan hambre o no acceden a los nutrientes necesarios para desarrollarse. El 48% (prácticamente la mitad) de los niños, niñas y adolescentes son pobres, mientras que el 10% se encuentra directamente en situación de indigencia. Dicho de otra forma, uno de cada dos niños es pobre en Argentina, y muchos de estos niños no cenan o no cuentan con todas las comidas básicas del día.

La pobreza estructural, que comprende no solo los bajos ingresos de la familia sino también el ambiente carenciado donde vive, es muy marcada a lo largo y a lo ancho de todo el territorio nacional. Las cifras son penosas y alarmantes: hay 16 millones de argentinos que viven en la pobreza y 3,6 millones en la indigencia.

Susana Gimenez se posiciona en el pensamiento algo simplista de algunas personas que sentencian a los pobres con un «vayan a laburar», ideología de un buen porcentaje de argentinos. Esto sucede porque en nuestro país hay una cultura europeizante, que sostuvo siempre que a través del sacrificio y las horas de trabajo el hombre se dignifica. Un poco diferente al de muchas culturas aborígenes (de poca influencia en nuestra educación básica porque casi todas las tribus de América fueron diezmadas), donde la tierra era hermana del hombre  y no existía la propiedad privada, y donde sencillamente se tomaba de la selva o el campo lo que se necesitaba cuando se quería, sin necesidad de producción industrial, y mucho menos de capitalización.

Lo más curioso es que a quienes Susana manda a plantar y poner gallineros, son la misma gente que les mantienen a ella el rating, y por lo cual se permite un buen pasar, codeándose con el «jet set» de la clase alta, mientras veranea plácidamente en Punta del Este.

Una de las críticas más constantes hacia el argentino medio, es que dicen que ha perdido o nunca tuvo la cultura del trabajo. «Mi plata me la gané trabajando», dicen los acaudalados, justificando su fortuna, pero lo cierto es que, estadísticamente, el ochenta por ciento del dinero que tienen las familias adineradas, es heredada. Es decir, ocho de cada diez ricos, heredó su riqueza, no la hizo trabajando. Y también, vale aclarar, no siempre una fortuna está edificada desde la legalidad absoluta, algunos millonarios levantaron sus pequeños imperios a partir del contrabando, de la extorsión, del robo de tierras, de la explotación humana, e incluso del crimen.

De todos modos, un país crece cuando todos construyen, cuando todos son solidarios. En Argentina tenemos un país dividido, entre los que creen que al dar asistencia social «se mantienen vagos», y quienes luchan porque las riquezas y los recursos no estén tan concentradas en pocas manos. El argentino vive en esta vorágine, y las redes sociales arden entre dos distintos modelos de país, según la concepción y la mirada de cada uno.

Hay quienes acusan a una clase política de mantener pobres para que sirvan de elementos de votación en las elecciones. Sin embargo, estadísticamente son los gobiernos neoliberales quienes más pobres crean, donde la desigualdad se acentúa, y donde se remarca el  pensamiento del exitismo individual, la meritocracia y el sálvese quien pueda.

Pero el problema de la pobreza no es solo un problema para los pobres, es también un problema para los ricos. ¿Vives en un country y por eso estás libre de la pobreza? Nada de eso, mientras más aumente la pobreza alrededor tuyo mayor será la inseguridad en la que vivas, tendrás que aumentar tu seguridad privada y no estarás tranquilo cuando tu hijo vaya a una fiesta en algún barrio, o tenga que tomarse un taxi desde el otro lado de la ciudad de madrugada. Y por más hermética que sea la burbuja de confort que hayas creado, el índice de pobreza de los barrios termina penetrando los intersticios de tu cápsula artificial, y los problemas tarde o temprano ingresarán en ella también.

¿Entonces, si el problema de la pobreza afecta a pobres y ricos porqué no salimos de este embrollo entre todos? En primer lugar porque hay muchos intereses de por medio. Y en segundo lugar porque tiene que haber un cambio de paradigma, y este cambio de paradigma tiene que estar consensuado entre la sociedad civil, el gobierno y las empresas.

Uno de los mejores caminos alternativos a todo este lío que nos creamos como sociedad, y que así como está planteado ahora solo conduce a la infelicidad de muchos y el breve confort de pocos, tiene que ver con el concepto de economía que tenemos: vivimos inmersos en una economía lineal y necesitamos virar el timón del barco y volverlo una economía circular.

El concepto de economía circular es uno de los más lúcidos proyectos actuales en materia económica. ¿Cómo sería el concepto de la economía circular?: volver a reutilizar los recursos que se sacan desmedidamente de la tierra para un nuevo uso, y así ahorrar enormes cantidades de energía, de dinero y haciendo además un bien enorme al planeta. La economía circular abarataría los costos de los productos por lo que serían de más fácil acceso de parte de los círculos pobres y así mejoraría su calidad de vida. En la economía circular, no hay residuos: todo el material que antes se descartaba se reaprovecha para producir más artículos que se derraman nuevamente en la sociedad, y así sucesivamente.

Ahora bien, no es tan fácil ser pobre tal como lo plantea Susana. La indigencia es una situación de complejidad que envuelve las circunstancias de las personas sumergidas en este estado. Imaginate que estás en el fondo de un pozo, y que no tenés ni la herramienta, ni el ánimo, ni la capacidad ni el conocimiento para salir de él. En ese estado se encuentra esta gente. La única forma de terminar con la pobreza estructural es, primero, reconocerla, luego, empatizar en esos individuos que sufren este flagelo. Para después poder ayudarlos.

¿Cómo vive, por ejemplo, un tarefero (cosechero de yerba) de Misiones esta realidad? En primer lugar no es dueño de la tierra, por lo que no puede plantar. Durmiendo en remedos de casa hechas con bolsitas de plástico, sin agua potable ni baño, está obligado a cosechar lo que manda el patrón y como lo hace a destajo, a veces involucra a las mujeres de su familia e incluso a sus propios niños en esta ruda tarea. Por eso, lo que se necesita darle al pobre, primero que nada, es dignidad. Y luego sí, la tierra, la semilla y lo más importante: la capacitación. Pero si no lo ayudamos, si no sale de su círculo, y si además le estigmatizamos como los vagos, los planeros, los que no quieren trabajar, lo único que hacemos es condenarlos a ese sufrimiento eterno, a él y a sus hijos, y a los hijos de sus hijos.

El camino entonces sería: primero, brindar herramientas físicas (notebooks, celulares, libros), luego, realizar capacitaciones, talleres y tutoriales por medio de educadores y tutores; y por último supervisar y hacer un seguimiento de estos avances.

Cuando todo esto se logre, y el hombre tenga la tierra, la semilla y la capacitación, así como también la computadora, el servicio de internet y el estudio, recién el círculo estará completo.

Pero mandar a los pobres a poner un gallinero, sin tener en cuenta la pobreza estructural, es apenas un triste despropósito.

 

 

(*) Aníbal Silvero. Escritor