Hacer o no ser

Hacer por que hay que hacer, porque tengo que hacer, porque es lo que corresponde hacer. Hacer porque si no lo hago siento que pierdo el tiempo, me desespero. Hacer porque es lo que hago desde siempre, desde que tengo uso de razón, hacer sin parar, todo el tiempo.
 
Me pregunto cuántas de las personas que me leen están en el mismo paradigma del hacer, de la productividad sin pausa,de la vida sin espacios para respirar, estirarse un poco, observar, detenerse, escuchar, sólo eso. Se trata de un chip marcado a fuego y que, lamentablemente, ocupa demasiadas conexiones neuronales, y deja poco espacio para saber quiénes somos realmente. Porque para este grupo de personas lo más importante es hacer, nos definimos a partir de lo que hacemos, y “eso” es lo que somos. 
 
Productos, actividades, resultados, certificados, premios, eventos, acciones, muestras, representaciones, ponencias, clases, entregas, viajes por trabajo… nuestra identidad está escondida detrás de cada cosa que hacemos, y cuando conocemos a alguien al presentarnos la frase empieza con soy “X” (nombre) + profesión o actividad en la que me desempeño + todas las cosas que hice, o que hago. 
 
Vivir toda una vida desde el hacer muchas veces también es no saber parar,descansar, reposar, hacer una pausa, tomarse vacaciones o tener feriados, porque nos encargamos de llenarlos de tareas que generan otras tareas, y que vuelven cada vez más larga nuestra lista de pendientes. El problema es que así como los recursos de la tierra se agotan, nuestras baterías también, y quienes conviven con nosotros también se cansan de nuestra obsesión por estar en permanente actividad, aunque a nosotros nos cueste muchísimo entender y darnos cuenta lo pasados que estamos. 
 
Los costos de avanzar sin detenernos son altísimos. El ajetreo crónico es perjudicial para el cerebro y en el largo plazo puede traer graves consecuencias para la salud. En el corto plazo destruye la creatividad, el auto-conocimiento, el bienestar emocional, puede dañar la salud cardiovascular. Desde el campo de las neurociencias, hace varios años, insisten en la importancia de equilibrar momentos de hacer, con momentos de no hacer nada para mejorar exponencialmente el funcionamiento cerebral. Los mayores avances científicos, y muchas de las obras de arte que más nos conmovieron, no son el resultado de un trabajo arduo y persistente como creemos. Si no más bien de oleadas repentinas de comprensión, momentos de ocio en los que a artistas, científicos y a otros personajes de la historia se les encendió la “lamparita” mientras estaban en reposo.
 
¿Es absolutamente necesario seguir haciendo? creemos que sí, aunque nuestra capacidad social se deteriore, o nuestros vínculos se rompan. A nuestro alrededor sucede de todo, pero no nos damos cuenta porque estamos anestesiados, sumergidos en la hiperactividad que nunca acaba. Algunos lo notamos tarde, o de a chispazos, como si tuviéramos breves momentos de lucidez, por ejemplo cuando nos enfermamos, cuando otros se enferman y los acompañamos. O cuando alguien muere porque sentimos que de un solo golpe nuestro mundo se detiene, y de a ratos disfrutamos con culpa el stop, como si saboreásemos un fruto prohibido que cayó en nuestras manos por las fuerzas del destino. 
 
En el fondo, tenemos terror al ocio, nos sentimos vacíos. Necesitamos llenarlo todo, usamos agendas, anotadores, aplicaciones digitales y todas las herramientas a nuestro alcance para seguir haciendo. Nunca paramos, salvo ¿cuando dormimos? 
 
Si llegaste hasta acá, y algo de esto te pasa con frecuencia, te invito a que destines los próximos 10 minutos para practicar NO HACER NADA. 
(*) Trainer en PNL, Coach, Directora de Ú Consultora
facebook.com/soljoulia



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